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Flotación, Rumbo Y Ritmo

Entre los objetivos primordiales de un gobierno figura la gobernabilidad, es decir, lo que en un barco seria garantizar su flotación. Fracasar en términos de gobernabilidad equivale a no poder administrar el Estado: en este caso, el gobierno no tiene nada, sin importar las metas trazadas ni lo bien que se les estaba acercando.

Seguido en orden de importancia, viene el proyecto de gobierno: el rumbo, la orientación que el capitán le da al barco. Si el rumbo es errado, no importa cuán rápido avance la embarcación ni la destreza de sus remeros, el barco estaría acercándose donde nadie quiere llegar. El rumbo es la estrategia de la política.

En tercer lugar, aunque con más prensa que los anteriores, está el “desempeño” o “eficiencia operativa”. Es el ritmo alcanzado gracias al esfuerzo de los remeros y a la sincronía con el tam-tam. Es el producto de la relación entre fuerza y velocidad en el desplazamiento y cuidado del rumbo.

En la Argentina de los últimos treinta años nadie puede afirmar que el barco no supo flotar, después de haber sorteado tormentas que hubiera hundido a otras embarcaciones. El ritmo tampoco parece malo cuando recordamos que en cuatro años se privatizaron todas las empresas de valor en manos del Estado, y que en tres se condenaron a los comandantes de las tres juntas del gobierno de facto para entre gallos y medianoche indultarlos. En principio, la velocidad no fue un problema.

A nuestro entender, el rumbo es el mayor problema en la política argentina. Ir hacia lugares donde no queremos ir.

Si logramos mantener el rumbo actual, aún a menor velocidad, los cambios seguirán siendo asombrosos (estamos convencidos de que hoy los cambios son asombrosos). No es que no pretendamos que los remeros se sincronicen o que se aumente la flotabilidad del barco pero, puestos a elegir (¿quién dice que debamos elegir?), no arriesgaríamos el rumbo por mejorar las otras dos responsabilidades.

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