Mercado Y Competencia Perfecta

La visión capitalista más liberal le reconoce al “mercado” algunos beneficios en la asignación de recursos. El “mercado” sería la “mano” más apta para decidir dónde invertir los recursos con el fin de maximizar los beneficios de toda la sociedad. Pero en esta visión, cuando se habla de mercado se trata del “mercado de competencia perfecta”, no de cualquier mercado.

En este mercado ideal, ningún jugador influye en los precios, ni impone su producto sobre el de sus competidores. Al contrario, cualquiera puede entrar libremente al sector y retirarse sin enfrentar los costos exigidos por ese sector. Además, todos los actores poseen la misma información.

Aunque la perfección en el mercado es una utopía a la que solo podemos tender pero nunca alcanzar, ningún verdadero liberal se animaría a afirmar que una sociedad estaría mejor intervenida por monopolios privados que por el Estado. A lo sumo, ambas situaciones le resultarán indeseables, estalinistas.

Los sectores conservadores argentinos no son inocentes cuando invisibilizan las exigencias de “competencia perfecta” y se limitan a hablar de “mercado”. Su intención es apoderarse de las teorías que defienden al mercado competitivo para aplicarlas a un mercado fuertemente controlado por grandes corporaciones privadas. Así, en nuestro país las tensiones no se dan entre el Estado y la competencia sino entre el Estado y las corporaciones.

No hay liberales en Argentina. Hay conservadores.

De hecho, la famosa frase “los liberales argentinos son liberales en lo económico y conservadores en lo político” es un corrimiento benévolo de la realidad. Quienes en la Argentina se autodenominan “liberales” al estilo López Murphy son conservadores en lo económico y reaccionarios en lo político: apoyan todo lo que limite la intervención del Estado, pero nunca levantaron la voz o un dedo para limitar las posiciones dominantes de mercado y los acuerdos de precios. Tampoco hicieron ningún esfuerzo por regular la economía que es la base de un mercado competitivo. En lo económico sostienen un status quo, donde los grandes capitales no vean sus posiciones amenazadas, donde la aparición de nuevos desafiantes no sea estimulada, eso es conservador. Y en lo político han defendido todas las acciones que retrocedieron la frontera de los derechos ciudadanos, han apoyado quitas de derechos en casi cualquier frente, eso es reaccionario para cualquier liberal.

Los libero-conservadores argentinos defienden las libertades de las personas jurídicas con la misma capa y espada con la que someten las de las personas físicas.

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Competencia Y Regulación

No existe competencia sin regulación. De hecho, la competencia en un mercado no es el estado natural de las cosas: es un estado artificial, creado, que requiere de un Estado poderoso y responsable encargado de regulaciones rigurosas. De la misma manera que la democracia constitucional no es el estado natural de las cosas, sino que requiere enormes esfuerzos de control para siquiera acercársele.

En realidad, tanto en el mercado como en la política, el estado natural seria el dominio del más fuerte. Cuando el regulador se retira, el león se come al cordero y, cuanto más come, más hambre tiene.

La bolsa de valores de Nueva York se acerca a un mercado de competencia perfecta. Ahí, mi tía compra y vende una acción al mismo precio que George Soros, el magnate húngaro que compra y vende cien millones de acciones. Los dos disponen de la misma información para juzgar si conviene o no comprar. La empresa está obligada a contarle a mi tía todos sus secretos: qué saben, qué piensan hacer, cuáles son sus números y demás datos que hace un siglo sólo le contaban al magnate a punto de comprarles un paquete importante de acciones.

La SEC, comisión estatal encargada de defender el libre mercado en la bolsa de NY, aumenta cada año la regulación. La hace más exigente, en base a un pedido mayor de información (información que veinte años atrás era juzgada secreta, y que las empresas robaban unas a otras con espías, hoy se publica “voluntariamente” por “sugerencia” de la SEC). Hoy la SEC tiene poder para escuchar teléfonos, abrir sobres, incluso comprar delatores cuando sospecha que una persona está obteniendo datos exclusivos, aunque sea de un amigo o una novia. El comentario más banal lleva a los dos confidentes a la cárcel si eso afecta la idea de “mercado perfecto”.

