A mi entender, esta división de aguas es medular para el análisis político. Quienes acepten esta premisa, también consentirán al poderoso que pretenda regir los destinos de un pueblo, el estar por encima de la ética y la moral dominante para conseguir sus objetivos o llevar a cabo sus planes. Tratemos de superar el shock que producen estas afirmaciones y analicemos sus implicancias concretas.
Si yo afirmo que “quiero hacer lo que sea, para ser feliz”, los moralistas harán hincapié en poner sus puritanos límites a la definición de “lo que sea”. Pero si restringimos todo análisis a una mente sana, empática y bienintencionada, no hay forma de llegar a la felicidad transitando un “lo que sea” que conspire contra el objetivo, por lo tanto no hay peligro. En otras palabras, no hay forma que un buen tipo llegue a la felicidad produciendo infelicidad en su camino.
Si ahora pluralizamos la afirmación, podemos decir que “un gobierno deberá hacer lo que sea, por la felicidad o bienestar de su pueblo” y nuevamente aparecen los márgenes naturales de acción para ese gobierno. Lo que me interesa descubrir es la posibilidad de incluir entre esos amplios márgenes, acciones amorales como definía Nicolás Maquiavelo.
Esta diferenciación no está apoyada en ideologías, hay devotos de Maquiavelo en la izquierda y la derecha, al igual que detractores. Están quienes sostienen que la política es amoral, y quienes hacen sus campañas políticas basados en pancartas con su intachable moral como principal impulsor del voto.
Abusemos de la analogía predilecta de ElBosnio, a fin de despersonalizar el debate. Supongamos que todos nosotros somos los accionistas de una gran empresa, periódicamente convocamos a una Asamblea donde elegimos a nuestro Gerente para el próximo período [Nota: en esta sociedad la distribución de acciones es extremadamente desigual, aunque cada accionista tiene un voto. Pero esto es parte de otro debate].
Un grupo de accionistas escogen y exigen a su Gerente en base al cumplimiento de las normas, entendiendo esto como el Manual de Normas y Procedimientos, Marcos de Normativa Legal y muchos etcéteras implícitos; alimentando el lunfardo conservador y racista, todo por derecha y en blanco. Este Gerente tiene muy claro que no podrá “dibujar” la declaración de impuestos, no podrá coimear al comprador de la empresa X para ganar esa cuenta, ni tantos ejemplos más lamentablemente innecesarios para ilustrar la situación. Pero como nuestra empresa no es un monopolio, ni existe en un mercado celestial, tendrá muy pocas probabilidades de generar ganancias e imponerse frente a sus competidores mientras estos no apliquen los mismos límites morales. Excepto que contratemos a un Gerente excepcional (un Gandhi), las probabilidades de crecer existentes son escasas o nulas.
Otro grupo de accionistas no está dispuesto a imponer anticipadamente estas restricciones para la selección de nuestro Gerente. Ellos le dirán que será medido por sus resultados, por la obtención de los objetivos, y que si bien le dan la libertad de elegir el camino que estime adecuado para llegar a ellos, los costos del camino elegido también serán evaluados junto a sus logros. Este Gerente tiene las manos libres, pero sabiendo que el objetivo es el crecimiento de la empresa, sospecha que esclavizar a sus empleados o robar el depósito de su competidor, no serán medios que la Asamblea apruebe para perpetuarlo en su puesto. Este segundo grupo de accionistas están buscando un Gerente maquiavélico.
En la política argentina hay un inmenso consenso sobre los requisitos morales que deben cumplir nuestros políticos, ellos los proponen encabezando su plataforma electoral y algunos de nosotros los eligen de forma casi excluyente por ese atributo. La historia nos enseñó que esos límites, en muchas oportunidades, serán los motivos para sucumbir en enfrentamientos con otros poderes, como financieros, militares, sociales y tantos más. Estos Gerentes difícilmente entreguen números que no sean rojos, o incluso no llegarán al cierre del balance.
Los políticos maquiavélicos –casualmente peronistas– tendrán más probabilidades de alcanzar sus objetivos, cualquiera sean. Y nosotros siempre tendremos una próxima Asamblea para evaluar sus fines y sus medios, determinando si queremos seguir apoyando su gestión o preferimos a otro Gerente.
Puesto en estos términos parece un callejón sin salida, no hay una elección fácil, por lo que sospecho que el planteo es correcto. Estamos entre optar por un quakero que obrará con la Constitución en la mano y grandes chances de ser ineficaz, u optamos por un amoral que actuará con carta blanca hasta que podamos evaluar sus resultados.
La opción del quakero es más republicana, institucionalista y también más fácil, cómoda y conservadora. Esta gente promete no robar, no mentir y no faltar a misa, usualmente su participación termina en una crisis nacional que pagan los más desprotegidos (como es lógico), pero los votantes podremos hacer uso de nuestra hipocresía y acusar a los ineptos como los únicos responsables del desastre, ellos y la clase política “que se vayan todos”.
La opción de Maquiavelo es cuestionable, controversial, difícil de defender en la mesa del domingo frente a la tía Chola. Podemos argumentar que el poder final es nuestro, de la Asamblea, que evaluaremos la felicidad y el bienestar del pueblo antes de renovarle los votos al amoral. Pero si nuestro Maquiavelo se desbanda, incumple sus objetivos o simplemente los cumple a un precio impagable, los votantes no podremos usar el índice para mostrar al único culpable, porque en diferentes grados de responsabilidad todos sabíamos que existía ese riesgo.
La seguridad de un gobierno quakero es nefasta, el riesgo de un gobierno maquiavélico es impredecible. El accionista de esta sociedad sos vos ¿a quién elegiste de gerente?.
Referencia: En el Manual del Militante Pasivo (MAKnual) se tratan “Algunas Ideas Con Valoración Positiva Inmerecida” que tienen relación con esta nota.
Sergio Marino




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