Entre paréntesis, diremos que es bastante triste que el
aparentemente idílico matrimonio formado por Ajenatón y Nefertiti no fuera, por
lo que parece, muy duradero.
En los últimos tiempos, Nefertiti cayó en desgracia y el rey
se divorció de ella o la desterró.
Alterado y desanimado por la obstinada resistencia de los
tebanos, Ajenatón tomó la desesperada decisión de abandonar la gran ciudad
real. Con su familia, y con los cortesanos que había logrado convertir, decidió
construir, en el 1366 a. C, una nueva capital, una ciudad pura dedicada, desde
un principio, al nuevo culto. Eligió un lugar en la orilla oriental del Nilo, a
medio camino entre Tebas y Menfis, y allí erigió Ajetatón (el «horizonte de
Atón»).
En esta ciudad construyó templos, palacios y mansiones para
sí mismo y para la nobleza leal. El templo de Atón era un edificio muy poco
convencional, pues carecía de techo; así, el sol que adoraba podía lucir
libremente en el interior del templo edificado en su honor.
En Ajetatón, Ajenatón se retiró del mundo real, y se rodeó de
otro artificial —un mundo en que había triunfado su versión de la religión—, y
se consagró a perseguir al antiguo clero, y a ordenar que el nombre de Amón
fuese borrado de los monumentos, y suprimidas las referencias a los «dioses» en
plural.
La monomanía de Ajenatón lo apartó de todo otro interés que
no fuera el religioso, haciéndole descuidar los asuntos militares y los
problemas exteriores. Estos últimos eran apremiantes, pues las incursiones de
los nómadas tocaban ya Siria por el este. A Ajenatón le llegaban constantemente
mensajes de sus generales y virreyes de Siria, informándole sobre la peligrosa
situación y solicitando refuerzos.
Por lo que parece, Ajenatón ignoró todas las demandas de
auxilio. Quizá era un pacifista convencido y sincero que no quería luchar.
Quizá pensaba que la única batalla verdadera era la religiosa y que todo lo
demás era secundario. O quizá pensaba que si Egipto sufría, merecía estos
sufrimientos por haber rechazado lo que él consideraba la verdadera fe.
Cualquiera que fuese la razón, el prestigio exterior de
Egipto experimentó un declive desastroso, y todo lo ganado y conservado por
Tutmosis III y sus sucesores en el siglo anterior acabó perdiéndose. Al parecer
fue durante el reinado de Ajenatón cuando diversas tribus de habla hebrea
formaron naciones en las fronteras de Siria. Estas tribus se denominaban Moab,
Ammón y Edom, nombres con los que estamos familiarizados gracias a la Biblia.
Más importancia que estos exiguos grupos tribales del
desierto, que apenas eran algo más que pequeñas molestias para el poderoso
Egipto, revistió el surgimiento, en el norte, de una nueva gran potencia.
En el Asia Menor oriental un pueblo que hablaba una lengua
indoeuropea (familia lingüística a la que pertenecen la mayoría de los actuales
idiomas europeos) se había convertido gradualmente en una nación fuerte. Eran
los hatti, como los llamaban los babilonios, los hititas de la Biblia, y es por
este nombre por el que se los conoce generalmente.
Durante el tiempo en que Egipto había estado bajo el yugo
hicso, los hititas habían gozado de un período de poderío bajo monarcas
eficientes. Este es el período del «Imperio Antiguo» hitita, que se prolonga
del 1750 al 1500 a. C. Sin embargo, el surgimiento de Mitanni provocó el
declive de este Imperio Antiguo, y en tiempos de Hatshepsut los hititas eran
tributarios de Mitanni. Cuando el poderío de Mitanni fue quebrado por Tutmosis
III, los hititas volvieron a tener una oportunidad, recobrando el terreno
perdido, y ganándolo a medida que Mitanni lo perdía.
En el 1375 a. C., un monarca, que tenía el «líquido» nombre
de Shubbiluliu subió al trono hitita. Este reorganizó el país con sumo cuidado,
estableciendo un poder central y reforzando al ejército. Cuando Ajenatón
accedió al trono egipcio y comenzó a preocuparse por —y a preocupar al pueblo
egipcio— con controversias religiosas, Shubbiluliu vio llegada su oportunidad.
Inició una enérgica campaña contra Mitanni, que por aquel entonces era aliada
o, en realidad, títere de Egipto.
Mitanni solicitó ayuda de Egipto, pero ésta nunca llegó. Así
declinó rápidamente y en el transcurso de un siglo desapareció de la historia,
dejando su lugar al poderoso «Imperio Nuevo» hitita que ahora se enfrentaba a
Egipto amenazadoramente.
El fracaso de la
reforma
Ajenatón murió en el 1353 a. C., dejando tras de sí a seis
hijas pero a ningún hijo.
Dos de sus yernos reinaron durante breve tiempo tras su
muerte, e incluso en el curso de estos cortos períodos de tiempo las
transformaciones intentadas por el reformador comenzaron a malograrse y a
desaparecer como si nunca hubiesen existido; quedaba el daño irreparable que la
controversia religiosa había ocasionado a Egipto.
Los conversos de la religión de Ajenatón abandonaron
rápidamente la nueva religión. La ciudad de Ajetatón fue gradualmente
abandonada, desmantelada y se dejó que se hundiera en el polvo como si fuese
una morada de perversos demonios.
Los sacerdotes de la antigua religión recuperaron su poder
progresivamente y volvieron a cambiarlo todo. Tutanjatón, el segundo yerno de
Ajetatón que llegó a reinar y que fue faraón del 1352 a 1343 a. C., cambió su
nombre por el de Tutankhamón, como testimonio faraónico oficial de que Amón
había vuelto a su puesto de dios principal.
Con todo, quedó un eco de Ajenatón que repercutiría hasta
los tiempos recientes.
En el lugar de la desaparecida Ajetatón se encuentra hoy la
ciudad de Tell el-Amarna. En 1887, una campesina descubrió un escondrijo que
contenía unas trescientas tablillas de arcilla con inscripciones cuneiformes
(la escritura de Babilonia que ya entonces los arqueólogos comprendían bien).
Resultaron ser mensajes de los reyes asiáticos de Babilonia, Asina y Mitanni a
la corte real egipcia —y también de los príncipes vasallos de Siria, que pedían
ayuda ante la presión de los nómadas invasores—.
En unos pocos años se iniciaron cuidadosas excavaciones en
la zona. Como Ajetatón había sido edificada a partir de la nada en territorio
virgen y debido a que la ciudad había sido abandonada para siempre, tras la
muerte de Ajetatón, y puesto que ninguna edificación posterior se había vuelto
a construir en aquel lugar, constituyó un hallazgo de valor inestimable para
determinar la amplitud de la reforma religiosa intentada por Ajenatón, por no
hablar de los detalles referentes a la diplomacia y a los acontecimientos
militares de la época.
De hecho, fue tan completo el deseo clerical de venganza y
tan perfecta su laboriosidad para suprimir todos los vestigios de Ajenatón de
las estructuras monumentales de Egipto, que si no hubiéramos encontrado estos
registros, habríamos terminado por saber muy poco, o nada, acerca de esta
importante época para la historia de Egipto y de la religión. Las «cartas de
Tell el-Amarna» constituyeron el descubrimiento egipcio más importante después
de la Piedra de Rosetta.
El yerno de Ajenatón, Tutankhamón, posibilitó otro gran
descubrimiento, un gran tesoro —y en esta ocasión en sentido literal—. En sí
mismo fue un faraón sin ninguna importancia. Sólo contaba doce años cuando
accedió al trono y escasamente superaba los veinte cuando murió. Con todo, tras
su muerte recibió los suntuosos funerales usuales.
Su tumba fue saqueada una vez, pero por suerte, sus ladrones
fueron capturados durante el robo y obligados a devolver el botín. Quizá se
difundió la noticia de la forzada devolución y por ello la tumba no fue forzada
de nuevo. Dos siglos más tarde, cuando se estaba excavando una tumba para otro
faraón, las piedras fueron dispuestas de tal forma que cubrieran la entrada de
la tumba de Tutankhamón.
Así permaneció cubierta e intacta. Hacia el 1000 a. C, había
sido saqueada cada pirámide conocida y cada tumba excavada en la roca. Ningún
tesoro permaneció en su sitio, excepto el de Tutankhamón.
En 1922 una expedición arqueológica británica, bajo la
dirección de Lord Carnarvon y Howard Carter, descubrió accidentalmente la tumba
y desenterró el tesoro, suntuoso y magnífico. Aparte de su grandiosidad y de su
utilidad para el estudio de la cultura del antiguo Egipto, el principal interés
del descubrimiento reside en la forma en que dio lugar al mito de la «maldición
del faraón». Lord Carnarvon murió menos de un año después del descubrimiento
como resultado de una picadura de mosquito infectada complicada con una
neumonía. Todos los suplementos dominicales reprodujeron la noticia y suscitaron
atemorizados, una polémica al respecto, pero es bastante poco probable que la
muerte tenga nada que ver con ninguna maldición del faraón.
Tras el desastroso fracaso de Ajenatón, la Dinastía XVIII
que había proporcionado a Egipto dos siglos de gloria, fue deslizándose hacia
un lastimoso final. A Tutankhamón le sucedió un faraón llamado Ay, que trató de
mantener las creencias de Ajenatón, pero éste era un intento completamente
desesperado.
La liquidación final del culto de Atón fue encomendada por
el implacable clero a un general. Por lo común, los generales constituyen una
fuerza conservadora opuesta a los cambios sociales. A esto se añadía, en este
caso, la exasperación por el declive del prestigio militar egipcio.
Un general llamado Horemheb se convirtió en faraón en el
1339 a. C., sucediendo a Ay, y bajo su gobierno volvieron con toda su fuerza
las viejas costumbres. En realidad, Horemheb no pertenecía a la Dinastía XVIII,
pero, por lo general, se lo incluye como el último miembro de este linaje, pues
había sido un oficial importante con Ajenatón y no fundó una dinastía reinante
propia.
El orden fue restaurado y se enviaron expediciones egipcias
para restablecer el imperio en Nubia. Sin embargo, no se intentó nada respecto
a Siria. Shubbiluliu había muerto en el 1335 a. C., pero había dejado tras de
sí un poderío hitita con el que Horemheb prefirió no enredarse.
Horemheb murió en el 1304 a. C., y uno de sus generales
ascendió al trono con el nombre de Ramsés I (o Rameses I); éste era bastante
viejo y sólo reinó un año aproximadamente. Fundó, sin embargo, una dinastía,
por lo que se le considera el primer rey de la Dinastía XIX. Su hijo Seti I le
sucedió en el 1303 a. C., y por fin los egipcios vieron cómo se recuperaba todo
su poderío. El nuevo faraón invadió Siria e hizo sentir una vez más la fuerza
de Egipto en aquella región. Pero no todo le fue tan fácil con los hititas, y
hubo de llegar con ellos a una paz de compromiso. Consiguió también vencer a los
libios. En el interior, edificó templos muy elaborados en Tebas y Abidos,
ciudad situada a cien millas río abajo de Tebas. Construyó asimismo una
elaborada tumba para sí mismo en el farallón donde dormían los reyes de la
Dinastía XVIII (o donde deberían haber dormido si sus tumbas no hubieran sido
saqueadas). Todo era como en los viejos tiempos; o, más bien, podía haber sido
como en los viejos tiempos de no ser por la herencia dejada por el inestable
período de Ajenatón. Los hititas seguían estando presentes y había que
enfrentarse con ellos. Y esto iba a ser un problema para el hijo y sucesor de
Seti I, un faraón que, sin duda, iba a ser el más llamativo de todos los que se
habían sentado en el trono egipcio.
El gran egotista
Hijo de Seti I fue Ramsés II, que le sucedió siendo aún
joven, en el 1290 a. C, y que reinaría durante sesenta y siete años, el reinado
más largo de la historia egipcia, si exceptuamos el de Pepi II.
Su reinado se caracterizó por una excepcional autoalabanza.
El poder de Ramsés era absoluto, y cubrió Egipto, de un extremo a otro, con
monumentos en su honor, con inscripciones que relataban jactanciosamente sus
victorias y su grandeza. No vaciló tampoco en poner su nombre en monumentos más
antiguos y en apropiarse de las hazañas de sus predecesores.
Amplió las ya vastas estructuras del enorme y complejo
templo de Tebas (que hoy se conoce como Karnak), y levantó obeliscos y estatuas
colosales en su honor. Una vez hecho esto, el complejo templo alcanzó
prácticamente su forma definitiva, y fue el mayor templo (en tamaño) nunca
construido, ni entonces ni ahora. Una sala, la Sala Hipóstila, es la mayor nave
del templo, cubriendo 54.000 pies cuadrados. Su techo estaba sustentado por un
verdadero bosque de gigantescas columnas —134 en total—, algunas de las cuales tenía
12 pies de grosor y 69 pies de altura.
Bajo su reinado, Tebas alcanzó su cenit, extendiéndose a
ambos lados del Nilo, con un contorno de murallas de 14 millas de longitud y
una gran acumulación de riquezas traídas de todos los confines del mundo
civilizado. Otros pueblos, que vieron u oyeron rumores al respecto, quedaron
sumidos en un maravillado temor.
Así, por ejemplo, Tebas es mencionada en la Ilíada, poema
épico en el que el poeta griego Homero (que posiblemente lo compuso tres siglos
después de la época de Ramsés II) cantaba la guerra de Troya, que tuvo lugar no
mucho tiempo después de la muerte de Ramsés.
En el poema, Homero dice por boca de Aquiles, cuando éste
rechaza los sobornos para volver a la guerra, que ninguna cantidad de dinero
podía inducirle a hacerlo. «No, aunque me ofrecieran... todo lo que contiene la
Tebas egipcia, que conserva los mayores tesoros del mundo, Tebas, con sus cien
puertas, donde doscientos hombres salen por cada puerta con caballos y
carros...»
Pero el tiempo, todo lo puede, y Tebas hace tiempo que
desapareció, y el magnífico templo de Karnak está en ruinas, que no por
imponentes dejan de ser sólo ruinas. Una de las estatuas de Ramsés, la mayor
construida en Egipto, está hoy rota y derribada. Fue su caída cabeza, (o los
informes referentes a ella) lo que inspiró al poeta inglés Percy Bysshe Shelley
su escalofriante poema irónico «Ozymandias»:
Hallé a un viajero proveniente de un antiguo país
Que dijo: «Dos enormes y rotas piernas de piedra
Se elevan en el desierto... Cerca de ellas, en la arena,
Medio enterrado, yace un rostro destrozado, con enojados
Y fruncidos labios, y despectivo gesto de frío mando,
Cuentan que su escultor conocía bien estas pasiones
Que aún sobreviven, grabadas en estos objetos sin vida,
La mano que las escarneció, y el corazón que alimentó:
Y en su pedestal aparecen estas palabras:
"¡Mi nombre es Ozymandias, rey de reyes:
Contempla mis obras tú el Poderoso, y pierde toda
esperanza!"
Nada queda de todo esto. Alrededor, las ruinas
De este colosal hundimiento, infinitas y desnudas
Solitarias y uniformes las arenas se extienden a lo lejos.»
No sólo fue en Karnak donde Ramsés II puso en práctica su
enorme egocentrismo. Muy hacia el sur, a 120 millas río arriba, hacia la
Primera Catarata, donde por lo general, no solían aventurarse los constructores
egipcios, edificó un templo notable.
En la actualidad, en este lugar, se levanta la ciudad de Abú
Simbel, adormecida a lo largo de siglos de olvido. La gran reliquia del pasado
fue descubierta en 1812 por el explorador suizo Johann Ludwig Burckhardt. En
una depresión del tajo halló cuatro enormes figuras sedentes de Ramsés II, cada
una de ellas de 65 pies de altura. Estaban en compañía de estatuas menores de
otros miembros de la familia real. Forman parte del templo erigido en honor de
Ra, el dios-sol. El dios-sol era la divinidad favorita de Ramsés, y el propio
nombre del faraón egipcio significa «hijo de Ra». El templo está orientado de forma
que el sol naciente penetre en su interior y caiga sobre las estatuas de Ra, y
Ramsés (¿quién otro podría ser?) está en el centro.
En 1960 comenzó a construirse una enorme presa cerca de la
Primera Catarata, formándose un lago largo y ancho corriente arriba, a partir
de la presa. El templo y las colosales estatuas de Abú Simbel habrían quedado
bajo las aguas de no haberse hecho algo al respecto. Pero tras tremendos
esfuerzos y enormes gastos, se pudo transportar la mayor parte de este complejo
a terrenos más elevados. Si el espíritu de Ramsés hubiese podido contemplar
esta operación, se habría sentido satisfecho, indiscutiblemente.
Fue tan impresionante la autoadoración de Ramsés, y la
propaganda a su favor tan eficiente, que en ocasiones se le denomina Ramsés el
Grande. Según mi modo de ver, sería más adecuado llamarlo Ramsés el Egomaníaco.
Militarmente, Ramsés II da la impresión de haber restaurado
el gran imperio de Tutmosis III, pero la impresión es falsa. Sin duda, Nubia se
encontraba bajo dominio egipcio, hasta la Cuarta Catarata, y los libios
continuaban sometidos. Pero aún quedaba Siria y, en el norte de Siria, el
poderío hitita.
En los primeros tiempos de su reinado Ramsés II marchó
contra los hititas, y en el 1286 a. C. se enfrentó a éstos en la gran batalla
de Kadesh, ciudad que un siglo antes había encabezado la coalición cananea
contra Tutmosis III.
El desarrollo de la batalla es oscuro. El único relato que
poseemos es la versión oficial de las inscripciones de Ramsés. Según parece el
ejército egipcio fue cogido desprevenido y casi estuvo a punto de ser hecho
pedazos por la avasalladora caballería hitita. Se había iniciado ya la
retirada, y el propio Ramsés II y su guardia personal estaban siendo atacados.
Pero, de repente, Ramsés, desechando toda precaución, determinó vencer o morir,
y atacando al enemigo sin ninguna ayuda, lo mantuvo a raya hasta la llegada de
refuerzos. Reanimados por el fantástico valor de su faraón, el ejército se recuperó,
y transformó una derrota ya cantada en victoria, aplastando a los hititas.