Stalin se levantaría de la tumba por semejante régimen totalitario. Pero todo se acepta en nombre de un mercado de competencia perfecta.

Aún así, aún cuando el Estado hace sus mayores esfuerzos por obligar, amenazar, encarcelar, en definitiva, regular en pos de un equilibrio, mi tía no consigue operar a la altura de Soros. Básicamente esto sucede porque, al carecer de la misma riqueza, tampoco dispone de cien analistas por todo el mundo, ni está suscripta a cincuenta revistas, ni accede a los informes elaborados por los pensadores más calificados, ni viaja a conocer las compañías in situ.

Creer que el laissez-faire basta para garantizar un mercado de competencia perfecta es como creer que, sin ley, ni tribunales, ni policía, una sociedad funcionará naturalmente como una república democrática perfecta.

Ahora bien, ¿qué liberal argentino exigió cárcel para los empresarios del cemento por su probado cartel de precios en la industria del cemento? ¿Qué liberal argentino exigió juicio a los empresarios de la industria del celular por la falta de competencia en sus precios? (en este punto cabe recordar que la acción de cartel de precios entre competidores no requiere la foto en la que aparecen los competidores firmando el acuerdo de precios ante un escribano, sino que basta que los competidores actúen como si existiese el acuerdo).

¿Qué liberal argentino criticó las empresas con posición dominante, que son casi todas las líderes de casi todos los sectores? Aunque fuesen pedidos exagerados, infundados, ¿por qué nunca exageran para este lado y sí lo hacen cuando les piden cárcel a los gremialistas, a los políticos aún exagerando el pedido y haciéndolo infundado?

La respuesta es: porque no defienden la competencia, sino los negocios privados y casi exclusivamente el de los grandes privados.

Las olimpíadas conforman otro ejemplo de competencia regulada. De hecho, si no se tratara de una competencia extremadamente regulada, podríamos dejar que todos compitan contra todos y que gane el mejor: el arquero mataría con una flecha a los corredores; el levantador de pesas al remero y al arquero; el lanzador de jabalinas al levantador de pesas. Finalmente, quizás haya un ganador en el luchador de sumo. La frase “que gane el mejor” no habría generado un proceso de competencia y de mejora continua, de estímulo al entrenamiento y al desarrollo de talentos, sino a una guerra sangrienta donde nunca gana el más apto de los deportes que buscábamos estimular.

El laissez-faire en los negocios genera la misma masacre pero sobre personas jurídicas, que por razones biológicas sangran con desempleo, sobreprecios, peor distribución de la renta, etc.

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Hay Personas Y Personas

Relacionado a estos temas hay una distinción no menor a realizar que algunos de nuestros liberales no destacan.

La libertad con mayúscula, la que hacía temblar la pluma de nuestros próceres era la libertad de las personas físicas. Libertad de pensar, de hablar, de deambular, trabajar, debatir etc.

La libertad de las personas jurídicas no movió nunca a nuestros pensadores ilustres, al menos los anteriores a Grondona. No es considerada un fin en sí mismo, a lo sumo y solo para algunos o muchos, es un medio necesario para lograr los otros objetivos como es la libertad individual. Al no ser un fin, debemos siempre medir su eficacia en relación a los fines realmente buscados.

No es improbable que una sociedad logre un envidiable grado de libertad para las personas físicas, imponiendo a su vez restricciones muy severas a las libertades de las personas jurídicas. Quienes defienden las personas jurídicas como si fuesen equivalentes a las físicas, probablemente consideran las acciones de sus empresas tan importantes, sino más, que sus vecinos.

