Sólo Quiero Un Juicio Justo

Hoy se cumplen 40 años del combate por la corona de peso mediano en la Asociación y el Consejo Mundial de Boxeo, que tuviera lugar en Roma entre Denny Moyer y nuestro Carlos Monzón. Era la tercera defensa del título y Carlitos noqueó al norteamericano en el quinto round. Seguiría defendiendo el cinturón en catorce ocasiones, hasta el su retiro como campeón en el 77’.

Monzón demostró superioridad sobre un ring frente a grandes boxeadores, como Nino Benvenuti, Emile Griffith, Bennie Briscoe o Mantequilla Nápoles. Alcanzó la popularidad junto a deportistas argentinos como Diego Maradona, Guillermo Vilas, Roberto de Vicenzo o Juan Manuel Fangio.
Sin dudas Carlos Monzón fue un grande, el mejor. Pero según la justicia, también fue el responsable de la muerte de su segunda mujer, Alicia Muñiz, que cayera de un balcón el 14 de febrero de 1988 convirtiéndolo en asesino.

Este acto delictivo ¿lo convierte en peor boxeador?, seguramente no. En Carlitos convivieron el mejor profesional del boxeo argentino y un amante violento con consecuencias criminales.

El próximo 29 de julio se cumplirán 12 años de la muerte de René Favaloro. Un prócer de la medicina y el mejor cirujano torácico argentino, reconocido mundialmente por ser quien realizara el primer bypass cardiaco en el mundo. Si tuviéramos que poner nuestras vidas en las manos de alguien dentro de un quirófano, todos hubiéramos querido que sea Favaloro.

Hipotéticamente, si mañana se supiera que el cirujano era un evasor de impuestos ¿lo convertiría en peor cirujano?, seguramente no. Y si el evasor fuera Jorge Luis Borges, ¿lo convertiría en peor escritor?, y si fuera Gardel?... ya se entiende la idea, al igual que Monzón, todos han sido los mejores en su profesión más allá de sus vidas personales.

Esta regla general -como toda regla- tiene una excepción, y se da cuando hablamos de los profesionales de la política. Así como a Monzón se lo medía por la cantidad de peleas ganadas y a Favaloro por sus operaciones exitosas, a los políticos se los debiera medir por su capacidad para transformar favorablemente la vida de sus conciudadanos, o sea, un buen político argentino es quien haya ejecutado actos políticos que mejoraron la vida de los argentinos. Y quien lo haya hecho más, es el mejor. Pero el coro de tías Cholas pondrán en duda esta máxima y la corona de nuestro campeón, si el sujeto en cuestión incurriera en comportamientos personales muy menores al de Monzón o al de evadir impuestos, alcanzará con ser un mal padre o haber fumado porquerías de joven.

¿Por qué a la tía Chola le cuesta diferenciar entre un acto profesional y uno personal, sólo cuando se trata de un político?, ¿por qué cree hablar de políticas de seguridad cuando habla de un acto de inseguridad, o de medida contra la corrupción cuando menciona a un corrupto?.
Quizás la culpa sea de su educación.

Abandonamos la Paideia

La famosa batalla cultural se viene librando hace décadas, por momentos parece que los ejércitos son de políticos liberales contra socialistas, y por momentos sólo son políticos contra anti-políticos. El último siglo da un resultado parcial a favor de la anti-política, encabezado por la sumatoria de gobiernos militares que nos educaron en su doctrina, al tiempo que desaparecían a los principales soldados del otro ejercito.

Estos años de educación están bien impregnados en nuestra cultura, y por eso me pareció tan atinado el párrafo de Carlos Heller, en su evaluación sobre logros y pendientes que hiciera para este año en la revista Debate: “Es cierto que el Estado Nacional asumió fuertemente acciones reparadoras. Por caso, la asignación universal por hijo o la entrega de computadoras son factores que contribuyen a la democratización del acceso a la escuela. Pero también es cierto que no hay un verdadero sistema educativo nacional y que está pendiente la discusión de un modelo pedagógico que sea plenamente compatible con el orden social que se está construyendo. Sostener que la calidad educativa es la elevación de los resultados en matemática o lengua de una prueba estandarizada, es algo que puede decir y defender un funcionario con pensamiento neoliberal y tecnocrático. Educar es formar para la soberanía cognitiva, para el desarrollo de todos los aspectos de la personalidad -el pensar, el decir, el hacer, el sentir-, para el trabajo liberador o para una ciudadanía en una democracia protagónica y participativa. Sólo en la formación de hombres y mujeres libres para la construcción de un proyecto colectivo adquiere sentido aprender matemáticas o lengua, herramientas basadas en el conocimiento que nos permite comprender y actuar”.

En la antigua Grecia, se educaba bajo un concepto difundido por Isócrates como la paideia, que se centraba en los elementos de la formación que harían del individuo una persona apta para ejercer sus deberes cívicos. Más adelante Cicerón convertiría este término en “humanistas” para los romanos, y en ambas culturas iban a menospreciar los conocimientos de erudición específica, contra la formación de un hombre pleno para la participación cultural y social. La formación de un ciudadano.

Yo sospecho que en el antiguo imperio grecorromano las tías (o mejor dicho los tíos) no creían estar hablando de política cuando mencionaban a un evasor, al tono de voz utilizado por alguien o el precio de sus sandalias. Quizás debiéramos volver a esa educación y dejar de pensar que estamos ilustrados si escribimos con buena ortografía.
Como diría #TNmbaum, ¿qué nos pasó? con nuestra formación cívica.


Aclaración extra para la tía: está bien que se le reconozca la corona de mejor boxeador a Monzón, y está bien que se lo haya encarcelado 11 años por asesino. Lo único que pido es un trato igualitario para nuestros políticos.


Sergio Marino

templateify.com/contact

templateify.com/contact

http://bit.ly/themepassion

templateify.com/contact