Que se nos perdone si nos resistimos a creer todo esto.
Ramsés era perfectamente capaz de contar toda clase de mentiras acerca de sí
mismo, y no hay por qué tomar en serio la imagen del faraón en el papel de un
Hércules o de un Sansón, luchando solo contra todo un ejército. Ni hay por qué
creer que la batalla de Kadesh fuese realmente una gran victoria egipcia. Es
muy dudoso que lo haya sido, pues el poderío hitita no disminuyó un ápice
después de la batalla, y Ramsés tuvo que combatir a los hititas durante otros
diecisiete años.
Lo más probable es que la batalla de Kadesh no fuese
decisiva, o, en todo caso, constituyera una apretada victoria hitita. A pesar
de la desmedida jactancia de Ramsés II, Egipto acabaría firmando un tratado de
paz en el 1269 a. C., en el que se reconocía la dominación hitita en el sur del
Eufrates, y por el que la soberanía egipcia quedaba limitada a la porción de
Siria más próxima a Egipto. Ramsés se conformó con incorporar una princesa
hitita a su harén, como forma de sellar el contrato, y el resto de su reinado
se desarrolló bajo el signo de la paz.
Así pues, aunque pareciese que Ramsés II era Tutmosis III
redivivo, y que con él Egipto logró recuperar su máximo poderío, no fue así.
Tutmosis III tenía en el norte a un Mitanni derrotado y tributario; Ramsés II
tenía allí a un poderoso e invicto imperio hitita.
Con todo, la larga y sangrienta guerra entre las dos
potencias fue fatal para ambas.
Aunque parecían fuertes, su vigor interno había quedado
absolutamente socavado por la prolongada lucha, y ninguna de las dos estaba ya
en condiciones de resistir los golpes de cualquier adversario nuevo y robusto.
Según la tradición, Ramsés II es el «Faraón de la
Cautividad», el que, según el Libro del Éxodo de la Biblia, esclavizó a los
israelitas, sometiéndolos a penosas tareas.
Una de las razones para pensar así es el comentario según el
cual los israelitas «edificaron para el faraón las ciudades almacenes de Pithom
y Raamses» (Éxodo, 1:11).
Esto parece bastante posible. La Dinastía XIX parece tener
su origen en la porción oriental del Delta, donde los israelitas, según la
leyenda bíblica, vivían en Goshen.
Ramsés dedicó natural atención a su territorio patrio,
edificando un templo en Tanis, cerca de la desembocadura más oriental del Nilo,
y elevando en su interior un coloso de 90 pies que (obviamente) representaba al
propio faraón. Construyó también elaborados palacios y almacenes (no «ciudades
de tesoros» como se tradujo equivocadamente en la versión del rey Jacobo) a los
que se refiere la Biblia. Ramsés debió utilizar estos almacenes para
aprovisionar a sus ejércitos durante las campañas de Siria contra los hititas.
Y no hay duda de que para su construcción empleó trabajadores forzados locales.
La prolongada duración del reinado de Ramsés II, como en el
caso de Pepi II, fue funesta para Egipto. El vigor de Ramsés declinó; deseaba
descansar. La nobleza aumentó su poder y el ejército decayó. Cada vez más,
Ramsés optaba por nutrir a sus ejércitos con extranjeros mercenarios, que
combatían a cambio de un sueldo, en vez de hacerlo por deber y patriotismo.
Esta ha sido una trampa en la que han caído repetidamente a
lo largo de los siglos naciones prósperas y seguras. Los ciudadanos, ricos y
acomodados, no ven ninguna utilidad en soportar la dureza de la vida militar,
cuando hay extranjeros ansiosos de hacerlo en su lugar por una paga. Es más
sencillo darles un poco de dinero, del que hay gran cantidad, que privarse de
tiempo y comodidad, de los que nunca hay bastante. Para los gobernantes,
además, los mercenarios son preferibles incluso a los soldados nativos, ya que
los primeros pueden enfrentarse con mayor seguridad y sin piedad a los desórdenes
internos.
Pero todas sus posibles ventajas son infinitamente
inferiores a sus grandes desventajas. En primer lugar, si la nación atraviesa
tiempos difíciles y no puede pagar a sus mercenarios, estos soldados pueden
saquear alegremente lo que esté a su alcance y provocar mayor terror y peligro
en el país que un enemigo invasor. En segundo lugar, cuando los gobernantes
comienzan a depender de los mercenarios para sus guerras y de sus guardias de
corps, acaban convirtiéndose en instrumentos de estos mercenarios, no pueden
dar un paso si aquéllos no lo aprueban y, al final, se ven reducidos a la
condición de marionetas o cadáveres. Esto ha sucedido una y otra vez a lo largo
de la historia.
El fin de la gloria
Por fin, Ramsés II terminó su largo reinado en el 1223 a.
C., muriendo a una edad próxima a los noventa años. Su muerte pareció llegar en
un gran momento. El imperio estaba más extendido que nunca, y precisamente su
enemigo más importante comenzaba a debilitarse inesperadamente. Esto no se
debió a ningún esfuerzo directo de Egipto, sino más bien a los efectos de la
inestabilidad interna y de la guerra civil. Por otro lado, Egipto era rico,
próspero y estaba en paz. El propio Ramsés, que había tenido numerosas esposas,
dejó tras de sí una verdadera multitud de hijos e hijas.
El sucesor de Ramsés fue Merneptah, su decimotercer hijo.
Merneptah, que ya tenía sesenta años, intentó proseguir la política de su
padre. Reprimió las rebeliones de la porción egipcia de Siria y, al hacerlo,
inscribió el nombre de Israel, por primera vez, en la historia.
Al parecer, como en tiempos de Ajenatón, nómadas del
desierto, provenientes del este, estaban acercándose en masa hacia las ciudades
cananeas. Los nómadas eran esta vez el pueblo que posteriormente entraría en la
Historia con el nombre de israelitas. Estos hallaron en su camino a las
ciudades cananeas, rodeadas por los reinos de Ammón, Moab y Edom, fundados en
la época de Ajenatón por poblaciones emparentadas con los israelitas. En este
caso la sangre no resultó ser más espesa que el agua y los reinos ya establecidos
se opusieron a los recién llegados. Parece ser que el ejército de Merneptah tomó
parte en la lucha y obtuvo una victoria, pues en la inscripción de Merneptah
éste se jacta del hecho de que «Israel está arrasado y no tiene semillas». En
otras palabras, su potencial humano fue destruido. Es evidente que esto no era
sino una de las exageraciones propias de todos los partes de guerra oficiales.
Según parece, Merneptah dirigió campañas triunfantes también
en Lidia; pero la chispa se encendió y provino de un lugar completamente
inesperado. Los invasores cayeron sobre Egipto desde un lugar que se había dado
por seguro durante miles de años: desde el mar.
Los egipcios no habían sido nunca un pueblo marinero y
siempre habían vivido en paz con los cretenses, pueblo de navegantes. Sin
embargo, la civilización cretense había difundido su cultura en el continente
europeo, hacia el norte, en la región que conocemos como Grecia. Durante el
período de la dominación de los hicsos sobre Egipto pueblos de habla griega
habían erigido bellas ciudades en el continente y habían adoptado las formas de
vida cretenses.
Pero mientras que Creta, cuya riqueza dependía del monopolio
del comercio mediterráneo, había seguido siempre caminos pacíficos, no ocurría
lo mismo con las tribus griegas del continente. Luchaban entre sí violentamente
y se hallaban siempre en peligro de ser invadidos de nuevo por otras tribus del
norte. Erigieron ciudades con espesísimas murallas; la principal se llamó
Micenas, por lo que este primer período de la historia griega se denomina Época
Micénica.
Los micénicos, envueltos en continuas guerras, desarrollaron
depuradas técnicas militares, y una vez hubieron aprendido a construir barcos,
se aventuraron por los mares, y la propia Creta no fue capaz de hacerles
frente. Mientras Egipto atravesaba un período de poderío, en el momento de
apogeo de la Dinastía XVIII, los piratas micénicos completaron la conquista y
ocupación de Creta.
Pero los piratas se hallaban muy distantes, al otro lado de
lo que a los egipcios les parecía un vasto e insalvable brazo de agua salada.
Nadie temía nada en el confiado Egipto de los días imperiales.
Y los egipcios continuaron sintiéndose seguros frente a esas
gentes del norte durante los dos siglos posteriores a la ocupación micénica de
Creta. Y esta situación podía haber continuado por más tiempo, pero los propios
micénicos sufrían presiones desde el norte, donde habitaban otras tribus de
habla griega más primitivas, que aún no habían sentido el influjo suavizante de
la civilización cretense. Lo que sentían, en cambio, era el duro impulso del
hierro.
Durante dos mil años las armaduras se habían fabricado con
bronce, aunque el hierro se había utilizado para hacer escudos más duros,
puntas más aguzadas y duraderas y filos más cortantes. El problema era que el
hierro resultaba ser un metal excesivamente raro, que se obtenía únicamente de
forma muy ocasional, cuando se encontraban meteoritos. El hierro podía
obtenerse en minas en terreno rocoso, como el cobre, pero de manera no tan
fácil como éste. Se necesitaba alcanzar mayores temperaturas y una técnica más
complicada.
Parece ser que fueron los hititas los primeros que idearon
un método práctico para fundir el mineral de hierro. Los conocimientos
referentes a esas técnicas se difundieron pronto, y los ejércitos comenzaron a
recibir pequeñas remesas de armas de hierro. Las primitivas tribus griegas,
llamadas dorias, poseían algunas armas de hierro, lo que multiplicaba su
presión sobre los micénicos.
Los micénicos, viendo que las cosas en el norte se ponían
cada vez más difíciles, encontraron un alivio en la expansión hacia el sur y el
este. La guerra de Troya tuvo lugar en tiempos de Merneptah, o muy poco
después, y se debió probablemente a un empuje micénico hacia el este. Otras
bandas de piratas se desplazaron hacia el sur, desembarcando en las costas
libias. Con la decidida ayuda de las tribus libias comenzaron a efectuar incursiones
en las ricas tierras egipcias. (Las leyendas griegas nos cuentan cómo Menelao,
rey de Esparta, cuando volvía de la guerra de Troya, pasó algún tiempo en Egipto,
lo que quizá sea un borroso recuerdo de las antiguas hazañas realizadas en las costas
africanas.)
En realidad, toda la orilla oriental del Mediterráneo se
hallaba en llamas. Los frigios, pueblo del oeste de Asia Menor, arremetieron
hacia el este contra una nación hitita desgarrada y ensangrentada, que estaba
casi al borde del suicidio a causa de una guerra civil. Los frigios completaron
la tarea de la contienda civil y hacia el 1200 a. C, el imperio hitita, que por
algún tiempo había disputado a Egipto el liderazgo del mundo civilizado,
llegaba a su fin y desapareció, como fuerza de importancia, de la Historia. (Con
todo, las ciudades hititas subsistieron en Siria, y uno de los soldados del
ejército del rey David de Israel fue, dos siglos después, Uriah el Hitita).
Egipto atravesaba un período de caos como resultado de las
incursiones de estos «Pueblos del Mar»: el único nombre que supieron darles los
confusos egipcios. Pero a diferencia del reino hitita, Egipto, vacilante y con
los ojos vidriosos como consecuencia de los esfuerzos realizados para rechazar
a los pueblos del mar logró sobrevivir. Jamás volvería a ser todo igual que
antes.
Según la tradición, Merneptah fue el «Faraón del Éxodo»,
aquel sobre el que se abatieron las plagas concitadas por Moisés, y aquel que
resultó ahogado en el mar Rojo.
Puede que algo de esto fuera cierto, y que la historia de
las plagas se originase en el borroso recuerdo de la catástrofe que sacudió a
Egipto tras el desembarco de los piratas y el saqueo del país.
En realidad, durante los desórdenes, algunos de los esclavos
asiáticos del país pudieron muy bien aprovechar la oportunidad para huir y
unirse a sus parientes que estaban intentando conquistar Canaán.
Aunque mucha gente acepta las narraciones bíblicas al pie de
la letra, el hecho indiscutible es que en ninguno de los escritos históricos
egipcios conocidos se menciona a los israelitas esclavizados, a Moisés o a las
plagas bíblicas. Y, ciertamente, tampoco hay referencia alguna a un faraón
ahogado en el mar Rojo.
Pero, aunque los detalles bíblicos se consideran
exageraciones legendarias surgidas con la transmisión oral de las historias, es
posible que el núcleo básico sea real; es decir, que los asiáticos entraran en
Egipto durante la época de los hicsos, fueran esclavizados durante el Imperio
Nuevo y tratados con especial dureza bajo Ramsés II, y que escaparon en tiempos
de Merneptah para unirse a los israelitas que estaban atacando a las ciudades
cananeas.
En realidad podemos preguntarnos incluso si el culto de Atón
establecido por Ajenatón pudo sobrevivir a lo largo de siglo y medio,
transcurrido desde la época del rey herético. ¿Pudo vivir una minoría
religiosa, despreciada y perseguida, de manera tan humilde y vil como para no
ser mencionada en los anales e inscripciones oficiales? ¿Encontraría audiencia
entre los esclavos asiáticos, también despreciados y perseguidos? Y cuando los
asiáticos partieron, ¿se llevaron consigo la noción de un dios único, noción que
llegaría a arraigar entre los israelitas y que, a través de ellos, se
difundiría entre cientos de millones de personas a lo largo de los siglos? ¿Quién
puede decirlo?
Merneptah murió en 1211 a. C, y durante los siguientes
veinte años le sucedieron varios reyes débiles y oscuros.
No obstante, una vez más, surgió un egipcio adecuado a la
ocasión; y una vez más, pareció que Tebas iba a ser el núcleo sano para un
nuevo renacimiento. El gobernador de Tebas, que decía ser descendiente de
Ramsés II, accedió al trono en el 1192 a. C., fundando así la XX Dinastía.
Logró doblegar a los nobles y establecer su dominio sobre todo Egipto, dejando
un país unificado a su hijo Ramsés III, que subió al trono en el 1190 a. C.
Ramsés III reinó durante treinta y dos años, y representó un
último aliento de vigor autóctono, que era precisamente lo que se necesitaba en
ese momento, pues Egipto se encontró con que tenía que enfrentarse a otra
invasión de Pueblos del Mar. Esta vez los invasores se veían engrosados por un
grupo llamado Peleset en las inscripciones, y que eran, casi con toda
seguridad, los filisteos de la Biblia. Este contingente desembarcó en la costa
meridional del Asia Menor, proveniente quizá de Chipre, isla situada a setenta millas
al sur de esa costa.
Los invasores saquearon a su paso las costas orientales del
Mediterráneo, entrando en Egipto desde Siria como en su día habían hecho los
hicsos. Sin embargo, no lograron coger a Ramsés III por sorpresa y éste los
derrotó totalmente. Para conmemorar la victoria se grabaron escenas de la
batalla en los muros de los templos. Uno de estos bajorrelieves muestra a los
navíos egipcios combatiendo contra los de los filisteos —lo que es una de las
primeras representaciones de una batalla naval—.
Los derrotados filisteos fueron obligados a establecerse en
la costa al nordeste de Egipto. Con todo, esta victoria representó la última
boqueada de Egipto y el fin de su gloría. Desde este momento se replegó
exhausto hacia el Nilo y su imperio se desvaneció.
El Imperio Nuevo había terminado, tras cuatro siglos de
poder, y ya no habría nunca más otro Imperio «Novísimo» de igual poderío.
Con un Egipto impotente, los israelitas irrumpieron a través
del río Jordán, y comenzaron a dominar a las ciudades cananeas. Durante dos
siglos israelitas y filisteos lucharían por el dominio a las mismas puertas de
Egipto, y éste será incapaz de mover un dedo para intervenir en la lucha en un
sentido o en otro.
7. Dominación extranjera
Los libios
Ramsés III murió en el 1158 a. C, y le sucedió una confusa
serie de reyes, todos ellos llamados Ramsés (de Ramsés IV a Ramsés XI), todos
sin importancia, todos débiles. Estos reyes son los Ramésidas.
Durante los ochenta años que reinaron estos Ramésidas
(1158-1075 a. C), todas las tumbas de Tebas, excepto una, fueron saqueadas.
Fueron robados incluso los tesoros funerarios del propio Ramsés II. Con ocasión
del entierro de uno de estos Ramésidas —Ramsés IV, en el 1138 a.C.—, la tumba
de Tutankhamón, que había gobernado dos siglos antes, quedó eficazmente
cubierta, lo que le permitió permanecer intacta hasta los tiempos modernos.
A medida que el poder de los faraones declinaba, el de los
sacerdotes aumentaba.
La victoria del clero sobre Ajenatón había arrojado una
sombra sobre la corona, desde entonces. Incluso Ramsés II hubo de andar con
cautela en lo que respecta a los derechos de los sacerdotes. Durante las
Dinastías XIX y XX cada vez más tierras, campesinos y riquezas habían ido a
parar a manos de éstos. Y como el poder de una religión arraigada desde mucho
tiempo atrás tiende a ser conservador e intransigente, esto resultó ser un mal asunto
para el país.
Los Ramésidas fueron marionetas en manos del clero que,
probablemente, recordaba que bajo la dominación de los hicsos los sacerdotes de
Amón gobernaron sobre Tebas y el Alto Egipto. Cuando, finalmente, Ramsés XI
murió en el 1075 a. C., no ocupó su trono ningún sucesor directo. En cambio, el
sumo sacerdote de Amón que era también el jefe del ejército, puso en práctica
lo que ya era una realidad, autoproclamándose gobernante de Egipto. Pero no
llegó a ser soberano de un reino unificado.
En la región del Delta apareció un segundo grupo de
gobernantes, cuya capital fue Tanis, la ciudad de Ramsés II. Este linaje de
príncipes tanitas fueron denominados por Manetón Dinastía XXI.
Egipto era en este momento más débil que nunca pues estaba
dividido, y la labor que Menes había llevado a cabo dos mil años antes parecía
de nuevo destruida.
Lo único que se conoce con certeza acerca del Egipto de la
Dinastía XXI es una aislada mención bíblica que, en sí misma, subraya el estado
de deterioro en que había caído la poderosa tierra de Tutmosis III y de Ramsés
II.