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Licitación Social

Cuando una empresa capitalista necesita recibir un servicio, llama a una licitación, en la que compiten una buena decena de oferentes. Si la licitación está bien hecha, se matarán por ganarla, bajaran sus precios hasta el máximo posible y se comprometerán a calidades que los desvelarán. El mercado de competencia perfecta está presente, y la empresa se beneficia de su existencia.

Pero el llamado a licitación es de un rigor y crueldad estalinistas. Es un acto de extrema regulación. Nadie aceptaría que un oferente dijera “No tengo bulones, pero hago tuercas como ninguno, déjenme entrar en la licitación” o “Por qué piden de 2 pulgadas, dejen entrar a los que hacemos de 3 pulgadas” o “con esa calidad mínima nos matan a todos, no se puede competir”. Cualquier planteo contra el hecho regulatorio seria desoído. El reclamo que la licitación es antibussiness porque sus exigencias son enormes y matara la competencia, etc. no tendría el menor asidero. A mas exigencias probablemente aumentara el precio al que llegue el mejor oferente, pero es una decisión de la empresa que licita si necesita lo que pide y paga ese precio o baja los requisitos y obtendrá así, menor calidad y menor precio.

La sociedad es un gran licitador. Llama a licitación de, por ejemplo, “empresarios y comerciantes”, les pide que armen sus empresas, ofrezcan servicios en determinadas condiciones como cumplir con bromatología, con la secretaria de comercio, tienen que además cumplir con las leyes laborales, fiscales, etc. Y a cambio, acepta que esas empresas vendan el producto que deseen al precio que deseen a sus ciudadanos. El empresario que juzgue estas condiciones demasiado exigentes, puede no presentarse a la licitación y no dedicarse a nada.

Cuando la ley exige mayores requerimientos, claros y conocidos, a los fabricantes de yogurt, exigiéndoles ahora, para dejarlos comercializar, que publiquen calorías, componentes, el precio, etc. Todos lo padecen pero se benefician en poder comercializar. Mientras existan varios oferentes dispuestos a intervenir en ese sector significa que las mayores exigencias no han sido asfixiantes sino estimulantes, toda vez que el producto ha mejorado medido en la valoración de la sociedad.

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Derechos En Pugna Y Convocatoria De Acreedores

Ojalá las situaciones a analizar fueran como la del sádico que descuartiza a una anciana indefensa. Esa escena no exige forzar nuestra capacidad de reflexión ni cuestionar nuestros valores (y en el peor de los casos, un juicio injustificadamente severo sólo afectaría a un ser abominable).

En cambio, las situaciones interesantes suelen enfrentar al menos dos derechos valiosos, cuando no un enjambre entero. Justamente se plantea un dilema porque, sea cual fuere la conclusión, uno o varios derechos valiosos quedarán inevitablemente limitados. Se trata de situaciones donde la solución al dilema implica restringir derechos que hasta entonces considerábamos irrestringibles.

A menudo, quien plantea un problema político omite, voluntariamente o no, alguno de los sujetos cuyo derecho se encuentra en pugna. De esta manera, presenta la situación con la simpleza del sádico y la anciana.

¿Cómo negarnos a una conclusión que sólo defiende un derecho considerado supremo? Nuestro apoyo está asegurado y el sádico concentra todo el repudio.

El analista “convencedor”, ése que busca llevarnos rápido a su conclusión, omite mostrar los derechos en pugna para que el análisis parezca innecesario, ya que el caso está lleno de obviedades. El que se resista a esta simplificación estará del lado del sádico o de la barbarie; el que la incorpore sin chistar será un buen ciudadano.

En muchos casos el rol del sádico le corresponde al Estado, una especie de victimario perfecto cuya presunción de culpa casi nadie cuestiona. De hecho, nadie lo defiende mucho, no tiene familia y el poder económico apoya cualquier percepción o argumento que lo comprometa todavía más. Quien quiera instalar dilemas bobos de este tipo (¿bobolemas?) siempre tendrá éxito si apunta contra el Estado.

