1 de enero de 2001

Es sólo viento de cola

“Todo lo bueno es fruto de un viento de cola, casi inevitable, una fatalidad, y todo lo malo es fruto de un plan premeditado trazado en la mesa intima del kirchnerismo”. ¿Quién no escuchó este planteo en palabras menos evidentes?

Es quizás la afirmación mántrica mas repetida (esperamos que al menos tenga efectos sanadores sobre quienes la repiten). El meta mensaje de este mantra no solo desvaloriza a los K, sino a toda la clase política. Lleva a preguntarse si un progreso que dura hoy 8 años se debe solo al precio de la soja, de qué discuten los políticos? ¿Para qué armar tanto circo si todo depende del precio de un yuyo? ¿Por qué cambiar a estos por otros, si todo depende del precio de la soja?

Ante la mención de cualquier logro de la política K, nunca falta quien argumente con el “viento de cola”, que en el imaginario es un viento civilizador y de progreso que inevitablemente sopla cuando la soja toca cierto precio. Un viento de cola que ayuda sólo al gobierno nacional y a ningún otro: ni a Macri en CABA, ni a Binner en Santa Fe. Se trata de un planteo de fe, que no acepta prueba en sentido contrario.

La analogía del viento tiene una faceta interesante. Un gran viento de cola hace que un barco se desplace más rápido y con menos esfuerzo, pero no asegura la llegada al puerto deseado. Ya sea al paraíso o al infierno, un viento de cola lleva rápido pero el rumbo es mérito del capitán.

Volviendo al fondo de la cuestión, sólo alguien con una pobre concepción de la política puede creer que del dinero brota un camino único e inexorable de éxito. De ser así, no existirían los Emiratos Árabes, países con viento de cola pero donde la mujer no puede ni manejar y donde un par de familias sí maneja todo.

La política tiene mucho que hacer en época de crisis y en época de bonanza, y según la política los caminos difieren tanto como difiere Bahrain de Suecia.

El primer argumento contra la hipótesis del viento de cola consiste en recordar que Menem también tuvo el suyo: los ingresos extraordinarios por las privatizaciones y el acceso a la deuda en montos y tasas históricamente excepcionales. Sin embargo, sus decisiones sobre cómo aprovechar ese viento fueron políticamente distintas.

El segundo argumento es preguntar de qué forma la soja ayuda a cambiar la corte de Menem, a nombrar a Zaffaroni, a reiniciar los juicios, a promulgar las leyes de medicamentos genéricos, de medios, de matrimonio igualitario, a implementar el DNI Nac & Pop a 50 pesos y tantos etcéteras que figuran en “La Lista de Logros” y que no tienen que ver con el crecimiento, ni con los recursos ni mucho menos con el precio sojero (en todo caso, la soja por las nubes podría construir la Argentina que soñó Martínez de Hoz: mucha soja y pocas zapatillas; una peonada disciplinada y unos hacendados disciplinantes).

Hay una discusión de fondo sobre cuánto de la solvencia del Estado proviene o no de la soja. Si ésta desapareciera de la noche a la mañana, el gobierno actual – y cualquier otro – debería hacer un viraje feroz. Que conste: también debería virar si de la noche a la mañana Brasil devaluase 50% su moneda, o si la ANSES tuviese que devolver los fondos a las AFJP, o si el Banco Central recuperase la independencia menemista a manos de Pedro Pou, o si las fábricas de automóviles se mudasen a Brasil, o si los ríos de las represas bajaran su cota extraordinariamente.

Muchos hechos drásticos harían cambiar la política, básicamente porque la política argentina se basa en muchos pilares, lo cual es positivo. De hecho, los recursos del Estado provienen de distintas medidas:

  • El mantenimiento del dólar lo más alto posible, que a su vez mantiene la exportación no agropecuaria también en el nivel más alto posible.
  • El mantenimiento del consumo, que lleva a un nivel de mercado interno excepcionalmente alto y a una actividad excepcionalmente alta.
  • La inclusión social de jubilados; y la AUH, que permite reforzar el mercado de consumo interno y mantener una paz social en una época con fuertes tensiones redistributivas.
  • Las retenciones a la soja, que impiden que una soja recontra alta se transforme en hambre para la mesa argentina porque frena el interno de todos los productos primarios, y que generan recursos públicos por el impuesto que significan las retenciones.
  • El recupero de las AFJP, que permitió que el Estado dispusiera de los recursos necesarios para incluir a dos millones de jubilados y para indexar las jubilaciones semestralmente y para implementar el plan Conectar-Igualdad.


Sin estas medidas, la soja de cola solo serviría para que los productores se beneficien con un excedente aún más extraordinario. Sin duda, tener multimillonarios en el pueblo es bueno (suelen comprar más, consumir más servicios, dar mejores propinas en los restaurantes) pero no generan ningún derecho. Todo lo que desborda es por su propia voluntad y a la velocidad que les plazca. En cambio, tener un Estado rico genera derechos, reparte según la necesidad (y no según la voluntad del rico de turno), construye infraestructura, mejora el acceso a bienes públicos, mejora la igualdad. Quien crea que es lo mismo, seguramente no vive de las propinas.

Muchos de los logros K son políticos, no requirieron de mayor caja.
Si alguien dice que cualquiera lo haría mejor, que comience por aceptar que lo que ocurre es bueno y que depende de quién esté a cargo (sino ¿cómo hacerlo mejor cambiándolo?).

Producción: MESADEAUTOAYUDAK.BLOGSPOT.COM

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