Durante la época de la Dinastía XXI finaliza la contienda en
Siria. Los israelitas habían hallado a su líder en el guerrero judío David, y
bajo su mando, los filisteos habían sido completamente derrotados, y sometidas
las pequeñas naciones circundantes. Este fue uno de esos raros momentos en la
historia en que las dos civilizaciones del Nilo y de la región del
Tigris-Eufrates estaban atravesando un período de debilidad, dando la oportunidad
al rey David de fundar un imperio israelita que llegaría a alcanzar desde la península
del Sinaí hasta el curso superior del río Eufrates, abarcando virtualmente toda
la orilla oriental del Mediterráneo. Incluso las ciudades costeras cananeas (es
decir, fenicias), aun manteniendo su independencia, fueron aliados subordinados
de David y de su hijo Salomón.
Bajo los reinados de David y de Salomón Israel fue más
fuerte que la parte de Egipto gobernada por los monarcas de la Dinastía XXI.
Egipto llegó a considerarse afortunado al aliarse con Israel, y el faraón cedió
a una de sus hijas para el harén de Salomón (1 Reyes 3:1). El nombre del faraón
no aparece en la Biblia, pero Salomón reinó entre el 973 y el 933 a. C, lo que
coincide casi exactamente con los años del reinado de Psusennes II, el último
rey de la dinastía egipcia.
Psusennes tuvo sus dificultades. Durante las sucesivas
generaciones de debilidad egipcia, el ejército había ido dependiendo cada vez
más estrechamente de tropas mercenarias, y en particular de mandos libios para
que lo dirigieran. Es casi una evolución inevitable el que un ejército
compuesto por mercenarios sea dócil solamente bajo el mando de un mercenario; y
también el que los generales mercenarios dominen invariablemente el régimen, y
en ocasiones lo derriben.
Durante el reinado de Psusennes II el comandante era un libio
llamado Sheshonk.
Su apoyo era absolutamente necesario a Psusennes, que se vio
obligado a aceptar alianzas matrimoniales entre las dos familias. La hija del
faraón casó con el hijo de Sheshonk —un signo fatal, pues demostraba claramente
que el general abrigaba intenciones respecto al trono—. Es probable que
Psusennes diese otra de sus hijas a Salomón, con la esperanza de poder contar
con el apoyo israelita contra la posible usurpación del general.
Si fue así, el faraón quedó frustrado. En el 940 a. C., a la
muerte de Psusennes II, Sheshonk ocupó el trono tranquilamente. En realidad,
¿quién iba a oponérsele, con su ejército mercenario controlando Tanis?
El nuevo faraón tomó el nombre de Sheshonk I, primer monarca
de la Dinastía XXII. En ocasiones se la denomina la Dinastía Libia, aunque
resulta engañoso llamarlo así. No hubo una verdadera conquista libia de Egipto,
y los soldados libios que reinaron estaban asimilados a los modos egipcios.
Sheshonk estableció su capital en Bubastis, a unas treinta y
cinco millas río arriba de Tanis. Volvió a unificar el valle del Nilo,
recobrando el control sobre Tebas. Tras siglo y cuarto de división, Egipto
volvía a ser una potencia unida.
Sheshonk trató de vincular a Tebas con el Delta convirtiendo
a su propio hijo en sumo sacerdote de Amón.
Posteriormente dirigió su atención hacia Israel, cuya
alianza con su antecesor le había ofendido probablemente. En un primer momento
no recurrió al ataque directo, sino que se valió de la intriga. El norte de
Israel se sentía a disgusto con el dominio de una dinastía de Judea, e intentó
rebelarse. La rebelión fue aplastada pero su líder, Jeroboam, encontró asilo
junto a Sheshonk. A la muerte de Salomón, en el 933 a. C., Sheshonk envió de
nuevo a Jeroboam a Israel, donde esta vez la rebelión logró triunfar.
El breve imperio de David y de Salomón se desmoronó para
siempre. La porción septentrional, la más extensa y la más rica, conservó el
nombre de Israel y fue gobernada por reyes que no descendían de David. En el
sur estaba el pequeño reino de Judá, centrado alrededor de Jerusalén, donde la
dinastía de David retendría el poder durante más de tres siglos.
Sheshonk se halló frente a un reino de Judá muy disminuido,
agitado por las revueltas, y estimó que no habría ningún peligro en lanzarse a
una aventura exterior.
Como Tutmosis III y Ramsés II cruzó el Sinaí. Pero esta vez
el enfrentamiento no era con un poderoso Mitanni o con un Imperio hitita.
Egipto no se habría atrevido a hacerlo en esta etapa de su historia. Era tan
sólo el débil Judá a quien se atacaba. En el 929 a. C., pues, Sheshonk invadió
este país con resultados que han sido registrados en la Biblia (donde el monarca
egipcio es llamado Shishak). El faraón ocupó Jerusalén, saqueó el Templo y, sin
ninguna duda, sometió a Judá a tributo durante algún tiempo.
Como consecuencia de todo ello, Sheshonk se consideró un
conquistador, erigiendo monumentos en Tebas en los que se enumeraban sus
conquistas. Incluso amplió el templo de Karnak y puede que fuera durante su
reinado cuando se dieron los toques finales a la inmensa Sala Hipóstila.
Sin embargo, Sheshonk no fue sólo el primer rey de su
dinastía, sino también el único que mostró algún vigor. Su sucesor, Osorkon I,
subió al trono en el 919 antes de Cristo, y se encontró con un Egipto bastante
rico y próspero, pero apenas pudo hacer algo más que mantenerse. Tras su
muerte, en el 883 a. C, se reanudó el inexorable declive.
El ejército era ingobernable, y sus generales estaban
empeñados en apoderarse de todo lo que estaba a su alcance. Tebas se separó una
vez más en el 761 a. C., y sus gobernantes fueron incluidos por Manetón en la
Dinastía XXIII.
Tal era la triste situación de Egipto en estos momentos,
cuando, por primera vez en su historia, el impulso conquistador venía de Nubia
hacia el norte, en vez de hacerlo desde Egipto hacia el sur.
Los nubios
Bajo el Imperio Nuevo, Nubia había sido en la práctica una
prolongación meridional de Egipto. Todos los hallazgos arqueológicos de ese
período son enteramente de tipo egipcio.
Sin embargo, durante algunos siglos, en tiempos del declive
egipcio, Nubia parece desaparecer de nuestra vista. Indiscutiblemente, con un
Egipto fragmentado la mayor parte del tiempo, y con gobiernos rivales en Tebas
y en el Delta, no había oportunidades para que los faraones dominasen los
largos tramos del Nilo más allá de la Primera Catarata. Así, los propios
autóctonos hubieron de hacerse cargo de Nubia.
El centro de su poder fue establecido, según parece, en
Napata, situada inmediatamente después de la Cuarta Catarata. Esta ciudad
representa el límite práctico de la penetración egipcia (Tutmosis III dejó en
ella una columna con inscripciones); había experimentado la influencia de la
refinada civilización egipcia, y aun así, estaba lo suficientemente lejos de
Egipto como para que su seguridad no peligrase, salvo en casos extremos.
Sin embargo, Nubia siguió siendo egipcia por su cultura.
Cuando Sheshonk ocupó Tebas, un grupo de sacerdotes de Amón se refugió en
Napata, donde fueron bien recibidos. Sin duda alguna, se consideraron algo así
como un «gobierno en el exilio» e incitaron a los príncipes nubios a invadir
Egipto y restaurar al clero leal en el poder.
Ciertamente, bajo la influencia de los sacerdotes, Nubia se
hizo más profundamente egipcia en materia de religión que el propio Egipto, más
ortodoxa en el culto a Amón. A los naturales deseos de sus monarcas nativos de
obtener la gloria por medio de la conquista, se añadió la idea de que podía
resultar piadoso buscar esa gloria.
Hacia el 750 a. C., el avance nubio hacia el norte era un
hecho.
La conquista no fue difícil, dado que un Egipto tan
desorganizado era una presa asequible. El monarca nubio Kashta conquistó Tebas
casi de golpe, donde fueron reinstaurados los descendientes del clero exilado.
El sucesor de Kashta, Pianji, se aventuró más hacia el norte, adentrándose en
el Delta hacia el 730 a. C.; se lo considera el primer monarca de una nueva
dinastía (llamada con frecuencia Dinastía Etíope, que deriva del nombre que los
griegos daban a la patria de Pianji). En ciertas partes del Delta dos
gobernantes egipcios resistieron durante algún tiempo. Manetón considera a los egipcios
como la Dinastía XXIV, y a los conquistadores nubios, como la XXV.
El hermano de Pianji, Shabaka, le sucedió en el trono en el
710 a.C., trasladando la capital de Napata a la lejana, más grande y más
prestigiosa ciudad de Tebas.
Una vez más, sería un error considerar a la Dinastía Etíope
como un dominio extranjero. Sin duda, los monarcas eran nativos de regiones
exteriores al Egipto propiamente dicho, pero, como la Dinastía Libia,
culturalmente eran completamente egipcios.
Pero en Asia occidental estaba surgiendo un nuevo imperio,
que iba a eclipsar a los antiguos reinos Mitanni y de los hititas, y que iba a
establecer nuevos récords de crueldad.
Los asirios
El nuevo imperio fue el de Asiria.
Asiria tuvo su origen en el alto Tigris durante la época del
Imperio Antiguo egipcio. Tomó prestada su cultura de las ciudades-Estado de la
región del Tigris-Eufrates inferior, y erigió una próspera nación mercantil.
Durante algunos siglos Asiria estuvo dominada por las
naciones vecinas que tenían una mejor organización militar. Así, por ejemplo,
fue tributaría de Mitanni y participó en la derrota que a esta nación infligió
Tutmosis III. Un siglo después cayó bajo el dominio hitita.
Tras el fin de los hititas, en el 1200 a. C., por algún
tiempo las cosas se pusieron bastante difíciles para Asiría, ya que el caos
provocado por las migraciones de los Pueblos del Mar produjo una especie de
Edad Oscura que afectó a todo el Occidente de Asia.
Pero entonces ocurrió algo singular y de consecuencias
espectaculares. Los asirios habían aprendido el secreto de la fundición del
hierro de los hititas, como habían hecho otros pueblos de la época, pero
aquéllos fueron los primeros que realmente supieron sacar pleno rendimiento del
nuevo metal.
No equiparon a sus ejércitos sólo con algunos elementos de
hierro, como hicieron los dorios que habían invadido Grecia, sino que crearon
gradualmente un ejército, el primero en su género en la historia, totalmente
«férreo». Una vez más, el efecto fue el de un «arma secreta», como lo había
sido, mil años antes, el caballo y el carro.
Los asirios tuvieron su primer ensayo de victoria militar
cuando su rey, Tiglath-Pileser I, condujo sus ejércitos hacia occidente, hasta
el Mediterráneo, alrededor del 1100 a. C, en tiempos de los Ramésidas.
Con todo, Asiria se vio obligada a retroceder cuando nuevas
invasiones de nómadas cruzaron las regiones occidentales de Asia. Esta vez se
trataba de tribus arameas que acabarían instaurando un reino al norte de Israel
y de Judá. Este reino era denominado por los propios arameos y por los
israelitas Aram, pero en la versión de la Biblia del rey Jacobo el reino recibe
el nombre griego de Siria.
Aproximadamente en los tiempos en que la Dinastía Libia
gobernaba Egipto, Asiria se recuperó. Sus ejércitos fueron equipados con
máquinas de guerra hasta entonces nunca vistas, como arietes macizos, ideados
para el asedio de ciudades amuralladas.
Hacia el 854 a. C., los ejércitos asirios invadieron Siria y
apenas pudieron ser rechazados por una coalición sirio-israelita.
Pero la debilidad de las civilizaciones fluviales, que había
hecho posible el imperio de David y de Salomón, era cosa del pasado. El fin de
los pequeños reinos de la costa mediterránea estaba próximo.
En el 732 a. C., mientras los nubios conquistaban Egipto, el
rey asirio Tiglath-Pileser III destruyó el reino sirio y ocupó Damasco, su
capital. Diez años después, uno de sus sucesores, Sargón II, destruyó Israel y
ocupó su capital, Samaria. En el 701 a. C., el hijo y sucesor de Sargón,
Senaquerib, asedió la propia Jerusalén.
Los faraones nubios, recién instalados en el Delta trataron
desesperadamente de alejar la amenaza asiria. Nada semejante había ocurrido desde
el tiempo de los hicsos.
Los mitanni y los hititas no se habían alejado demasiado del
Eufrates, pero los asirios habían avanzado directamente hasta las fronteras del
propio Egipto. Y lo que es más, practicaban un tipo de guerra deliberadamente
sádico y cruel, pero muy efectivo (a corto plazo) en lo que atañe a paralizar
el espíritu de resistencia y en llenar de presagios amenazadores hasta los
ánimos más distantes.
Egipto sabía que tenía pocas oportunidades de resistir
frontalmente a los terribles ejércitos acorazados asirios. El faraón nubio
Shabaka trató, en cambio, de infundir un espíritu de resistencia en sirios,
israelitas, judeos y fenicios. Sus emisarios desparramaron dinero y palabras
melifluas por doquier, y trataron de hacer lo posible para suscitar desórdenes
detrás de las líneas asirías. Egipto estaba acumulando cuidadosamente sus propias
fuerzas y esperaba que, de algún modo, Asiría corriese hacia el desastre, o se encontrase
demasiado ocupada con una u otra cosa como para tener tiempo para Egipto.
Finalmente, cuando el ejército asirio se encontraba
asediando Jerusalén, Shabaka estimó que había llegado la hora de combatir y
envió a su sobrino Taharka contra Senaquerib. Los egipcios fueron derrotados,
pero la batalla fue dura, y Senaquetib, con un ejército ya muy debilitado, y
ante las noticias de rebeliones en su imperio, decidió retirarse por algún
tiempo, y dejar la lucha para otra ocasión. Egipto pudo salvarse, y también
Jerusalén se alegró de ello, pues había obtenido así otro siglo de vida.
Senaquerib fue asesinado en el 681 a. C, después de haber
conseguido reprimir todos los desórdenes y de haber pacificado salvajemente el
Imperio asirio por medio del terror.
Su hijo, Esarhaddón, pudo permitirse el lujo de volver a
mirar hacia el exterior. En buena lógica, había que tomar alguna medida contra
Egipto. Mientras se permitiera a Egipto utilizar su riqueza para fomentar
intrigas antiasirias, Asiría tendría que combatir una revuelta tras otra. De
ahí que el rey asirio hiciera marchar a su ejército hacia el oeste.
Por entonces ocupaba el trono egipcio Taharka, y Esarhaddón
se habría sentido complacido de tener la oportunidad de cruzar su espada con el
hombre que había desbaratado la primera embestida asiria hacia occidente.
Taharka y sus egipcios pelearon con el coraje de la
desesperación. En el 675 a. C., derrotaron claramente a los asirios en una
batalla, pero esto sólo sirvió para retrasar el inevitable final. Tras corregir
su primer exceso de confianza, Esarhaddón volvió a la lucha con mayor decisión.
En el 671 a. C., tomó Menfis y el Delta, y obligó a Taharka a huir al sur.
Pero Taharka no estaba acabado. Preparó un contraataque y
descendió río abajo de la manera más efectiva. Esarhaddón murió en el 668 a.
C., antes de que pudiera organizar una nueva expedición; pero su hijo
Asurbanipal lo hizo en su lugar. Capturó de nuevo Menfis, y, además, hizo algo
que ni los propios hicsos hicieron: perseguir a Taharka hasta su refugio de
Tebas.
En el 661 a. C., conquistó y saqueó Tebas, poniendo fin a la
dinastía de faraones nubios. Estos continuaron reinando en Nubia durante mil
años más, pero su civilización declinó y su breve siglo de grandeza se esfumó
para siempre.
8. El Egipto saítico
Los griegos
La segunda ocupación semita de Egipto (la asiría), tuvo
lugar mil años después de la primera (los hicsos). La invasión asiria penetró
más profundamente, pues alcanzó Tebas, pero no fue tan intensa. Los asirios se
contentaron con gobernar a través de delegados egipcios renombrados por su
hostilidad hacia los nubios. Su elegido fue un príncipe de Bajo Egipto llamado
Necao. Prisionero de guerra de los asirios, había estado con ellos el tiempo
suficiente como para apreciar quiénes eran sus amos, y aceptó servirlos como su
virrey egipcio. Cumplió su cometido fielmente, muriendo al final al lado de los
ejércitos de Asurbanipal, en la guerra contra los nubios.
Su hijo Psamtik —llamado Psamético por los griegos— le
sucedió en el trono.
Este esperó con cautela una oportunidad para romper con
Asiría, pues era evidente que sus días de gloria habían pasado. Asurbanipal se
hallaba acosado por gran cantidad de problemas. Babilonia se hallaba en
perpetuo estado de rebeldía. El país independiente de Elam, al este de
Babilonia, luchaba tenazmente contra Asiria. Una nueva oleada de nómadas, los
cimerios, descendieron rápidamente sobre el Asia Menor procedentes de las
tierras al norte del mar Negro y devastaron todo el país como un tornado.
El hábil Asurbanipal se las ingenió para manejarlo todo en
su beneficio. Acabó con los elamitas en dos campañas, y aniquiló un reino con
veinte siglos de antigüedad tan completamente, que hoy día apenas sabemos nada
de él. Venció también a los cimerios.
Pero por todo ello tuvo que pagar un precio, pues
Asurbanipal no podía estar en todos los sitios a la vez. Y al estar ocupado en
otros lugares, no pudo conservar Egipto.
Psamético, que procedía con tiento, pudo liberarse del
conquistador. Contrató mercenarios del otro lado del Mediterráneo, en el Asia
Menor occidental, donde acababa de ser fundado el reino de Lidia sobre las
ruinas de los nómadas cimerios. Como Egipto, Lidia se hallaba en las fronteras
occidentales del Imperio asirio y también estaba ansioso de liberarse de su
yugo.
Los mercenarios lidios lucharon del lado de Psamético, y en
el 652 a. C., la última guarnición asiria era expulsada de Egipto, sólo nueve
años después del saqueo de Tebas.
En su totalidad el episodio asirio había durado sólo veinte
años y, en conjunto, Egipto, que se había unido frente al peligro exterior,
resurgió más fuerte que antes y Psamético acabó gobernando como Psamético I.