Sólo el reconocimiento del otro actor en conflicto revela la existencia del verdadero dilema. Esta aparición dispara un debate más interesante, con la verdadera tensión del tipo “el derecho supremo de Fulano contra el derecho supremo de Mengano” o del tipo “el derecho supremo de Fulano contra el derecho de la comunidad representada por su Estado”. Y sólo cuando detrás del Estado aparecen la comunidad, la construcción de escuelas, el mantenimiento de hospitales, la asignación universal por hijo, los conflictos contra el Estado salen a la luz en toda su dimensión.

Aquí las firmas automáticas desaparecen y sólo nos resta reflexionar (y mucho) sobre qué priorizamos y en qué proporción. Un ejemplo interesante en este sentido es el caso de la convocatoria de acreedores: de hecho ¿qué ocurriría si uno de ellos se atreviese a invisibilizar el derecho del otro? Veamos...

Cuando el administrador de una empresa descubre que no podrá cancelar las deudas contraídas con todos sus acreedores (no podrá satisfacer los derechos de uno, varios o todos), la ley lo obliga a detener todos los pagos y a llamar a “convocatoria de acreedores”.

La ley detiene el proceso de pagos para, primero, informar a aquéllos con “derechos en pugna” que no podrán cobrar todo lo que les corresponde. Segundo, para que todos acuerden la repartición del dinero disponible (deberán determinar en qué proporción cada uno acepta renunciar a sus derechos).

La ley también obliga a que la mayoría acuerde en función de algunas prioridades, por ejemplo, respetar ante todo el pago de sueldos y de deudas previsionales. En caso de los derechos en pugna que no pueden satisfacerse, el Estado interviene con ciertas restricciones.

Lo interesante del caso es ver qué ocurriría si existiese un acreedor honesto. Por ejemplo un proveedor de papel para fax, que cumplió con su entrega en tiempo y forma, que cobró un precio justo, y a quien la empresa reconoce deberle cien pesos.

Si saldara la deuda con el argumento inobjetable de que es lo que corresponde, el administrador podría terminar en la cárcel. ¿Por qué? Al pagar esta deuda “justa”, el administrador estaría sacándole cien pesos al pozo común cuyo contenido no alcanza para pagar todas las deudas “justas”. Así, el argumento de la “deuda justa” pierde validez en el caso de una empresa en convocatoria, justamente porque aparecen derechos en pugna: saldar una deuda justa le juega en contra a otra deuda justa.

Y aquí volvemos a la política... Un país sin los recursos necesarios para cumplir con todas sus deudas y obligaciones se encuentra en una situación similar a la convocatoria de acreedores. En esta situación, el Estado no debería saldar sus compromisos con cualquier acreedor (empresa privatizada, deuda externa o interna, etc.) con el único argumento de que, como dice López Murphy, “los compromisos se honran” (de hecho, esto esconde amiguismo, privilegios espurios, con el acreedor privilegiado).

Un Presidente honesto debería denunciar esta situación de convocatoria, listar todos los derechos que el Estado está incumpliendo (no sólo los compromisos monetarios documentados) y tomar “públicamente” la decisión de a quién le recortará y cuánto.

Durante décadas, el Estado argentino se limitó a pagar sus deudas monetarias documentadas a contratistas y acreedores externos. Mientras, ajustaba más y más sus pagos a los acreedores del artículo 14 bis con el argumento de “las deudas se pagan” y omitiendo el listado completo de deudas no saldadas. De esta manera invisibilizó a cuarenta millones de acreedores estafados.

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Instrucciones Para Leer El Diario - Eduardo Galeano




El General mexicano Francisco Serrano fumaba y leía,
hundido en un sillón del casino militar de Sonora.
El General leía el diario.
El diario estaba cabeza abajo.
El Presidente Alvaro Obregón quiso saber:
-¿Usted lee siempre el diario al revés?
El General asintió.
-¿Y se puede saber por qué?
-Por experiencia, Presidente. Por experiencia.

