Se acusa de clientelista a cualquier acción de ayuda social. Aunque beneficie a muchos, no sea discrecional y esté regulada por ley (por ejemplo la AUH o los planes jefas y jefas), el mote no desaparece. Así podríamos concluir que la promesa de más escuelas públicas corre serios riesgos de parecer una iniciativa clientelista.

Ahora bien, ¿por qué estaría mal que una persona vote al gobierno que más le da? ¿Acaso no es esta una buena razón para que un productor sojero vote a quien promete suspender las retenciones? ¿O sólo hay clientelismo si las sumas involucradas son pocas monedas y no millones?

¿No es clientelista Macri cuando promete no aumentar los impuestos?

Al parecer, es clientelista quien promete cloacas a cambio de votos, pero es un estadista que anuncia sus políticas públicas quien promete bajar las retenciones a la soja si gana. Asimismo, es clientelista quien regala colchones para caerles simpático a posibles electores pero es un estadista quien recibe al FMI para congraciarse con el organismo internacional y caerles simpáticos a sus posibles electores. En síntesis, pareciera que clientelismo es hacer por los pobres lo que un estadista hace por los acomodados.

Podríamos argumentar 1) que todo lo dicho no es demasiado malo; 2) que sólo las promesas que no puedan hacerse públicas son rechazables, y que en general las promesas clientelistas populares son forzosamente públicas; 3) que un político puede darle una exención fiscal a un gran grupo y hacerlo en silencio, pero repartir diez mil colchones en silencio es imposible.

Podríamos decir que es clasista tildar de “clientelista” a toda acción política que busca conquistar el voto de los ciudadanos con menos recursos, y que el sustantivo “estadista” aplica a todo aquel político cuyas medidas perjudican a los que menos tienen. Pero ni uno ni otro concepto explican nuestra realidad política.

Si realmente bastara con un pancho y una coca para ganar elecciones, De Narváez sería Presidente hace rato; nunca habrían perdido apoyo popular las huestes de Martínez de Hoz; Ruckauf seguiría siendo gobernador con sus zapatillas y, con tanta kaja y falta de escrúpulos, el FPV no habría perdido en la Ciudad de Buenos Aires, Santa Fe, Córdoba, Misiones y tantos otros lugares.

Si un político asegurase su victoria con la entrega de dádivas, el conurbano no sería escenario de tantos cambios, y Sabbatella no habría ganado ni mantenido la intendencia de Morón. Por lo tanto, el concepto de clientelismo como factor de poder en Argentina es, además de prejuicioso, falso.

En nuestro país es muy difícil ganarse al votante. Se necesita hacer mucho y para muchos. Si todo se resumiese al pancho y la coca, a promesas vacías o a bondis y plazas, no asistiríamos al cambio vertiginoso que vemos en las caras de la política.

Comparemos entre rostros de políticos y productos de góndola. Veremos que todos seguimos consumiendo la misma bebida cola, la misma marca de pilas, de arroz, de tomates enlatados, pero en cambio innovamos con los políticos y los partidos.

El clientelismo, la posición dominante, el anquilosamiento, el freno a la competencia, existen, pero en el comercio, no en la política.

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