Egipto contaba de nuevo con un faraón nativo.
Psamético fundó la Dinastía XXVI, con arreglo al cómputo de
Manetón.
Estableció la capital en Sais, en el brazo más occidental
del Nilo, a unas treinta millas del mar. Por ello, la dinastía de Psamético se
denomina, a veces, "Dinastía saítica", y el Egipto de la época,
"Egipto saítico".
Psamético fue un soberano capaz, y bajo su gobierno Egipto
experimentó no solamente una renovación económica, sino un renacimiento
artístico. Se produjo un retorno deliberado a los tiempos pasados, como si
Egipto estuviera ansioso de sacudirse el polvo de un mundo confuso; un mundo en
el que los imperios asiáticos se mostraban más fuertes que él, y en el que para
engrosar sus ejércitos había que recurrir a bárbaros reclutados en ultramar.
Pese a ello, se pretendía volver a los grandes días en los que sólo Egipto
existía y en los que era posible ignorar al resto del mundo. Los tiempos de los
constructores de pirámides fueron ensalzados, se estudiaron una vez más los
ensalmos y rituales religiosos que aparecían en esas tumbas antiguas, se
revigorizaron los clásicos literarios del Impero Medio y se repararon los daños
causados en Tebas por los asirios. En todo ello, en realidad, la Dinastía
Saítica seguía las directrices religiosas ortodoxas de los faraones nubios que
la habían precedido.
Sin embargo, el mundo contemporáneo no podía ser ignorado.
Si Psamético aspiraba a salvar a Egipto, no tenía otro remedio que llegar a algunas
fórmulas de convivencia con el mundo.
El factor nuevo más importante fue la presencia de los
griegos. Los griegos habían atravesado la Edad Oscura que había seguido a la
guerra de Troya, y surgían ahora con creciente gloria. Su poder y cultura aumentaban
rápidamente, y habían heredado de sus predecesores, micénicos y cretenses, dos
cosas que los egipcios consideraban muy valiosas.
Las constantes guerras, defensivas e internas, habían
enseñado a los griegos técnicas militares que los hacía inigualables como
soldados, hombre a hombre. Así pues, durante cinco siglos, los griegos fueron
los mejores mercenarios del mundo, y ningún ejército no griego fue nunca lo
suficientemente grande como para no experimentar alguna mejora con la
incorporación de contingentes griegos, que servían de punta de lanza. Esto fue
así a partir del momento en que los griegos desarrollaron cuerpos de infantería
pesada que, en comparación con los asiáticos y egipcios, por lo general armados
ligeramente, constituían casi un tanque andante.
En segundo lugar, los griegos amaban el mar. Contaban con
una tradición marinera sólo superada por la de los fenicios. Mientras duró su
Edad Oscura los griegos habían atravesado el mar Egeo y fundado ciudades en el
Asia Menor, que a veces superaban incluso a las que dejaban tras de sí. En el
siglo VIII a. C, en un momento en que Egipto se hallaba sumido en la
decadencia, los marinos griegos alcanzaron las costas del mar Negro y, hacia
occidente, las de Italia y Sicilia.
Psamético sabía todo esto, y decidió sacar ventajas de ello.
Para ello se requería osadía, pero Psamético era el faraón más heterodoxo desde
Ajenatón, y, a diferencia de este último, poseía una sensibilidad especial de
lo que podía y de lo que no podía hacerse.
Psamético había empleado a mercenarios griegos en sus
ejércitos, y los había estacionado en guarniciones poderosas en el este del
Delta, destinadas a recibir el embate más duro proveniente de cualquier posible
invasor oriental.
Pero, al menos en cierta medida, ese peligro estaba
despejado. ¿Por qué no utilizar, pues, el talento griego para fines pacíficos
además de bélicos? Los egipcios eran sin duda tan buenos comerciantes como los
griegos, pero carecían de barcos (o del deseo de construirlos y emplearlos)
para transportar las mercancías a través de los mares. Hacia el 640 a. C.,
Psamético alentó a los griegos a instalarse en Egipto como colonos (con el consiguiente
horror, sin duda, de los conservadores egipcios, que recelaban siempre de los
extranjeros).
A sólo diez millas al sur de Sais surgió un núcleo de
comerciantes griegos. Allí fundaron la base comercial de Naucratis, palabra que
significa "dominador del mar".
Por su lado, hacia el 630 a. C., los griegos colonizaron la
costa libia. A unas 500 millas al oeste de Sais, fuera de la esfera de
influencia egipcia, los griegos fundaron una ciudad que llamaron Cirene, que
servía de núcleo a una próspera región de habla griega durante muchos siglos.
Psamético gobernó cincuenta y cuatro años, muriendo en el
610 a. C. Fue el más largo reinado egipcio, y el más próspero, desde el de
Ramsés II, seis siglos antes.
Psamético vivió lo suficiente para ver la total destrucción
de Asiria; aunque los últimos diez años de su reinado quedaron oscurecidos por
nuevos problemas exteriores.
Los caldeos
Asurbanipal, que había dominado sobre Egipto brevemente,
había muerto en el 625 a. C., y por primera vez en siglo y cuarto, Asiria
careció de un rey fuerte. Babilonia, aún invicta y rebelde, halló su
oportunidad.
La ciudad de Babilonia y la región circundante estaba bajo
el control de los caldeos, tribu semítica que había penetrado en la zona hacia
el año 1000 a. C. En el último año del reinado de Asurbanipal, el príncipe
caldeo Nabopolasar gobernó Babilonia como virrey asirio. Lo mismo que
Psamético, se decidió a tomar la iniciativa por su cuenta cuando vio que el
poderío asirio había declinado lo suficiente como para hacerlo sin peligro y,
también como Psamético, buscó aliados en el exterior.
Nabopolasar los halló entre los medos. Se trataba de un pueblo
de lengua indoeuropeas, establecido en una región al este de Asiria en el 850
a. C., cuando Asiria estaba en los comienzos de su imperio. Durante el apogeo
de Asiria, Media le fue tributaria.
En la época en que murió Asurbanipal, sin embargo, un jefe medo
llamado Ciaxares había logrado unir a cierto número de tribus bajo su mando y
formar un fuerte reino. Fue con Ciaxares con quien Nabopolasar concluyó su
alianza.
Asiria, bloqueada, se vio enfrentada a los medos por el
este, y a los babilonios por el sur. Los ejércitos asirios reaccionaron
atacando, pero su fuerza, gastada pródigamente a lo largo de los siglos, sin
apenas una pausa, había desaparecido. Asiria se resquebrajó, se arruinó y acabó
derrumbándose sobre sí misma.
En el 612 a. C., Nínive, capital de Asiria, fue conquistada,
y un grito de alegría se elevó de los pueblos sometidos que tanto habían
sufrido bajo su dominio. (Entre los gritos de triunfo no fue el menos
importante el de un profeta de Judea llamado Nahum, cuyo jubiloso poema aparece
en la Biblia).
Sólo dos años después de este trascendental acontecimiento,
Necao I (llamado como su abuelo) sucedió a su padre en el trono egipcio. Necao
se encontró con una situación difícil. Una Asiria débil era lo ideal para
Egipto. Pero que ésta hubiera sido sustituida por potencias nuevas, vigorosas y
sedientas de imperio, podía resultar nefasto.
Pese a esto, Necao pensó que no todo se había perdido.
Incluso después de la caída de Nínive, fragmentos del ejército asirio se habían
refugiado en Harrán, a 225 millas al oeste de Nínive, logrando resistir durante
varios años.
Necao decidió hacer algo al respecto. Podía atacar la costa
oriental del Mediterráneo, siguiendo las rutas del gran Tutmosis III. Se
trataba, a su modo de ver, de una política doblemente acertada, pues aunque no
tenía tiempo para socorrer a Harrán, al menos podía proteger la costa oriental
del Mediterráneo y contener a los caldeos —esos nuevos creadores de imperios— a
una considerable distancia de Egipto.
En el camino de Necao, sin embargo, se encontraba el pequeño
Estado de Judá.
Habían transcurrido ya cuatro siglos desde que David
instaurase su breve imperio, y lo que quedaba de él, Judá, subsistía aún,
gobernado por Josías, descendiente de David. Judá había sobrevivido a la caída
del reino septentrional de Israel, había resistido a las tropas de Senaquerib
y, en verdad, se las arregló para sobrevivir a Asiria.
Y ahora se enfrentaba a Necao. Josías de Judá no podía
permitir el paso de Necao sin oponérsele. Si Necao resultaba victorioso le sería
fácil dominar Judá; si resultaba derrotado, los caldeos bajarían hacia el sur
en busca de venganza contra Judá, por haber dejado pasar a los egipcios. Por
ende, Josías preparó a su pequeño ejército.
Necao habría preferido no perder tiempo en Judá, pero no
tenía elección. En el 608 a. C, Necao se enfrentó a Josías en Megiddo, en el
mismo lugar en que Tutmosis III había derrotado a la coalición de príncipes
cananeos casi quince siglos antes. La historia se repitió ahora. Los egipcios
resultaron vencedores de nuevo, y el rey de Judá fue muerto.
Por primera vez en seis siglos, el poder egipcio dominaba en
Siria.
Sin embargo, también los caldeos hacían progresos. Por
entonces controlaban ya toda la región del Tigris-Eufrates. Nabopolasar era
viejo y estaba enfermo, pero tenía un hijo llamado Nabucodonosor, muy hábil,
que condujo a los ejércitos caldeos hacia el oeste. Josías había sido derrotado
y muerto por Necao, pero había retrasado la marcha del ejército egipcio el
tiempo justo para que Nabucodonosor pudiera llegar hasta Harrán y ponerle
sitio. En el 606 a. C., tomó la ciudad, y los últimos restos del poderío asirio
se desvanecieron. Y Asiria desapareció de la Historia.
Esto dejaba a caldeos y a egipcios frente a frente. Se
encontraron en Karkemish, allí donde en cierta ocasión Tutmosis I erigiera un
cipo para conmemorar la primera vez que los ejércitos egipcios llegaron a
orillas del Eufrates.
Si la señal conservaba algún poder mágico en la
posterioridad, éste, sin embargo, no revirtió en favor de Egipto. Necao podía
derrotar al exiguo ejército de Judá, pero las poderosas huestes de
Nabucodonosor eran harina de otro costal. Los egipcios fueron aplastados, y
Necao salió de Asia tambaleándose y algo más deprisa que cuando había entrado.
El sueño de Necao de restaurar el poder imperial de Egipto duró apenas dos
años, y nunca más volvería a intentarlo.
En realidad Nabucodonosor, militar realmente vigoroso, pudo
haber perseguido a Necao hasta Egipto y haber ocupado el país si Nabopolasar no
hubiese muerto en ese momento, y Nabucodonosor no hubiese tenido que volver a
Babilonia para asegurarse la sucesión.
Relativamente en paz, gracias a este afortunado evento,
Necao tuvo oportunidad de madurar planes en beneficio de la economía egipcia.
Su principal interés se centró en las vías navegables. Egipto era el país de un
río de cientos de canales, pero también limitaba con dos mares, el Mediterráneo
y el Rojo. A lo largo de las orillas de ambos, los navíos egipcios se habían
aventurado con preocupación durante dos mil años o más, hasta Fenicia en el
primer caso, y hasta Punt en el segundo.
De vez en cuando los monarcas egipcios habían pensado en la
conveniencia de que se excavase un canal desde el Nilo al mar Rojo. De este
modo, el comercio podría extenderse de mar a mar, y los barcos podrían ir de
Fenicia a Punt directamente.
En los primeros tiempos de la historia egipcia la región
entre el Nilo y el mar Rojo era menos seca de lo que sería luego, y en los
confines del Sinaí había algunos lagos que ahora no existen. Es probable que en
los Imperios Antiguos y Medio existiese algún tipo de canal, que utilizaba
estos lagos, pero que requeriría cuidados constantes y que, cuando Egipto
atravesó épocas de agitación, quedó obstruido y desapareció. Su recuperación, además,
debido a la creciente aridez del clima, se fue haciendo progresivamente más difícil.
Ya Ramsés II había considerado su reconstrucción, pero sin
llegar a nada, quizá porque gastó demasiadas energías disparatadamente en la
construcción de estatuas en su honor. También Necao soñó con ello, pero
fracasó, quizá porque su aventura asiática le había restado fuerzas.
Sin embargo, parece ser que Necao tenía otra idea. Si los
mares Mediterráneo y Rojo no podían ser conectados mediante un canal
artificial, quizá pudiesen serlo por su vía natural, la del mar. Según
Heródoto, Necao decidió descubrir si se podía ir del Mediterráneo al mar Rojo
circunnavegando África. Con este fin contrató a navegantes fenicios (los
mejores del mundo), obteniendo el éxito deseado, con un viaje que duró tres años.
O, al menos, esto es lo que cuenta Heródoto.
Con todo, aunque Heródoto transmite esta historia, afirma
rotundamente que no la cree. Y las razones de este escepticismo son que, según
los informes, los marinos fenicios creyeron haber visto el sol de mediodía al
norte del cenit, al cruzar por el extremo sur de África. Heródoto dice que esto
es imposible, ya que en todas las regiones conocidas del mundo, es sol queda al
sur del cenit al mediodía.
El desconocimiento de Heródoto de la forma de la Tierra lo
condujo a conclusiones erróneas. Está claro que en la zona templada
septentrional el sol de mediodía se halla siempre al sur del cenit. Sin
embargo, en la zona templada meridional el sol está siempre al norte del cenit.
En verdad, la extremidad meridional de África se halla en la
zona templada del sur.
El hecho de que los marinos fenicios informasen sobre la
posición norte del sol de mediodía, lo que es algo que parecía poco probable a
la luz del "sentido común", es una prueba evidente de que habían
presenciado el fenómeno realmente, y de que, por consiguiente, habían
circunnavegado África. En otras palabras, no es probable que hubiesen contado
una mentira tan burda si no hubiese sido verdad.
Con todo, la circunnavegación, si bien tuvo éxito como
aventura, fue un fracaso en cuanto a proporcionar información sobre las
posibilidades de nuevas rutas comerciales.
La duración del viaje fue demasiado larga. Por cierto, hasta
dos mil años después no fue posible llevar a cabo el viaje alrededor de África.
Los judíos
Nabucodonosor continuó siendo una amenaza para Egipto a lo
largo de sus cuarenta y cuatro años de reinado. Sin embargo, después de
Karkemish, Egipto no osó aventurarse al exterior para enfrentarse a él. En
cambio, Necao y sus sucesores inmediatos prosiguieron la política de los
faraones nubios contra Asiria. Con dinero y palabras alentaron a las naciones
subordinadas de la costa mediterránea a mantener constantes intrigas y
rebeliones con el fin de desestabilizar a los temidos caldeos.
Una política como ésta, un siglo antes, había permitido a
Egipto mantenerse libre por un tiempo, pero había costado la existencia a Siria
e Israel. Judá, que había sobrevivido al imperio asirio, no había extraído la
lección de la suerte corrida por sus vecinos septentrionales. Al preferir el
débil Egipto a la poderosa Caldea, estaba dispuesta a hacer el juego a Egipto y
a enfrentarse a los caldeos, confiando en las débiles promesas de ayuda
egipcias.
En el 598 a. C. Judá rehusó rendir tributo a Nabucodonosor,
y Jerusalén fue asediada; tuvo que capitular, y cierto número de sus hombres
más importantes, incluido el propio rey, fueron trasladados a Babilonia, al
exilio.
Con todo, durante el reinado de un nuevo monarca, siguió
jugándose el mismo juego, pese a las elocuentes llamadas de atención del
profeta Jeremías, que solicitaba a la nación que se negase a escuchar a Egipto,
pidiendo, en cambio, que se llegase a un entendimiento con los caldeos. Una
década después Judá volvió a rebelarse, y esta vez Nabucodonosor tomó
Jerusalén, destruyó el templo y llevó consigo al cautiverio a casi toda la
aristocracia. El reino judío llegó a su fin y lo mismo le sucedió a la dinastía
de David.
Ni siquiera entonces Nabucodonosor tuvo las manos libres
para volverse contra Egipto. La ciudad fenicia de Tiro seguía resistiéndosele,
por lo que estimó que no era conveniente marchar hacia el sur mientras esta
poderosa ciudad continuase siendo un enemigo a sus espaldas.
El profeta judío Ezequiel, desde su exilio de Babilonia,
predicaba confiadamente que Tiro sería destruida y que Egipto sería entonces
arrasado de un extremo a otro (sus palabras están en la Biblia), pero las
predicciones del profeta no se hicieron realidad.
Tiro, construida sobre una isla rocosa, a cierta distancia
de la costa fenicia, con una poderosa flota que suministraba alimentos, y una
población capaz de luchar con la testarudez característica de las poblaciones
semíticas, mantuvo a raya a Nabucodonosor durante trece años. Del 585 al 573 a.
C. Nabucodonosor se aferró a la garganta de la ciudad, con su propia testarudez
semítica, y aun así no pudo provocar el estrangulamiento final. Con el tiempo,
el asunto terminó por aburrimiento, con un acuerdo de compromiso, por el que
Tiro daba por terminada su política anticaldea, pero conservaba su autogobierno.
Nabucodonosor se había hartado de tanta guerra.
No tenemos muchos informes referentes a la segunda mitad de
su reinado, pero existen indicios de que intentó llevar a cabo una invasión de
Egipto; pero si lo hizo, debió fracasar. La política de Egipto había tenido
éxito de momento en su intento de salvaguardar su independencia, aunque a un
alto precio para sus aliados.
Necao murió en el 595 a. C., mientras aún existía Jerusalén.
Le sucedió su hijo Psamético II. El conflicto entre Nabucodonosor y Judá
permitió que Psamético dirigiera su atención, al menos en parte, en otras
direcciones: hacia el sur. En Napata gobernaban todavía los reyes nubios, y
siempre podía suceder que recordasen que sus antepasados habían gobernado
Egipto un siglo antes, y sintieran la necesidad de volver a hacerlo. Era también
una cuestión de orgullo para los egipcios: era necesario castigar a los nubios
por su presunción.