Casa Tomada - Julio Cortázar




Nos gustaba la casa porque aparte de espaciosa y antigua (hoy que las casas antiguas sucumben a la más ventajosa liquidación de sus materiales) guardaba los recuerdos de nuestros bisabuelos, el abuelo paterno, nuestros padres y toda la infancia.

Nos habituamos Irene y yo a persistir solos en ella, lo que era una locura pues en esa casa podían vivir ocho personas sin estorbarse. Hacíamos la limpieza por la mañana, levantándonos a las siete, y a eso de las once yo le dejaba a Irene las últimas habitaciones por repasar y me iba a la cocina. Almorzábamos al mediodía, siempre puntuales; ya no quedaba nada por hacer fuera de unos pocos platos sucios. Nos resultaba grato almorzar pensando en la casa profunda y silenciosa y cómo nos bastábamos para mantenerla limpia. A veces llegábamos a creer que era ella la que no nos dejó casarnos. Irene rechazó dos pretendientes sin mayor motivo, a mí se me murió María Esther antes que llegáramos a comprometernos. Entramos en los cuarenta años con la inexpresada idea de que el nuestro, simple y silencioso matrimonio de hermanos, era necesaria clausura de la genealogía asentada por nuestros bisabuelos en nuestra casa. Nos moriríamos allí algún día, vagos y esquivos primos se quedarían con la casa y la echarían al suelo para enriquecerse con el terreno y los ladrillos; o mejor, nosotros mismos la voltearíamos justicieramente antes de que fuese demasiado tarde.

Irene era una chica nacida para no molestar a nadie. Aparte de su actividad matinal se pasaba el resto del día tejiendo en el sofá de su dormitorio. No sé por qué tejía tanto, yo creo que las mujeres tejen cuando han encontrado en esa labor el gran pretexto para no hacer nada. Irene no era así, tejía cosas siempre necesarias, tricotas para el invierno, medias para mí, mañanitas y chalecos para ella. A veces tejía un chaleco y después lo destejía en un momento porque algo no le agradaba; era gracioso ver en la canastilla el montón de lana encrespada resistiéndose a perder su forma de algunas horas. Los sábados iba yo al centro a comprarle lana; Irene tenía fe en mi gusto, se complacía con los colores y nunca tuve que devolver madejas. Yo aprovechaba esas salidas para dar una vuelta por las librerías y preguntar vanamente si había novedades en literatura francesa. Desde 1939 no llegaba nada valioso a la Argentina.

Pero es de la casa que me interesa hablar, de la casa y de Irene, porque yo no tengo importancia. Me pregunto qué hubiera hecho Irene sin el tejido. Uno puede releer un libro, pero cuando un pullover está terminado no se puede repetirlo sin escándalo. Un día encontré el cajón de abajo de la cómoda de alcanfor lleno de pañoletas blancas, verdes, lila. Estaban con naftalina, apiladas como en una mercería; no tuve valor para preguntarle a Irene qué pensaba hacer con ellas. No necesitábamos ganarnos la vida, todos los meses llegaba la plata de los campos y el dinero aumentaba. Pero a Irene solamente la entretenía el tejido, mostraba una destreza maravillosa y a mí se me iban las horas viéndole las manos como erizos plateados, agujas yendo y viniendo y una o dos canastillas en el suelo donde se agitaban constantemente los ovillos. Era hermoso.