Así pues, Psamético envió al sur a un ejército que penetró
en el interior de Nubia tras una afortunada expedición, que incluso pudo haber
alcanzado Napata. Sin embargo, no se hizo ningún intento para permanecer en el
país. El Egipto de la XXVI Dinastía no era el Egipto del Imperio Nuevo. Con la
invasión se daba por satisfecho, y los monarcas nubios, tras haber asimilado
cierta dosis de humildad, podían ser dejados en paz.
Esta expedición nos es más conocida hoy debido a un singular
acontecimiento humano que tuvo lugar durante el retorno. El ejército
expedicionario egipcio contaba entre sus filas a cierto número de mercenario
griegos. De vuelta el ejército con estos mercenarios, acamparon, al parecer,
durante un tiempo, en las proximidades de Abú Simbel, donde seis siglos y medio
antes Ramsés II había erigido su elaborado templo dedicado a sí mismo y al
dios-sol (en este orden de importancia, estoy seguro), junto a las cuatro
estatuas sedentes.
Los griegos no tenían el respeto temeroso de los egipcios
ante esos monumentos del pasado, y algunos de ellos grabaron sus nombres aquí y
allá en los pilares, en escritura griega antigua. Los arqueólogos modernos
están fascinados por la luz que esto arroja sobre el desarrollo del alfabeto
griego; y a los hombres en general les tiene que encantar este testimonio de
que cierta puerilidad une a todos los hombres, del pasado y del presente.
Psamético II tomó también prudentes medidas contra todo
intento nubio de ejercer represalias. La Primera Catarata planteaba
dificultades, aunque no insalvables.
Por consiguiente, Psamético estableció una guarnición
permanente en la isla de Elefantina, isla del río Nilo que se encuentra río
abajo inmediatamente después de la catarata. Esto sirvió como línea defensiva
del sur de Egipto.
La guarnición de Elefantina estaba compuesta
fundamentalmente de mercenarios judíos. Los reveses sufridos por Judá frente a
Nabucodonosor provocaron una constante lluvia de refugiados judíos sobre
Egipto. Eran rudos y combatientes, y Psamético los contrató de buena gana.
En 1903 se descubrió en Elefantina un escondrijo repleto de
documentos y, con ellos, gran cantidad de interesante información sobre el
desarrollo del modo de vida judío durante los dos siglos posteriores al
establecimiento de la guarnición. En Judá, los descendientes de los hombres
llevados al cautiverio de Babilonia habían ido regresando poco a poco, a partir
del año 538 a. C. En el 516 se construyó un nuevo templo. Los judíos de
Elefantina, en cambio, estaban apartados de estos acontecimientos. El judaísmo
se había desarrollado hasta adoptar su forma moderna durante el exilio de
Babilonia, y fue en el nuevo templo donde arraigó esta forma y se convirtió en
una ortodoxia elaborada.
Los judíos de Elefantina, alejados de todo esto, tenían sus
propios rituales tradicionales, creando una herejía insólita, desdeñosamente
ignorada por los sumos sacerdotes del Templo de Jerusalén.
A Psamético II le sucedió su hijo Haibria en el 589 antes de
Cristo (al que se refiere la Biblia con el nombre de faraón Hofra). Era Haibria
quien gobernaba cuando Jerusalén cayó y fue destruida. Este faraón recibió a
cierto número de judíos que formaron el núcleo de una población de judíos
egipcios que, a lo largo de los seis siglos siguientes, serían un elemento
importante en la vida egipcia y, naturalmente, de la vida judía.
El asedio de Tiro por parte de Nabucodonosor se prolongó
durante casi todo el reinado de Haibria. Este trató de ayudar a Tiro, pero su
intento sirvió de poco. No obstante, Egipto pudo centrar libremente su atención
hacia otros asuntos, dejando a los tirios la tarea de mantener alejado de Egipto
al lado caldeo.
Haibria continuó y amplió la política de los primeros
faraones de la dinastía, en lo que se refiere a la utilización de mercenarios
griegos. Por primera vez en la historia de Egipto, se hicieron intentos de
crear algo así como una marina nacional. Haibria utilizó barcos tripulados por
los expertos marinos griegos, y con ellos ocupó la isla de Chipre, a unas 250
milla al norte del Delta. Esto no se debió tan sólo a un acto de vanagloria;
una posición fuerte en esta isla, respaldada por una flota eficaz, le permitía
sacar ventaja a Nabucodonosor aunque Tiro cayese, y aun en el caso de que la
ciudad cayese, mantener a salvo a Egipto.
Haibria creyó oportuno también guardarse la retaguardia en
prevención de cualquier acción decidida que viniese de parte de los caldeos. La
colonia griega de Cirene se estaba expandiendo a costa de las tribus libias y
éstas llamaron al faraón para que las protegiera. Haibria no podía tener en el
oeste a tribus inquietas, vengativas y dispuestas a saltar contra él cuando sus
ejércitos estuviesen ocupados en el este contra los caldeos. Por ello, decidió
enviar a un ejército contra Cirene y enseñarle buenas maneras.
Pero aquí se enfrentó a un dilema. El núcleo de sus fuerzas
armadas estaba compuesto por mercenarios griegos, y en verdad habría sido
temerario por su parte hacerlos marchar contra una ciudad griega. En teoría,
los mercenarios luchaban contra cualquiera a cambio de una paga, pero la teoría
no siempre coincidía con la práctica.
Haibria temía que en algún momento culminante parte de sus
fuerzas mercenarias se pasasen de improviso al enemigo, uniéndose así a sus
colegas griegos.
Por ello dejó a los griegos en el país y mandó contra Cirene
solamente a contingentes egipcios.
Pero los egipcios no estaban demasiado entusiasmados con la
idea de luchar contra los temidos griegos. Indiscutiblemente, durante muchos
años, había habido una notable hostilidad por parte de los egipcios contra los
odiados extranjeros, y los egipcios que formaban parte del ejército debían de
sentirse particularmente doloridos por el especial favoritismo demostrado hacia
los griegos. Debieron de creer que los extranjeros obtenían todo los altos
cargos y que se les tributaban todos los honores. (El hecho de que en la lucha
soportasen el mayor peso parece habérsele escapado a los críticos).
Fue fácil, pues, para oradores nacionalistas egipcios
arengar al ejército reclutado para Cirene, diciéndoles que Haibria estaba
tratando simplemente de librarse de sus soldados egipcios, empujándolos a
pelear contra los griegos de aquella ciudad para ser masacrados, y que tras
esto el faraón seguiría adelante sólo con los griegos.
El ejército se rebeló y Haibria tuvo que enviar a uno de sus
oficiales, Ahmés, egipcio nativo popular entre los soldados, para que apaciguase
a los hombres. Pero Ahmés era realmente demasiado popular entre los soldados,
que exigieron que se convirtiera en su nuevo faraón.
Ahmés consideró la propuesta y decidió que no debía de ser
tan malo ser faraón, por lo que se colocó a la cabeza de los rebeldes. Con gran
entusiasmo volvieron sobre sus pasos y marcharon sobre el Delta, y en su
excitación se las compusieron para derrotar a un contingente de mercenarios
griegos (sin duda mucho menos numeroso que el ejército egipcio), que el
infortunado Haibria había enviado contra ellos.
Haibria fue ejecutado y en el 570 a. C. Ahmés fue reconocido
como faraón de Egipto. Casó con una hija de Psamético II (hermana o hermanastra
del supuesto Haibria), legitimando su gobierno y dando lugar a que fuese incluido
por Manetón en la Dinastía XXVI.
A este faraón se le conoce mejor por la versión que de su
nombre dieron los griegos: Amasis.
9. El Egipto persa
Los persas
Aunque Amasis debía su trono a una reacción antigriega, no
podía volverse de espaldas a la realidad. Tenía que utilizar a mercenarios
griegos, y los utilizó. Tenía que servirse de comerciantes griegos, e impulsó
el crecimiento de Naucratis, convirtiéndola, de poco más que un campamento
comercial, en una ciudad en el pleno sentido de la palabra. Necesitó la
seguridad que le proporcionarían las alianzas con los griegos, y las acabó
firmando.
En particular, se alió con la isla de Samos, en el mar Egeo,
junto a la costa del Asia Menor. La isla era pequeña, pero en los últimos años
del reinado de Amasis se dotó de una gran flota. Amasis, que aún controlaba
Chipre, pudo utilizar, por su parte, la flota de Samos. De hecho, se casó
incluso con una mujer griega de la ciudad de Cirene.
Todas estas atenciones hacia los griegos tuvieron que ver
con la amenaza que provenía del este —aunque en los primeros años del reinado
de Amasis la amenaza parecía haber perdido intensidad—. Ese fastidioso viejo de
Nabucodonosor murió finalmente en el 561 a. C., y sus sucesores fueron débiles,
pacíficos o ambas cosas a la vez.
Durante un cuarto de siglo Caldea no representó en absoluto
un problema par a Egipto; en realidad, fue un cómodo vecino.
No hay nada más seguro que un vecino en declive, y toda una
nación que considere importante su propio interés trata en el fondo de preservar
la integridad de ese vecino. Necao había tratado de apuntalar a la moribunda
Asiría, y ahora Amasis trató de rendir el mismo servicio a la moribunda Caldea.
Caldea se moría, sin ninguna duda, apenas medio siglo
después de haber alcanzado la gloria y el poderío. En tiempos de la caída de
Asiría dos conquistadores, Caldea y Media, se habían repartido el botín. Caldea
había ocupado el rico valle del Tigris-Eufrates y todo lo que pudo agarrar
hacia el oeste. Media se había contentado con la franja de territorio más
extensa pero menos desarrollada, y mucho más pobre, que estaba situada al norte
y al este de Caldea. A lo largo de setenta y cinco años Media había tenido un
régimen muy pacífico y no expansionista.
Pero al sur de Media existía una provincia, exactamente al
sureste de Babilonia, que sería conocida por los griegos como Persis, y por
nosotros por Persia. Los persas estaban estrechamente emparentados por lengua y
cultura con los medos.
Hacia el 560 a. C, un jefe persa de ilimitada ambición y
habilidad comenzó a ser conocido. Su nombre era Ciro.
Ciro, evidentemente, tenía puestos los ojos en el trono
medo, y para ello contaba con la ayuda de Nabonido, rey de Caldea, que, sin
duda, deseaba fomentar la guerra civil en su gran vecino septentrional. En el
500 a. C., Ciro marchó contra la capital meda, la ocupó en una sola campaña y
se sentó en el trono del Imperio medo, que desde ahora sería conocido como
Imperio persa.
Nabonido se percató demasiado tarde de que al ayudar a Ciro
había obrado erróneamente. Lo que éste deseaba (y, por lo general, deseaban
todas las naciones en tales circunstancias) era que estallase una prolongada
guerra civil que debilitara a ambos bandos y disminuyese el poderío de la
nación durante generaciones. La rápida victoria de Ciro había sustituido a un
tranquilo y estancado monarca por otro vigoroso y marcial.
Nabonido trató de ayudar a cualquier nación que se ofreciese
a contrarrestar a Ciro; pero era ya demasiado tarde.
En el 547 a. C., Ciro derrotó a los lidios del Asia Menor occidental,
y toda la península fue incorporada a sus dominios, incluidas las ciudades
griegas de la costa.
En el 540 a. C., Ciro se dirigió hacia la propia Caldea. Su
afortunada carrera continuó, y en el curso de un año había ocupado Babilonia y
puesto fin a la breve existencia del Imperio caldeo. Ciro murió en el 530 a.
C., durante la lucha por extender su imperio hacia el interior del Asia
Central. A veces se le llama Ciro el Grande, y es un calificativo merecido,
pues no fue simplemente un conquistador, sino también un hombre humanitario que
trató tolerantemente a aquellos a los que conquistaba.
A la muerte de Ciro, el Imperio persa abarcaba todos los
grandes centros de civilización de Asia occidental y también grandes partes de
las regiones donde habitaban los nómadas. Había erigido, pues el mayor imperio
que el mundo mediterráneo había visto nunca.
Mientras, en Egipto, Amasis había contemplado con horror el
desarrollo de este imperio. El recuerdo de Siria y Caldea se tornaba
insignificante ante este nuevo coloso.
Amasis había hecho todo lo que pudo para impedir su
crecimiento, apoyando uno detrás de otro a todos los enemigos de Ciro, pero
había fracasado siempre. Ahora Egipto se hallaba solo y desamparado en la
trayectoria persa, y Persia (como anteriormente Asiría y Caldea) no estaba
dispuesta a ser clemente con la nación que había intrigado constantemente
contra ella.
Pero la buena estrella de Amasis, que primero lo había
llevado hasta el trono, y luego le había dado un reinado de cuarenta y cuatro
años sobre un Egipto próspero, continuó hasta el final. Cuando Persia ya estaba
lista para el golpe y Egipto temblaba ya frente a lo que le esperaba, Amasis
murió, en el 525 a. C., demasiado pronto como para ver a los persas asestar el
golpe. Su hijo, que heredó el trono y que tomó el nombre de Psamético III, fue
quien tuvo que enfrentarse al peligro.
Cambises, hijo de Ciro, sucedió a su padre en el trono
persa. El nuevo monarca había gobernado ocasionalmente, en Babilonia, cuando su
padre había estado ausente en campaña. En esta ocasión se aprestó a dar el
siguiente paso lógico de la política expansiva persa: una acción definitiva
contra Egipto.
Las fuerzas egipcias se hallaban estacionadas en una
fortaleza en la costa mediterránea, al este del Delta. Se llamaba Per-Amén, o
Per-Amón, es decir, "morada de Amón", pero la conocemos mejor por su
nombre griego posterior, Pelusio, que significa "ciudad de barro". No
lejos de allí había sido donde el ejército asirio de Senaquerib había tenido
que afrontar una resistencia lo suficientemente firme como para verse obligado
a volver sobre sus pasos, pero esto apenas había representado más que una
escaramuza para un ejército que se encontraba muy ocupado en otras partes.
Ahora Pelusio iba a sufrir su primer y verdadero bautismo de
fuego, y ello tuvo desastrosas consecuencias para Egipto. Cambises,
simplemente, arrolló al ejército egipcio, lanzándolo desordenadamente a una
precipitada huida, y ésta fue toda la lucha que hubo. Tras eso, avanzó contra
la atemorizada Menfis, y una vez más Egipto se encontró bajo una dominación
extranjera.
No sabemos mucho sobre la estancia de Cambises en Egipto,
salvo por lo que se refiere a lo que nos cuenta Heródoto, y éste (que visitó
Egipto aproximadamente un siglo después) consiguió su información de un clero
egipcio nacionalista que era amargamente antipersa. Por tanto, su retrato de
Cambises es la imagen groseramente exagerada de un tirano cruel y medio loco
que se complacía en profanar deliberadamente lo que los egipcios consideraban
sagrado, y en burlarse de las costumbres de éstos.
Por ejemplo, mientras Cambises estaba en Egipto, los
egipcios descubrieron un toro que presentaba los requisitos, más bien
exigentes, que los calificaban como Apis, manifestación terrenal del dios
Osiris. Naturalmente, el toro es un símbolo frecuente de fertilidad, y el
hallazgo de Apis significaba la promesa de buenas cosechas y de tiempos felices.
Por tradición, Apis era saludado con gran júbilo y se le tributaban honores divinos.
Cambises (también según Heródoto), al volver de una
expedición desastrosa, halló a los egipcios en fiestas y se imaginó que estaban
celebrando su derrota, por lo que montó en cólera. Al comunicársele que el
júbilo tenía su razón de ser en el hallazgo de Apis, Cambises, con gran
desprecio hacia ese dios, desenvainó su espada e hirió al toro.
A nosotros esto nos parece una atrocidad leve (si pensamos
en las que se cometen en nuestros días), pero para los egipcios representó un
acto mucho más horroroso que el de la propia conquista de su país. Lo más
probable, en realidad, es que esto sea pura leyenda, y que Cambises gobernara
Egipto tan razonablemente como puede esperarse de un dominador.
Cambises no tenía la intención de limitarse a Egipto. Aceptó
la sumisión de los libios del oeste del Nilo, y la de la ciudad griega de
Cirene, que medio siglo antes había resistido el asalto de Haibria. Después
había vuelto sus ojos hacia Nubia, en el sur (y quizá incluso hacia la colonia
fenicia de Cartago, más hacia el oeste). Marchó hacia el sur, penetrando en
Nubia, y saqueó de paso Tebas (como había hecho Asurbanipal siglo y medio
antes). Se las arregló para colocar la mitad septentrional de Nubia bajo
control persa antes de retornar para reponer sus fuerzas y acumular nuevos
pertrechos. (Las fuentes utilizadas por Heródoto, que eran hostiles a los
persas, transformaron esto en la desastrosa derrota que dio lugar a la
atrocidad cometida contra Apis).
No hay duda de que Cambises habría proseguido su victoriosa
carrera, pero en su país estalló una disputa dinástica. Un impostor, que decía
ser el hijo mayor de Ciro, se autoproclamó rey. Cambises volvió
precipitadamente para enfrentarse a él, pero murió en el camino. (El
desfavorable relato de Heródoto insinúa que pudo haberse suicidado tras haberse
vuelto loco por influencia de los dioses, ofendidos por su sacrilegio).
Los monarcas de Persia se cuentan entre las dinastías
egipcias como la XXVII, y esta vez la dinastía era verdaderamente extranjera.
No era como las dinastías libia y nubia, que fueron egipcias en todo excepto en
su origen; o como la de los hicsos, que se egiptizaron. Ni era como los
asirios, que estuvieron presentes sólo breve y efímeramente.
¡No! La Dinastía XXVII fue realmente extranjera, y gobernó
con mano dura.
Los atenienses
No hay duda de que la dominación persa resultó beneficiosa
por varios conceptos.
Así, una vez pasados los pocos meses de confusión que
siguieron a la muerte de Cambises, un miembro de la familia real, Darío, se
hizo con el control. Darío I gobernó durante treinta y cinco años (del 521 al
486 a. C.) y sin duda alguna fue el más capacitado de los reyes persas, por lo
que a veces se le ha llamado Darío el Grande.
Este rey reorganizó su inmenso imperio, conduciéndolo hasta
altas cotas de eficacia, y gobernó bien Egipto. Se las arregló para terminar el
canal del Nilo al mar Rojo, que Necao había dejado inacabado, y el comercio
egipcio floreció. De hecho, Egipto, bajo el dominio de Darío conservó sus
antiguos modos de vida, fue tan próspero como nunca lo había sido bajo Ahmés, y
el tributo que pagaba a los persas no era excesivamente opresivo. ¿De qué se
quejaban los egipcios entonces?
Sin embargo, con tres mil años de historia a sus espaldas,
los egipcios protestaban bajo un régimen extranjero, quizá por la única razón
de que era extranjero. Así pues, esperaban su oportunidad. Antes o después,
Persia acabaría estando ocupada en algún rincón de sus amplios dominios, y
entonces podía llegar la hora.
El propio Darío coadyuvó a que estos deseos se cumplieran,
al no ser capaz de resistirse a emprender nuevas conquistas de países
extranjeros, con el fin de igualar las hazañas de sus predecesores. En el 515
a. C. cruzó el mar hasta Europa, conquistando y anexionándose regiones al norte
de Grecia, subiendo río arriba por el Danubio.
Las ciudades independientes de Grecia se alarmaron mucho y,
como autodefensa, se aprestaron a ayudar a todo movimiento que pudiese
entorpecer o debilitar a Persia. En el 499 a. C, cuando algunas de las ciudades
griegas del Asia Menor, que habían estado bajo dominio persa durante medio
siglo, se rebelaron, las ciudades-Estado independientes de Grecia enviaron
barcos a ayudarlas. El irritado Darío pudo dominar la revuelta, y determinó,
además, castigar a Atenas por su injerencia, sin que mediase provocación alguna,
en los asuntos internos persas.
En el 490 a. C., Darío envió una fuerza expedicionaria persa
relativamente pequeña contra Atenas, donde, ante la sorpresa del mundo, fue
derrotado por un ejército de atenienses incluso menor que el suyo, en la
batalla de Maratón. Darío, más furioso aún, comenzó a planear una expedición de
mayor envergadura.
Los egipcios habían estado observando cuidadosamente el
curso de los acontecimientos. Las ciudades griegas del Asia Menor habían osado
rebelarse contra el coloso persa. Ciertamente, habían sido aplastadas, pero
posteriormente los atenienses habían resistido también a los persas y habían
resultado victoriosos. Sin duda, las energías persas se consumirían
completamente en vengar este insulto; y en cualquier caso, Darío era demasiado
viejo y estaba demasiado enfermo como para multiplicarse en otras direcciones.
Era la oportunidad esperada por Egipto.
De ahí que Egipto se rebelara como consecuencia de la
batalla de Maratón; y al principio todo fue bien. En el 486 a. C. murió Darío,
y había muchas razones para pensar que en la confusión de los primeros años de
reinado del nuevo rey podría obtenerse de nuevo la independencia de Egipto.
El trono persa fue ocupado por Jerjes, hijo de Darío, que se
vio enfrentado sin más con Atenas y con Egipto. Tenía que elegir. Había
heredado de su padre los grandiosos deseos de venganza contra Atenas, pero
Atenas era una pequeña ciudad, mientras que Egipto era una provincia grande,
próspera y populosa. No había duda de que era más acertado ocuparse antes de
Egipto.
Así pues, los planes de invasión de Grecia se suspendieron,
y todo el poderío persa se volcó contra el infortunado Egipto, que fue
derrotado y sometido de nuevo; pero esto llevó tres años a los persas, lo que
significó una prolongada demora de los planes de Jerjes para invadir Grecia. La
tregua de tres años fue bien aprovechada por los atenienses, que mejoraron y
ampliaron notablemente su flota. Y fue esta flota la que permitió a los griegos
derrotar a los persas en Salamina, en el 480 a. C, y romper el espinazo a los invasores.
El mundo actual, que hace derivar gran parte de su cultura
de la antigua Grecia, encuentra en la victoria de la débil Grecia sobre la
gigantesca Persia la repetición de una de esas maravillosas historias, de la que
nunca nos cansaremos, en que los protagonistas son David y Goliat. La sorpresa
y satisfacción que provocó la salvación de Grecia ha perdurado de generación en
generación a lo largo de veinticinco siglos, pero aun así, y sin restarle
mérito a la hazaña griega, es justo que puntualicemos que sin la desafortunada revuelta
egipcia, la victoria griega no habría tenido lugar.
Egipto, que en varias ocasiones había empujado a sus
pequeños vecinos a sacrificarse por el interés egipcio, en esta ocasión (por
supuesto contra su voluntad y sin intención) se sacrificó por la causa griega.
Nunca en su historia, quizá, prestó un servicio tan grande al género humano.
Pero con el sojuzgamiento de la rebelión, Egipto tampoco fue
pacificado. Su pueblo, incitado por los sacerdotes, siempre estuvo presto a
rebelarse. El momento crucial podría llegar con el fin del reinado persa, pues
entonces existiría la posibilidad de que una reñida sucesión y una guerra civil
no dejase tiempo a Persia para atender rebeliones lejanas. O, mejor aún, tal
vez el nuevo monarca fuese un hombre débil sin interés por largas y fatigosas
campañas para hacer volver al redil a las provincias lejanas.
Así pues, la muerte de Jerjes en el 464 a. C. marcó la señal
para una nueva rebelión. Los elementos dirigentes fueron esta vez las tribus
nómadas del desierto libio, que seguía siendo relativamente libres aunque
estuviesen nominalmente bajo dominio persa. Uno de sus líderes, Inaros, llevó a
sus fuerzas al Delta, donde se le unieron, de buen grado, multitud de egipcios.
El virrey persa, hermano del difunto Jerjes, fue muerto durante una dura
batalla, y Egipto pareció alcanzar de nuevo la independencia.
La posición egipcia parecía tanto más segura cuanto que
Persia no carecía de problemas. Atenas, desde los días de Salamina, había
mantenido una guerra continua contra Persia, lanzando constantes picotazos
contra los límites del imperio. Tales acciones de los atenieneses no ponían en
peligro, naturalmente, el núcleo del poder persa, pero mantenían a los persas
demasiado ocupados como para emplear a todas sus fuerzas contra Egipto.
Además, a las primeras noticias de una revuelta egipcia, los
barcos atenienses vinieron en ayuda de los rebeldes, desembarcando una fuerza
expedicionaria.
Sin embargo, por desgracia para Egipto, el nuevo monarca
persa resultó no ser un hombre débil. Se trató de Artajerjes I, hijo de Jerjes.
Este envió una poderosa fuerza contra Egipto, que logró someter a los rebeldes,
confinándolos a una isla del Delta. Aquí los rebeldes resultaron inexpugnables
mientras los barcos atenieneses estuvieron con ellos, pero Artajerjes se las
arregló para desviar el brazo de Nilo en el que se encontraba la isla, dejando
a las barcas varadas e inutilizables. Acabaron siendo destruidos. Un segundo contingente
de navíos atenienses resultó destruido en un cincuenta por ciento antes de que alcanzara
el escenario de la lucha.
La rebelión fue dominada en el 455 a. C., la mayor parte de
las fuerzas griegas fue aniquilada e Inaros capturado y ejecutado.
Todo este asunto representó un desastre de gran magnitud
para Atenas, pero apenas se lo ha mencionado en la historia, en parte porque
aconteció en plena "Edad de Oro" ateniense (en cierto sentido, la más
importante de las "edades de oro" que el mundo haya visto nunca), y
los sombríos colores de la derrota de Egipto se han diluido en la gloria de lo
que estaba aconteciendo en una ciudad que estaba edificando el Partenón, escribiendo
las tragedias más importantes del mundo, esculpiendo sus mejores estatuas y creando
su más grande filosofía.
Con todo, la derrota ateniense trastocó su política
exterior, desanimó a sus amigos, alentó a sus enemigos y ayudó a preparar el
terreno para el desastre que habría de sepultarla medio siglo más tarde. Si la
primera revuelta egipcia contra los persas había salvado a Atenas, la segunda
contribuyó a arruinarla.
El último nativo
Egipto esperó de nuevo. Dos nuevos reyes persas surgieron y
desaparecieron. Y, en el 404 a. C, el segundo de ellos, Darío II, murió. Esta
vez se planteó una reñida sucesión. El hijo menor de Darío dirigió un ejército,
compuesto de gran parte por mercenarios griegos, contra su hermano mayor. Pero
el hermano mayor venció, llegando a gobernar con el nombre de Artajerjes II. Y
mientras esto ocurría, Egipto tuvo tiempo de rebelarse, y esta vez con éxito,
alcanzando una vez más una precaria independencia.
La independencia se prolongó durante sesenta años, en gran
medida gracias a la ayuda griega. Como consecuencia de esto, los mercenarios
griegos fueron particularmente numerosos en esta época, debido a que dos
ciudades griegas, Atenas y Esparta, habían librado una terrible guerra, entre
el 431 y el 404 a. C., en la que, finalmente, Esparta había resultado
vencedora, estableciendo brevemente su supremacía sobre Grecia. El fin de la
guerra había dejado sin empleo a gran número de soldados que no tenían gran
cosa que hacer en una Grecia agotada y asolada por la larga contienda. Por consiguiente,
se alquilaban de buen grado a egipcios o a persas.
En este último período de independencia gobernaron
brevemente Egipto tres dinastías nativas. Fueron las Dinastías XXVIII, XXIX y
XXX. Todas ellas esperaban un momento crucial, en el que Persia se sintiera lo
bastante fuerte como para volver contra Egipto. Hacia el 379 a. C., cuando la
Dinastía XXX llegó al poder, la invasión persa parecía inminente.
El primer rey de la Dinastía XXX fue Nectanebo I, que
inmediatamente procedió a reforzar su posición obteniendo lo mejor que pudo
encontrar en cuestión de mercenarios griegos. Contrató a Cabrias, general
ateniense que contaba con un alentador currículum de victorias. Cabrias aceptó
el cargo sin permiso de Atenas (que, por aquel entonces, no deseaba ofender a
Persia). Reorganizó el ejército egipcio y lo instruyó en las tácticas modernas,
convirtiendo al Delta en un campamento poderosamente defendido. Mientras tanto,
los persas estaban reuniendo sus fuerzas en las fronteras.
Artajerjes vaciló, antes de atacar, al tener frente a él a
Cabrias. Por lo que presionó con éxito sobre Atenas para que llamase al
general. Cabrias fue obligado a abandonar Egipto, pero había hecho un buen
trabajo. Cuando los persas atacaron se encontraron con tan firme resistencia
que hubieron de retirarse, dejando libre a Egipto, Nectanebo I murió en el 360
a. C. siendo gobernante de una nación independiente y bastante próspera.
A Nectanebo le sucedió Teos, que tuvo que enfrentarse
todavía al problema persa.
Por aquel entonces, empero, la situación en Grecia había
variado sorprendentemente.
Esparta había sido derrotada por la ciudad griega de Tebas,
y tras algunos siglos de hazañas militares, había sido reducida a la
impotencia. En ese momento uno de sus dos reyes era Agesilao, uno de los
mejores generales de la Grecia de entonces; con todo, no pudo salvar a Esparta.
Tan desesperada era la situación de Esparta, que Agesilao, que en su juventud
había dominado a Grecia y que incluso había dirigido una fuerza expedicionaria
al Asia Menor para luchar, victoriosamente, contra el Imperio persa, se vio
obligado a vender su talento, en un esfuerzo por obtener dinero con el que
continuar luchando en defensa de la derrotada Esparta.
El orgulloso rey espartano se vio constreñido a servir como
mercenario a cambio de una paga. Contratado por Teos, desembarcó en Egipto con
un contingente de espartanos. Pero Teos se llevó un desengaño ante la presencia
de este anciano (por aquel entonces Agesilao contaba unos ochenta años)
marchito, débil y cojo. Teos se negó a ceder al viejo héroe el control total de
las fuerzas armadas egipcias, y le obligó a mandar tan sólo a los mercenarios.
Entre tanto Cabrias había vuelto y se había puesto al frente de la flota
egipcia.
Teos se sentía ahora suficiente fuerte como para tomar la
ofensiva contra Persia, que estaba decayendo progresivamente. En varias
ocasiones tropas griegas se habían internado a su gusto en el país, y
Artajerjes II, que estaba llegando al final de un reinado de cerca de medio
siglo, estaba envejecido y se había tornado indeciso. El gigante, al parecer,
se tambaleaba.
Así pues, las fuerzas egipcias penetraron en Siria. Pero
había demasiados cocineros para un solo pastel. Pronto estalló la disensión
entre atenienses, espartanos y egipcios, y el proyecto abortó. Además, por si
fuera poco, uno de los parientes de Teos reclamó el trono, y cuando Teos ordenó
a Agesilao que lo liquidase, el anciano espartano se negó acremente: él había
venido a luchar contra los enemigos de Egipto, no contra los egipcios.
Teos se vio obligado a huir junto a los persas, y el nuevo
pretendiente ocupó el trono de Egipto con el nombre de Nectanebo II. Agesilao
había tenido ya bastante y decidió volver a Esparta, pero murió en Cirene en el
viaje de regreso.
En el 358 a. C. Artajerjes II murió por fin; heredó el trono
su hijo Artajerjes III, con el que Persia mostró un vigor inesperado.
Artajerjes III preparó su primer ataque contra Egipto en el
351 a. C., pero fue rechazado por los egipcios gracias también a su vanguardia
compuesta por mercenarios griegos. Durante tres siglos los egipcios había
utilizado a los griegos contra sus enemigos, pero esta era la última vez que
iban a hacerlo con tanto éxito (cuando los griegos volvieron, lo hicieron como
amos, no como servidores).
El monarca persa tuvo que posponer su segundo ataque a causa
de las revueltas de Siria y de las continuas incursiones de los piratas
griegos. Le costó mucho reprimir a los revoltosos y restablecer la paz. En el
340 a. C. marchó contra Egipto de nuevo, esta vez encabezando él mismo el
ejército.
En gran parte, se trató de una lucha de griegos contra
griegos, pues hubo mercenarios por ambos lados. Tras una dura batalla, los
griegos del lado persa resultaron vencedores sobre los griegos del lado
egipcio, en la batalla de Pelusio. Cerca de dos siglos antes los persas
mandados por Cambises habían ocupado todo Egipto tras una única batalla en ese
mismo lugar, y ahora los persas dirigidos por Artajerjes III habían hecho lo mismo.
Una vez penetrada la dura corteza de Pelusio no había nada detrás de ella que pudiese
detener a los persas con eficacia.
Nectanebo II huyó a Napata, para acogerse a Nubia. Tuvo el
triste honor de ser el último gobernante autóctono de todo Egipto, terminando
con él una historia que había comenzado con Menes unos tres mil años antes.
Manetón, que escribió medio siglo después, finaliza la
enumeración de las dinastías con Nectanebo II. Sin embargo, nosotros
continuaremos.
Los macedonios
Artajerjes III restableció en Egipto el dominio persa, con
gran crueldad. Pero tampoco Persia iba a durar mucho. Y en Grecia iban a tener
lugar grandes y sorprendentes acontecimientos.
A lo largo de siglos las ciudades griegas habían luchado
entre sí, y hacia el 350 a. C. aproximadamente la lucha había quedado en
tablas. Ninguna ciudad era capaz de dominar a las restantes. Atenas, Esparta y
Tebas lo habían intentado, en ese orden, pero habían fracasado completamente.
Algunos griegos comenzaban a pensar que las distintas
ciudades se estaban arruinando mutuamente, y que sólo una guerra exterior —sólo
una guerra combatida unitariamente, una "guerra santa"— contra el
enemigo común, Persia, podía salvarlas.
Si esto era así, por fin, ¿quién iba a dirigir la cruzada?
Por supuesto, el vencedor de la contienda entre las ciudades, pero no había tal
vencedor, y parecía que nunca iba a haberlo.
Y no lo había, al menos entre las ciudades-Estado.
En el norte el Grecia, sin embargo, estaba Macedonia, pero
los griegos lo despreciaban, por considerarlo semibárbaro. Es cierto que había
tenido escasa importancia en los primeros tiempos de la historia griega.
Durante el prolongado período en que las ciudades griegas lucharon contra
Persia y derrotaron a sus ejércitos, Macedonia había permanecido bajo dominio
persa e incluso había combatido del lado persa.
Sin embargo, en el 356 a. C., cuando Egipto daba sus últimas
boqueadas como país independiente, accedió al trono de Macedonia un hombre poco
frecuente. Este hombre, Filipo II, reorganizó el ejército macedonio e introdujo
la "falange", cuerpo dispuesto en orden cerrado formado por soldados
armados con equipo pesado, que habían sido instruidos, gracias a un
entrenamiento continuo, a manejar a la perfección largas lanzas, por lo que
cada agrupación parecía un puerco espín en movimiento.
Poco a poco, por medio de sobornos, mentiras, y acciones
militares cuando éstos fallaban, Filipo se hizo con el control del norte de
Grecia. En el 338 a. C., en una batalla decisiva en Queronea, junto a la ciudad
griega de Tebas, derrotó a los ejércitos aliados de Tebas y Atenas, obteniendo
el dominio sobre toda Grecia.
Ahora podía iniciarse la gran guerra santa contra Persia,
pues el líder esperado había surgido ya. Filipo II fue elegido para esta tarea
por las sometidas ciudades griegas.
Pero en el 336 a. C., precisamente cuando iba a dar comienzo
a la invasión, y cuando los primeros contingentes estaban cruzando el mar hacia
Asia Menor, Filipo fue asesinado, como consecuencia de disturbios internos.
Por un momento, todo el proyecto se tambaleó, entonces tomó
cartas en el asunto el hijo de Filipo, Alejandro III, que tenía veinte años.
Las tribus y ciudades dominadas por Filipo consideraron que el advenimiento de
un sucesor de veinte años era una señal suficiente para rebelarse, pero no
pudieron haber cometido mayor error, pues acertaríamos en suponer que Alejandro
III fue, en algunos aspectos, el menos corriente de los hombres. Por una parte,
nunca perdió una batalla, incluso bajo las más arduas y desmoralizantes
condiciones; y por otra, parecía no necesitar más que un momento para tomar
decisiones (decisiones correctas, si juzgamos por los resultados). Llegó a
mandar sobre algunos entre los mejores generales jamás reunidos antes en un
solo ejército, y no tuvo dificultades en dominarlos a todos (en esto último
sólo es comparable a Napoleón).