Cómo no acordarme de la distribución de la casa. El comedor, una sala con gobelinos, la biblioteca y tres dormitorios grandes quedaban en la parte más retirada, la que mira hacia Rodríguez Peña. Solamente un pasillo con su maciza puerta de roble aislaba esa parte del ala delantera donde había un baño, la cocina, nuestros dormitorios y el living central, al cual comunicaban los dormitorios y el pasillo. Se entraba a la casa por un zaguán con mayólica, y la puerta cancel daba al living. De manera que uno entraba por el zaguán, abría la cancel y pasaba al living; tenía a los lados las puertas de nuestros dormitorios, y al frente el pasillo que conducía a la parte más retirada; avanzando por el pasillo se franqueaba la puerta de roble y mas allá empezaba el otro lado de la casa, o bien se podía girar a la izquierda justamente antes de la puerta y seguir por un pasillo más estrecho que llevaba a la cocina y el baño. Cuando la puerta estaba abierta advertía uno que la casa era muy grande; si no, daba la impresión de un departamento de los que se edifican ahora, apenas para moverse; Irene y yo vivíamos siempre en esta parte de la casa, casi nunca íbamos más allá de la puerta de roble, salvo para hacer la limpieza, pues es increíble cómo se junta tierra en los muebles. Buenos Aires será una ciudad limpia, pero eso lo debe a sus habitantes y no a otra cosa. Hay demasiada tierra en el aire, apenas sopla una ráfaga se palpa el polvo en los mármoles de las consolas y entre los rombos de las carpetas de macramé; da trabajo sacarlo bien con plumero, vuela y se suspende en el aire, un momento después se deposita de nuevo en los muebles y los pianos.

Lo recordaré siempre con claridad porque fue simple y sin circunstancias inútiles. Irene estaba tejiendo en su dormitorio, eran las ocho de la noche y de repente se me ocurrió poner al fuego la pavita del mate. Fui por el pasillo hasta enfrentar la entornada puerta de roble, y daba la vuelta al codo que llevaba a la cocina cuando escuché algo en el comedor o en la biblioteca. El sonido venía impreciso y sordo, como un volcarse de silla sobre la alfombra o un ahogado susurro de conversación. También lo oí, al mismo tiempo o un segundo después, en el fondo del pasillo que traía desde aquellas piezas hasta la puerta. Me tiré contra la puerta antes de que fuera demasiado tarde, la cerré de golpe apoyando el cuerpo; felizmente la llave estaba puesta de nuestro lado y además corrí el gran cerrojo para más seguridad.

Fui a la cocina, calenté la pavita, y cuando estuve de vuelta con la bandeja del mate le dije a Irene:

-Tuve que cerrar la puerta del pasillo. Han tomado la parte del fondo.

Dejó caer el tejido y me miró con sus graves ojos cansados.

-¿Estás seguro?

Asentí.

-Entonces -dijo recogiendo las agujas- tendremos que vivir en este lado.

Yo cebaba el mate con mucho cuidado, pero ella tardó un rato en reanudar su labor. Me acuerdo que me tejía un chaleco gris; a mí me gustaba ese chaleco.

Los primeros días nos pareció penoso porque ambos habíamos dejado en la parte tomada muchas cosas que queríamos. Mis libros de literatura francesa, por ejemplo, estaban todos en la biblioteca. Irene extrañaba unas carpetas, un par de pantuflas que tanto la abrigaban en invierno. Yo sentía mi pipa de enero y creo que Irene pensó en una botella de Hesperidina de muchos años. Con frecuencia (pero esto solamente sucedió los primeros días) cerrábamos algún cajón de las cómodas y nos mirábamos con tristeza.

-No está aquí.

Y era una cosa más de todo lo que habíamos perdido al otro lado de la casa.

Pero también tuvimos ventajas. La limpieza se simplificó tanto que aun levantándose tardísimo, a las nueve y media por ejemplo, no daban las once y ya estábamos de brazos cruzados. Irene se acostumbró a ir conmigo a la cocina y ayudarme a preparar el almuerzo. Lo pensamos bien, y se decidió esto: mientras yo preparaba el almuerzo, Irene cocinaría platos para comer fríos de noche. Nos alegramos porque siempre resultaba molesto tener que abandonar los dormitorios al atardecer y ponerse a cocinar. Ahora nos bastaba con la mesa en el dormitorio de Irene y las fuentes de comida fiambre.