En los comienzos de su reinado Alejandro marchó rápidamente
contra las tribus en rebelión, acabó con ellos de un certero golpe, arremetió
luego, en el sur, contra Grecia, donde inmediatamente tomó el control de las
ciudades. En el 334 a. C. dejó Grecia y se volvió hacia Asia.
Entre tanto, Artajerjes III de Persia había muerto en el 338
a. C. y, después de un período de disturbios, un amable alfeñique fue a parar
al trono, en el 336; éste fue Darío III. Nadie podía hacer frente con éxito a
Alejandro (pronto conocido por Alejandro Magno, y de todos los monarcas
denominados el "Grande", Alejandro fue el único que lo fue más allá
de toda discusión), pero Darío III no pudo ni siquiera intentarlo.
Las avanzadas persas, que se habían confiado excesivamente,
fueron derrotadas inmediatamente en el río Granico, en el Asia Menor
noroccidental.
Alejandro bajó por la costa del Asia Menor, penetrando luego
hacia el interior, derrotando al grueso del ejército persa (muy superior en
número al suyo, pero no en la calidad de las tácticas o de los mandos) en Issos,
ciudad situada en la esquina noroccidental del Mediterráneo.
Luego bajó a lo largo de la costa siria, deteniéndose sólo
para reducir a Tiro, tras un asedio de nueve meses (quizá el más duro
enfrentamiento de su carrera, pero sin importancia en comparación con los trece
años que empleó Nabucodonosor).
En el 332 a. C., Alejandro estaba en Pelusio, pero los
egipcios no combatieron contra él en este lugar, como habían hecho
(infructuosamente) contra Senaquerib, Cambises y Artajerjes III. Sólo hacía
nueve años que Persia había derrotado a Nectanebo II y había bañado en sangre a
Egipto, y el recuerdo de la derrota estaba aún fresco.
Alejandro fue acogido por unos egipcios transportados por la
alegría de la liberación. En realidad, parece que los egipcios intentaron un
acercamiento a Alejandro cuando éste estaba aún en Issos, implorándole que
salvase a su país.
Alejandro tuvo gran cuidado en no hacer nada que estropease
esta primera impresión favorable. Se doblegó a las costumbres egipcias y
realizó los sacrificios necesarios a los dioses, según los ritos locales.
Trataba de que no lo considerasen un conquistador, sino un faraón egipcio.
Para facilitar el cumplimiento de este propósito, viajó
hasta el oasis de Siwa, en Libia, a unas 300 millas a occidente del Nilo, donde
existía un templo de Amón, muy venerado. Allí efectuó los ritos necesarios para
su consagración como faraón, e incluso aceptó ser hijo divino de Amón, según la
costumbre egipcia.
Esto suele interpretarse con frecuencia como un indicio de
la megalomanía de Alejandro, de sus aspiraciones a la divinidad, pero como los
egipcios no habrían aceptado a un faraón que no fuese a la vez dios, Alejandro
no tenía otra elección razonable. No obstante, sentó un precedente, y los
monarcas posteriores, seis siglos y medio después, cuando el mundo mediterráneo
se convirtió al cristianismo, insistían, por lo general, en ser tratados como
divinidades, aun cuando esto era algo que no estaba en absoluto de acuerdo con
la primitiva tradición griega.
Los griegos equipararon a Amón, principal dios egipcio,
debido a una tradición que databa de la Dinastía XI, diecisiete siglos antes, a
su más importante dios, Zeus. De ahí que el templo de Siwa fuese dedicado a
"Zeus-Amón" ( o a "Júpiter-Amón", según la posterior
versión romana).
Existe una relación especial entre este templo y la química
moderna. El combustible es, como puede suponerse, muy escaso en el desierto, y
los sacerdotes de Siwa utilizaban estiércol de camello. El hollín que quedaba
tras la combustión en los muros y techos del templo contenía cristales salinos
blancos que se llamaron, en latín, sal ammoniaca ("sal de Ammón"). De
estos cristales puede obtenerse un gas, y este gas se llamaría más tarde
amoníaco.
¡De esta forma el gran dios de Tebas, al que Ajenatón había
desafiado sin éxito y que Ramsés II había considerado segundo respecto de sí
mismo, sobrevive hoy en el nombre de un gas mordiente, conocido por las amas de
casa principalmente como componente de productos de limpieza!
Era evidente que Alejandro no podía quedarse en Egipto como
faraón, ya que tenía que conquistar todavía el resto de Persia y muchos años de
campaña por delante.
Seleccionó a egipcios nativos para que gobernasen el país en
su ausencia, pero no les entregó poderes económicos (pues el dinero sirve para
financiar rebeliones). Puso el control de las finanzas en manos de un griego de
Naucratis, un tal Cleomenes. Este hombre, con poder para imponer impuestos, fue
el verdadero gobernante del país, aunque para salvar las apariencias ante los
egipcios no tenía título alguno.
Antes de abandonar Egipto, Alejandro examinó un lugar en la
desembocadura del brazo más occidental del Nilo, donde ya había una pequeña
ciudad. Indicó dónde debían construirse los cimientos de un suburbio que
debería alzarse al oeste de la ciudad. La antigua ciudad y el nuevo barrio,
juntos, serían llamados Alejandría en honor de Alejandro. Tras la marcha de
éste en el 331 a. C. Cleomenes se encargó de que se edificase la ciudad.
Alejandro nunca volvería a ella. Fue proyectada por el arquitecto Dinócrates de
Rodas, que la concibió con calles rectas que se cruzaban en ángulo recto.
Alejandro ordenó la construcción de muchas ciudades, casi
todas ellas llamadas Alejandría, pero, con mucho, la más importante de todas
fue la de Egipto. Alejandría se hizo cargo de las funciones comerciales de
Naucratis que, como consecuencia, declinó. Y como la antigua ciudad mercantil
de Tiro había sido destruida, a causa del asedio de Alejandro, Alejandría se
convirtió en el centro comercial del Mediterráneo oriental, creciendo
rápidamente hasta convertirse en una metrópoli que haría las veces de capital de
Egipto. Desde entonces, las antiguas capitales de Menfis y Tebas irían
declinando progresivamente.
10. El Egipto ptolemaico
El primer Ptolomeo
Bajo el gobierno de Cleomenes Egipto prosperó y se apartó
temporalmente del torbellino de los acontecimientos, mientras Alejandro corría
a lo largo y a lo ancho del Imperio persa, venciendo dos grandes batallas e
innumerables batallas menores, y erigiéndose en monarca de todo ello. (Darío
III, el último rey persa, fue asesinado por sus propios hombres en el 330 a.
C).
Alejandro regresó a Babilonia en el 324 a. C. tras sus
expediciones a lejanos confines, y debía de estar haciendo nuevos planes de
conquista en otras direcciones, cuando murió en el 323 a. C.
Cuando murió era todavía un hombre joven de 33 años, y no
dejó tras de sí una sucesión segura. Tenía una madre muy pendenciera, una
esposa persa, un hermanastro deficiente mental y un hijo pequeño póstumo.
Ninguno de ellos contaba para nada.
Según una leyenda, mientras estaba agonizando preguntaron a
Alejandro quién iba a heredar su imperio. Se cree que en su postrer suspiro
logró decir: "El más fuerte".
En realidad, no debió de decir nada de esto, pero sus
generales actuaron como si lo hubiera dicho. Cada uno de ellos tomó una parte y
trató de utilizarla como base para apoderarse de todo el resto. Los más
importantes generales, desde el punto de vista de este libro, fueron Ptolomeo,
Seleuco y Antígono. Este último fue ayudado valiosamente por su hijo Demetrio.
Ptolomeo (o, según la forma griega, Ptolemáios) era hijo de
un noble macedonio, aunque existían rumores que lo hacían hijo ilegítimo de
Filipo y, por consiguiente, hermanastro de Alejandro. (Este rumor pudo haber
sido difundido deliberadamente por el propio Ptolomeo para acrecentar su propio
prestigio. La bastardía era un precio exiguo a cambio de una relación familiar
con el gran Alejandro).
Tan pronto como Alejandro Magno hubo muerto, Ptolomeo se
apropió del gobierno de Egipto, ejecutando inmediatamente a Cleomenes (un pobre
pago por una excelente administración). La elección de Egipto fue prudente.
Egipto era un país rico, cuya producción agrícola, debido a las crecidas
regulares del Nilo, y a la experta laboriosidad del pueblo proporcionaba a sus
gobernantes una riqueza sin igual.
Ptolomeo fue también lo bastante inteligente como para
apoderarse del cuerpo de Alejandro y enterrarlo en Menfis —un hábil golpe
psicológico, si se tiene en cuenta que el mundo entero estaba maravillado ante
la fulgurante vida de Alejandro, que estaba considerado como una especie de
semidiós.
Ptolomeo fue el primer general que se dio cuenta de que la
victoria total y extender el gobierno sobre todo el imperio constituían
empresas imposibles. Puede ser que ni siquiera lo estimase deseable. Tal vez se
sintiese a gusto siendo sólo gobernante del rico Egipto; y después de todo,
¿qué objeto tenía exponerse a los problemas y trastornos que le ocasionaría el
tratar de conquistar el resto del imperio? Lo único que quería, aparte del
valle del Nilo, eran sus accesos inmediatos por el oeste y por el este como
defensa ante posibles invasores y una flota capaz de controlar el mar en el
norte.
Hacia el oeste la cosa era fácil. Ptolomeo tenía que
obtener, tan sólo, la sumisión de Cirene y la de los oasis libios, que habían
estado sometidos a Persia y a Alejandro Magno, y que no habían provocado ningún
problema al pasar bajo el régimen de Ptolomeo.
Hacia el este era caso igualmente fácil. En el 320 a. C,
Ptolomeo llevó a su ejército hasta Siria, atacando astutamente Jerusalén en
sábado. Los piadosos judíos de la época rehusaron combatir en ese día, ni
siquiera en autodefensa, y Jerusalén, que había resistido a Senaquerib y a
Nabucodonosor con admirable tenacidad, se rindió a Ptolomeo sin mover un dedo.
Sería en el norte donde Ptolomeo encontraría problemas.
Había construido una flota y la envió en expedición a Grecia y a diversas islas
griegas, en un esfuerzo por buscar aliados y afirmar su dominio. Aquí se
enfrentó con Antígono y Demetrio, y en 306 a. C. los barcos de padre e hijo
infligieron una espectacular derrota a la flota ptolemaica.
Antígono, que contaba por aquel entonces setenta y cinco
años, y estaba ansioso por conseguir la supremacía antes de morir, adoptó
inmediatamente el título de rey de Asia, anticipándose a la victoria final.
Ptolomeo, aunque dolido por la derrota, no podía permitir que este golpe
psicológico quedase sin respuesta. Se proclamó rey también él; luego se las
arregló para rechazar un débil intento de Demetrio y Antígono para invadir Egipto,
reforzando así su nuevo título.
Como rey de Egipto, Ptolomeo fundó una dinastía que duró
tres siglos, más que cualquiera de las dinastías nativas que habían gobernado
Egipto en un lapso de tres mil años. La dinastía de Ptolomeo puede denominarse
Dinastía Macedonia o de los Lagidas, por el nombre del padre o presunto padre,
de Ptolomeo, Lagos (o bien, Dinastía XXXI, si nos inclinamos por el criterio
numérico).
Más frecuentemente, la dinastía se llama de "los
Ptolomeos", ya que todos los reyes de ella, sin excepción, llevaron ese
nombre. Así, podemos hablar del Egipto de la época como del Egipto Ptolemaico.
No sólo fueron Antígonos y Ptolomeo los generales que se
convirtieron en reyes.
Seleúco, que se había establecido en Babilonia, adoptó
también el título de rey. La dinastía que fundó se conoce con el nombre de
seleúcida, y el imperio que construyeron en Asia occidental, el Imperio
Seleúcida.
Ptolomeo I —como lo llamaremos desde ahora— no se retiró del
Mediterráneo septentrional por una única derrota. Reconstruyó la flota y esperó
una oportunidad. En el 305 a. C. Demetrio sitió la isla de Rodas, que había
continuado siendo aliada de Egipto a pesar del descalabro de Ptolomeo. Sus
habitantes ofrecieron una firme resistencia, y los barcos de Ptolomeo se
hicieron a la mar para contribuir a la defensa. Demetrio tuvo que abandonar y
marcharse con sus navíos, y los agradecidos isleños dieron a Ptolomeo el título
de Sóter ("salvador").
En los siglos siguientes a Alejandro se hizo habitual que
los reyes adoptasen, o se les asignase, algún apodo lisonjero con el que
distinguirse de los demás y poder pasar a la historia. (Por lo general, cuanto
peor o más débil era un monarca, más pretencioso y adulador era el apodo). Esta
costumbre imperaba también entre los reyes selúcidas y en diversas dinastías
del Mediterráneo oriental, pero nosotros la utilizaremos tan sólo en relación
con los reyes egipcios. Así, el primer Ptolomeo puede ser llamado Ptolomeno I Sóter.
Como de todos los generales Antígono era el más ambicioso y
el menos deseoso de transigir o de renunciar al poder supremo, Ptolomeo,
Seleúco y algunos otros se aliaron contra él. En el momento de formar esta
unión, Ptolomeo y Seleúco acordaron informalmente repartirse Siria. Ptolomeo se
quedaría con la mitad sur.
A medida que las campañas contra Antígono progresaban, el
cauto Ptolomeo comenzó a temer una derrota y a retirar sus tropas. Cuando se
libró la batalla final, en el 301 a. C., en Ipso, en el Asia Menor central, fue
Antígono el que resultó derrotado y muerto, mientras que su hijo Demetrio fue
enviado a un exilio temporal.
Seleúco se hallaba ahora en una posición óptima. Fue capaz
de establecer su dominio sobre casi toda la parte asiática del Imperio de
Alejandro. Reclamó, además, el sur de Siria, aduciendo que Ptolomeo había
perdido el dominio sobre esta región por su pusilánime comportamiento antes de
la batalla de Ipso. Sin embargo, Ptolomeo se negó a abandonarla. El sur de
Siria, y en particular Judea, siguieron bajo dominación egipcia durante un
siglo. Esta fue la primera empresa egipcia en el campo del imperialismo en Asia
(si exceptuamos la estancia de Necao durante tres años) desde la época de
Ramsés III, ocho siglos antes.
Sea como fuere, Siria siguió siendo la manzana de la
discordia entre los Ptolomeos y los Seleúcidas durante siglo y medio,
provocando una serie de guerras que, al final, acabaron destruyendo ambos
reinos.
Ptolomeo I gozó de una larga vida, en beneficio de Egipto,
sobre el cual gobernó de manera justa e indulgente —gobernó tan bien, de hecho,
que al final logró granjearse la estima de sus súbditos a pesar de ser
extranjero—.
Fue el primer monarca egipcio que acuño moneda en Egipto, y con él
floreció la economía. La segunda mitad de su reinado transcurrió en paz, aunque
nunca perdió de vista el hecho de que en Seleúco, que también gozó de larga
vida, tenía un temible enemigo.
En el 285 a. C. Ptolomeo I tenía ochenta y dos y no se
sentía capaz ya de cumplir los deberes de su cargo. Por ello decidió abdicar,
pero antes tuvo que tomar ciertas decisiones en materia de sucesión. Deseaba
que el rey que lo sustituyera fuese tan prudente como él, y capaz, igual que
él, de mantener a distancia a Seleúco y a sus sucesores.
Ptolomeo I había tenido cierto número de hijos, dos de los
cuales (de diferentes madres) eran, en esta época, importantes. Ambos llevaban
el nombre de Ptolomeo. El mayor era Ptolomeo Keraunos, o Ptolomeo "el
Rayo"; el más joven era Ptolomeo Filadelfo, nombre que se le dio
tardíamente por razones que veremos más adelante.
Ciertamente, el mayor era un rayo, inclinado a actuar
irreflexivamente y a dañar a otros y a sí mismo con sus acciones. El joven era
tan prudente y moderado como su padre.
Sin vacilar, Ptolomeo exilió a Keraunos y permitió a su
joven hijo compartir con él las tareas de gobierno, abdicando más tarde, en el
285 a. C., en su favor. Ptolomeo vivió hasta el 283 a. C., muriendo en paz, al
final de una larga y afortunada vida.
Ptolomeo Keraunos acabó encontrándose en la corte de
Seleúco, que lo recibió de buen grado. Seleúco veía en el joven a un posible
pretendiente al trono egipcio y, por lo tanto, a alguien que podía servirle
como un instrumento manejable en caso de necesidad.
Seleúco no era como Ptolomeo. Su avanzada edad no lo llevaba
a pensar en la abdicación.
Todavía iba detrás del señuelo del poder y proseguía las
interminables guerras con el vigor y la persistencia de un hombre joven.
En el 281 a. C. ganó su última batalla, derrotando y matando
a otro de los ancianos generales de Alejandro Magno. Con Ptolomeo I muerto
también, Seleúco era ahora el último de todos los generales de Alejandro que
seguía con vida, un hecho que le proporcionaba la más viva complacencia
(contaba unos setenta y siete años en este momento cumbre de su longeva vida).
Pero su complacencia no duró mucho tiempo. De resultas de su
última victoria, viajó hasta Macedonia, donde debía tomar posesión del
territorio patrio del gran Alejandro. Pero cuando Seleúco llegó, Ptolomeo
Keraunos entró en acción. Habían perdido la oportunidad de alcanzar el trono de
Egipto, pero estaba decidido a gobernar en algún sitio. Y no parecía ser de
ninguna utilidad esperar que el inmortal Seleúco muriese de una vez, por lo que
Keraunos, en el 280 a. C., arregló la cuestión apuñalándolo.
El último general de Alejandro había muerto, y ahora ambos
hijos de Ptolomeo Sóter eran reyes. El joven, rey de Egipto; el mayor, de
Macedonia. Pero el mayor, que había obtenido el trono por medio del asesinato,
no iba a disfrutarlo por largo tiempo. Al año siguiente Macedonia fue invadida
por tribus bárbaras provenientes del norte, y en la horrible confusión y
devastación ocasionada, Ptolomeo Keraunos perdió la vida.