Irene estaba contenta porque le quedaba más tiempo para tejer. Yo andaba un poco perdido a causa de los libros, pero por no afligir a mi hermana me puse a revisar la colección de estampillas de papá, y eso me sirvió para matar el tiempo. Nos divertíamos mucho, cada uno en sus cosas, casi siempre reunidos en el dormitorio de Irene que era más cómodo. A veces Irene decía:

-Fijate este punto que se me ha ocurrido. ¿No da un dibujo de trébol?

Un rato después era yo el que le ponía ante los ojos un cuadradito de papel para que viese el mérito de algún sello de Eupen y Malmédy. Estábamos bien, y poco a poco empezábamos a no pensar. Se puede vivir sin pensar.

Cuando Irene soñaba en alta voz yo me desvelaba en seguida. Nunca pude habituarme a esa voz de estatua o papagayo, voz que viene de los sueños y no de la garganta. Irene decía que mis sueños consistían en grandes sacudones que a veces hacían caer el cobertor. Nuestros dormitorios tenían el living de por medio, pero de noche se escuchaba cualquier cosa en la casa. Nos oíamos respirar, toser, presentíamos el ademán que conduce a la llave del velador, los mutuos y frecuentes insomnios.

Aparte de eso todo estaba callado en la casa. De día eran los rumores domésticos, el roce metálico de las agujas de tejer, un crujido al pasar las hojas del álbum filatélico. La puerta de roble, creo haberlo dicho, era maciza. En la cocina y el baño, que quedaban tocando la parte tomada, nos poníamos a hablar en voz más alta o Irene cantaba canciones de cuna. En una cocina hay demasiados ruidos de loza y vidrios para que otros sonidos irrumpan en ella. Muy pocas veces permitíamos allí el silencio, pero cuando tornábamos a los dormitorios y al living, entonces la casa se ponía callada y a media luz, hasta pisábamos despacio para no molestarnos. Yo creo que era por eso que de noche, cuando Irene empezaba a soñar en alta voz, me desvelaba en seguida.

Es casi repetir lo mismo salvo las consecuencias. De noche siento sed, y antes de acostarnos le dije a Irene que iba hasta la cocina a servirme un vaso de agua. Desde la puerta del dormitorio (ella tejía) oí ruido en la cocina; tal vez en la cocina o tal vez en el baño porque el codo del pasillo apagaba el sonido. A Irene le llamó la atención mi brusca manera de detenerme, y vino a mi lado sin decir palabra. Nos quedamos escuchando los ruidos, notando claramente que eran de este lado de la puerta de roble, en la cocina y el baño, o en el pasillo mismo donde empezaba el codo casi al lado nuestro.

No nos miramos siquiera. Apreté el brazo de Irene y la hice correr conmigo hasta la puerta cancel, sin volvernos hacia atrás. Los ruidos se oían más fuerte pero siempre sordos, a espaldas nuestras. Cerré de un golpe la cancel y nos quedamos en el zaguán. Ahora no se oía nada.

-Han tomado esta parte -dijo Irene. El tejido le colgaba de las manos y las hebras iban hasta la cancel y se perdían debajo. Cuando vio que los ovillos habían quedado del otro lado, soltó el tejido sin mirarlo.

-¿Tuviste tiempo de traer alguna cosa? -le pregunté inútilmente.

-No, nada.

Estábamos con lo puesto. Me acordé de los quince mil pesos en el armario de mi dormitorio. Ya era tarde ahora.

Como me quedaba el reloj pulsera, vi que eran las once de la noche. Rodeé con mi brazo la cintura de Irene (yo creo que ella estaba llorando) y salimos así a la calle. Antes de alejarnos tuve lástima, cerré bien la puerta de entrada y tiré la llave a la alcantarilla. No fuese que a algún pobre diablo se le ocurriera robar y se metiera en la casa, a esa hora y con la casa tomada.

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