Alejandría
Ptolomeo hizo de Alejandría su capital y desde ella gobernó,
al igual que los demás Ptolomeos que le sucedieron. En realidad, Alejandría
representaba casi todo el Egipto que contaba algo, en lo que concernía a los
extranjeros. Para los egipcios, en cambio, apenas era una parte de Egipto. Los
Ptolomeos respetaban las costumbres egipcias y rendían pleitesía, al menos de
palabra, a todos los dioses egipcios; nunca hubo una rebelión realmente seria
contra la dinastía extranjera, como las habidas contra los hicsos, los asirios
y los persas. Sin embargo, para los egipcios, Alejandría era un pequeño rincón
no egipcio. Era gobernada según las costumbres griegas y estaba llena de
griegos y judíos (estos últimos llegaban libremente como inmigrantes desde
Judea, que en aquella época formaba parte del reino egipcio).
Quizá esto fuese incluso algo bueno desde el punto de vista
de los egipcios. Al aislar a los griegos en la capital, el resto del país
resultaba ser tanto más egipcio.
Así pues, podríamos decir, según la cuenta de la vieja, que
Alejandría, bajo los Ptolomeos, era griega en un tercio, en un tercio judía y
en el otro egipcia. Considerando su prosperidad, su sofisticación, su
cosmopolitismo y su carencia de historia antigua, Alejandría era la Nueva York
de la época.
Ptolomeo I y su hijo Ptolomeo II no se contentaron
simplemente con hacer de Alejandría una ciudad grande, populosa y próspera.
Ambos se afanaron en convertirla en un centro de saber, y en esto tuvieron
éxito. (Los dos primeros Ptolomeos estuvieron tan a la par en esto que es
difícil precisar con exactitud cuáles fueron los logros de uno y cuáles los del
otro).
Ptolomeo I fue escritor, y elaboró una biografía de
Alejandro Magno, de estilo directo y sin pretensiones. El hecho de que la
biografía se perdiese —era una biografía basada en un conocimiento de primera
mano— es una de las grandes pérdidas del saber.
Sin embargo, un historiador griego, Amano, que escribió
cuatro siglos y medio después, elaboró una biografía de Alejandro que se basa
en su mayor parte en la de Ptolomeo. La biografía de Amano ha sobrevivido, y a
través de ella poseemos indirectamente la de Ptolomeo.
Ptolomeo I heredó la biblioteca del gran filósofo griego
Aristóteles, y no escatimó esfuerzos para ampliarla. Contrató a un erudito
ateniense para que supervisase la organización de una gran biblioteca, que con
el tiempo se convertiría en la mejor y más famosa del mundo antiguo; una
biblioteca que no sería igualada y mucho menos superada, hasta diecisiete
siglos después, hasta que la invención de la imprenta generalizó el uso del libro.
Junto a la biblioteca había un templo dedicado a las Musas
(Mouseion en griego, Museum en latín, es decir, Museo) en el que los sabios
podían trabajar en paz y sin molestias, libres de impuestos y mantenidos por el
Estado. Atenas, que hasta entonces había sido el centro del saber griego, perdió
terreno ante Alejandría en todos los campos, excepto en el de la filosofía. Los
intelectuales iban a donde había dinero (como sucede hoy con la "fuga de
cerebros", debida a la cual los intelectuales y profesionales europeos se
marchan a Estados Unidos). En su apogeo, se dice, el Museo hospedaba a 14.000 estudiantes,
por lo que el establecimiento era como una gran universidad, aun para las medidas
de hoy.
Fue en Alejandría donde Euclides elaboró su geometría, donde
Eratóstenes midió la circunferencia de la Tierra sin abandonar Egipto, donde
Herófilo y Erasístrato realizarán enormes progresos en anatomía, y Ctesibio
perfeccionó y depuró el reloj más ingenioso de los tiempos antiguos, que
funcionaba con agua.
La ciencia alejandrina era de inspiración principalmente
griega, pero la tecnología egipcia también contribuyó. Si Egipto estaba menos
versado que Grecia en la teoría, estaba más capacitado en las cuestiones
prácticas. Largos siglos de experimentación en el campo de los embalsamamientos
habían dado lugar a gran cantidad de información y saber en química y medicina.
Los eruditos griegos no dudaron ni un momento en adoptar los
conocimientos egipcios. Para los egipcios, Tot, el dios con cabeza de Ibis, era
el depositario de toda la sabiduría, y los griegos lo asociaron a su propio
dios Hermes. Hablaban de Hermes Trismegisto ("Hermes Tres veces
grande"), y bajo su divino amparo rebosaba la ciencia que ahora llamamos
alquimia.
El primer investigador de importancia en la
"jemeia" greco-egipcia, que conocemos por su nombre, fue Bolos, de
Mendes, ciudad del delta del Nilo. Escribió hacia el 200 a. C. y utilizó el
nombre de Demócrito como pseudónimo, por lo que con frecuencia se le cita como
Bolos-Demócrito.
Bolos aceptó la creencia, que probablemente prevalecía en
esa época, de que los diferentes metales pueden convertirse el uno en el otro,
y basta sólo descubrir los métodos adecuados. La conversión del plomo en oro
("transmutación") siguió siendo una meta inalcanzable para los
estudiosos durante los dos mil años siguientes.
Aunque los Ptolomeos siguieron siendo griegos en el idioma y
en la cultura, se cuidaron también de fomentar la cultura egipcia. Así, por
ejemplo, fue Ptolomeo II quien patrocinó la historia de los egipcios de
Manetón, y el que realizó un viaje de exploración por el legendario Nilo.
Los Ptolomeos respetaron también la religión egipcia. En
realidad, trataron de fomentar un tipo de religión que fusionase las formas
egipcias con las griegas, y produjese algo que pudiese relacionarse
particularmente con ellos mismos. Así, Osiris, junto a su manifestación
terrenal, el toro, Apis, se convirtió para los griegos en Serapis. Se le
relacionó además con Zeus, y Ptolomeo I construyó un magnífico templo en su
honor en Alejandría, al que se llamó Serapeion, Serapeum en latín.
Ptolomeo II llevó su observancia de las costumbres egipcias
hasta tal punto que revivió la costumbre faraónica de los matrimonios entre
hermanos y hermanas. Cuando se casó por segunda vez, lo hizo con su hermana
Arsínoe, que anteriormente había estado casada con su medio hermano Ptolomeo
Keraunos. Por este matrimonio —muy feliz y bien avenido— Arsínoe sería conocida
por "Filadelfos" ("la que ama a su hermano"), sobrenombre
que fue aplicado luego a Ptolomeo II (tras su muerte). Tanto Ptolomeo como
Arsínoe eran bastante maduros por aquel entonces, y no tuvieron hijos.
Incluso los judíos recibieron su parte de esta protección
ptolemaica. En realidad, los judíos parecen haber sido objeto de una divertida
curiosidad por parte de los primeros Ptolomeos. Se los consideró un pueblo de
antigua historia, con un conjunto de extraños pero interesantes libros
sagrados. Ptolomeo I conoció lo suficientemente bien, al parecer, las
costumbres judías como para atacar Jerusalén en sábado, sabiendo que estaría desprotegida.
Los Ptolomeos permitieron a los judíos conservar sus propias costumbres y gozar
de cierta dosis de autogobierno en Alejandría; aunque esta medida no era del
todo popular entre los griegos.
El medio alejandrino se hizo tan grato para los inmigrantes
judíos, que el griego se convirtió pronto en su idioma, olvidando el arameo,
que se hablaba en Judea, y el hebreo, en el que estaban escritos los libros
sagrados. Los libros sagrados fueron olvidados mientras esta situación pudo
continuar. De ahí que, bajo el patrocinio de Ptolomeo II, se trajeran
estudiosos de Judea para asesorar en la traducción de estas escrituras al
griego.
La traducción griega de la Biblia es conocida como la de los
Setenta, pues según la tradición fue traducida por setenta sabios.
Cuando, finalmente, la Biblia apareció en latín, su primera
versión provenía de la de los Setenta. Así, en los primeros tiempos del
cristianismo se utilizó la versión de los Setenta, en griego o en latín,
versión que se hizo posible gracias a los Ptolomeos, desempeñando un importante
papel en la historia cristiana.
Ptolomeo II tampoco olvidó su herencia macedonia. Hizo
trasladar el cuerpo del gran Alejandro de Menfis a Alejandría, edificando un
monumento especial para conservarlo.
Gracias a la ilustrada actividad de Ptolomeo I y de Ptolomeo
II, Alejandría se convirtió no sólo en el centro comercial del mundo griego,
sino, también, en su centro intelectual. Y seguiría siéndolo durante nueve
siglos.
El apogeo de los Ptolomeos
Ptolomeo II se interesó por expandir y continuar la
prosperidad de Egipto.
Durante su reinado, el sistema de canales, del que dependía
la agricultura egipcia, fue llevado a un alto grado de eficiencia. Puso de
nuevo en funcionamiento el canal que unía el Nilo al mar Rojo; exploró el Alto
Nilo, implantó guarniciones y fundó ciudades en el mar Rojo, en la orilla
egipcia y en la de enfrente, en la costa de Arabia, para proteger el comercio.
Modificó también la política faraónica primitiva respecto
del lago Moeris. En vez de tratar de mantener el nivel alto, lo drenó
parcialmente y lo dispuso todo para que el suelo fértil que había quedado
expuesto pudiese ser regado mediante una amplia red de canales conectada con el
Nilo. La población aumentó en esa zona, y las ciudades se multiplicaron. La
región continuó progresando, convirtiéndose en la más rica provincia de una
tierra ya rica durante unos cuatro siglos.
Para proteger la navegación por el Mediterráneo, Ptolomeo II
construyó un faro en el puerto de Alejandría, en la isla Faros, con un coste de
800 talentos (al menos dos millones de dólares en moneda actual), el mayor del
mundo antiguo. Los maravillados griegos lo consideraron una de las "siete
maravillas del mundo". Tenía una base cuadrada de 100 pies por cada lado,
y en su cúspide (algunos dicen que tenía de 200 a 600 pies de altura) había un
fuego perpetuamente encendido. El faro estaba coronado por una gran estatua de
Poseidón, el dios del mar. Se suponía que una hoguera de leña, siempre encendida,
sería visible a una distancia de veinte millas. Los detalles de su arquitectura
nos son desconocidos, salvo por lo que se ve en algunas monedas ptolemaicas que
han llegado hasta nosotros, ya que quince siglos después de su construcción, el
faro quedó totalmente destruido por un terremoto.
Con todo, la rivalidad entre los Ptolomeos y los Seleúcidas
continuó. A Seleúco I le sucedió su hijo Antíoco I, y los hijos se enfrentaron
entre sí con casi igual hostilidad.
Entre el 276 y el 272 a. C. combatieron la "Primera
Guerra Siria", en la que Ptolomeo II resultó vencedor al final, por lo que
pudo extender su dominio sobre Fenicia y sobre partes del Asia Menor. Entre el
260 y el 255 a. C. se combatió una nueva "guerra siria", la Segunda,
con Antíoco II, tercer rey seleúcida. Esta vez los egipcios fueron menos afortunados,
y algunas de las ganancias de la Primera se perdieron.
En aquella época, se concedió quizá poca atención a uno de
los pasos más importantes dados por Ptolomeo II en política exterior. En
Italia, una ciudad llamada Roma había ido apoderándose paulatinamente de gran
parte de la península. En la época en que Ptolomeo II llegó al trono, Roma
controlaba toda Italia central y amenazaba a las ciudades griegas del sur de la
península.
Los griegos llamaron a Pirro para que los ayudara. Este era
un general macedonio, pariente lejano de Alejandro Magno. Pirro, que era un
general capacitado y amante de la guerra, respondió entusiásticamente, y
utilizó a sus falanges y a algunos elefantes de guerra que llevó con él a
Italia (un truco que Alejandro había aprendido mientras luchaba en la India)
para derrotar dos veces a los romanos. Sin embargo, los romanos insistieron tenazmente,
y en el 275 a. C. lograron derrotar finalmente a Pirro, expulsándolo de Italia.
Hacia el 270 a. C. habían ocupado todas las ciudades griegas
del sur de la península.
Ptolomeo II no se dejó ofuscar por su simpatía hacia los
griegos. Pensaba que los romanos eran una nación en auge y que sería mucho
mejor estar con ellos que contra ellos.
Así, pues, se alió con los romanos, y afianzó la alianza
cuando Roma entró en guerra con Cartago a propósito de Sicilia. En verdad, la
alianza llegó a ser una tradición para Egipto, alianza a la que los Ptolomeos
nunca renunciaron.
Ptolomeo II murió en el 246 a. C. Le sucedió su hijo mayor
Ptolomeo III. De nuevo Egipto tuvo un gobernante vigoroso y esclarecido.
Recuperó Cirene, que durante algunos años había logrado independizarse de
Egipto.
Pero la eterna discordia con los seleúcidas continuó en pie,
exacerbada esta vez por problemas familiares.
Al término de la Primera Guerra Siria, Ptolomeo II había
dado en matrimonio a su hija Berenice, hermana del joven príncipe que con el
tiempo sería Ptolomeo III, a otro joven príncipe que con el tiempo iba a ser
Antíoco II.
Antíoco II murió el mismo año que Ptolomeo II, por lo que
Ptolomeo III, al subir al trono, esperaba ver al hijo de su hermana convertirse
en el cuarto rey seleúcida. Sin embargo, Antíoco II había tenido anteriormente
una esposa que aún vivía. Esta mujer asesinó a Berenice y a su hijo, y el hijo
de esta primera esposa reinaría con el nombre de Seleúco II.
Esto fue causa suficiente de guerra para Ptolomeo III. Con
el fin de vengar a su hermana, se dirigió contra las posesiones seleúcidas, en
lo que fue la Tercera Guerra Siria.
Llegó hasta Babilonia, ocupándola temporalmente. Ningún
monarca egipcio, en toda la larga historia del país, se había aventurado tan
lejos del Nilo, y esta campaña representa el momento culminante del poderío
Ptolemaico. Por primera vez desde los tiempos de Ramsés II, mil años antes,
Egipto volvía a ser la primera potencia del mundo.
Sin embargo, Ptolomeo III se dio cuenta de que esta
incursión era en el fondo algo poco realista. En realidad, no pensó nunca que
podría controlar indefinidamente el país que había ocupado temporalmente.
Decidió retirarse voluntariamente, abandonando el núcleo del imperio seleúcida
a los Seleúcidas, conservando solamente esas partes cercanas a Egipto que,
según pensaba, podía controlar con ventaja.
Se trajo consigo algunas de las estatuas y objetos
religiosos que habían sido llevados allí por Cambises tres siglos antes y
volvió a colocarlos en su sitio. Los agradecidos egipcios le concedieron el
sobrenombre de Evérgetes ("el benefactor"), y es así, como Ptolomeo
III Evérgetes, como mejor se lo conoce en la Historia.
Hay una leyenda al respecto según la cual, durante la
campaña de Ptolomeo contra los Seleúcidas, la reina, una princesa cirenaica
llamada también Berenice, rezó para que volviese sano y salvo, y, para reforzar
sus plegarias se cortó la cabellera y la ofreció a los dioses en un templo
dedicado a Afrodita. Pero alguien robó la cabellera, y para consolarla, un
astrónomo griego le dijo que había sido llevaba al cielo por los dioses, y
señaló algunas débiles estrellas que, afirmaba, eran su cabello. Se dice aún
que estas estrellas representan la constelación de "Coma Berenices",
o "Cabellera de Berenice".
El vigor bélico de Ptolomeo se extendió asimismo en otras
direcciones: avanzó hacia el sur y penetró en Nubia, como ya habían hecho en alguna
ocasión los faraones en tiempos que, ya para aquel entonces, eran muy remotos.
Pero Ptolomeo III tampoco descuidó las actividades
pacíficas. Continuó ayudando al Museo con todo el entusiasmo que había
caracterizado a su padre y a su abuelo. Durante su reinado la Biblioteca
alcanzó quizá los 400.000 volúmenes y ordenó que todos los viajeros que
llegasen a Alejandría prestasen sus libros para que fuesen copiados.
Ciertamente, todos los Ptolomeos, incluso los peores, fueron entusiastas protectores
de las artes.
Ptolomeo III continuó con la política de favorecer a los
judíos. Les concedió la plena ciudadanía alejandrina, sobre bases iguales a las
de los griegos (en una época en que esto se denegaba incluso a los egipcios
nativos). De hecho, a su vuelta de la campaña contra los Seleúcidas, Ptolomeo
III, en el curso de un estudiado programa de acción de gracias hacia todos los
dioses de los pueblos sobre los que gobernaba, hizo sacrificios, de manera
adecuada, en el Templo de Jerusalén.
Cuando Ptolomeo III murió, en el 221 a. C., Egipto había
gozado de 111 años de gobierno prudente y beneficioso, desde el momento en que
Alejandro Magno había aparecido por primera vez en Pelusio. Lo que constituía
un récord que difícilmente podía tener parangón en cualquier época anterior en
la que reinaron nativos. Sucesivamente, Alejandro, Cleomenes y tres Ptolomeos
habían salvaguardado la seguridad, prosperidad y paz interna de Egipto.
Pero ahora, los grandes días estaban llegando a su fin una
vez más.
El declive de los Ptolomeos
Sucesor de Ptolomeo III fue Ptolomeo IV, hijo mayor del gran
Evérgetes, el cual se proclamó enseguida a sí mismo Filópater, "el que ama
a su padre". Como el primer acto de su reinado consistió en ejecutar a su
madre (la Berenice cuya cabellera se recuerda en los cielos) y a su hermana, el
hecho de que adoptase el sobrenombre mencionado tiene un sentido cínico, que
oculta una completa carencia de amor familiar.
Sin embargo, quizá no fue así. Al faltar documentos
completos como los que tenemos de otros acontecimientos históricos, tenemos que
basarnos en ocasiones en habladurías, y la habladuría más proclive a sobrevivir
es siempre la más interesante; es decir, la más chocante.
El nuevo Ptolomeo fue, según parece, un monarca débil,
amante del lujo, que dejó el gobierno en manos de sus ministros y favoritos.
Esto fue especialmente nefasto para Egipto, pues en el imperio seleúcida
acababa de subir al trono, en el 223 a. C., un monarca vigoroso y ambicioso:
Antíoco III, hijo menor de Seleúco II.
Decidido a hacer pagar las derrotas sufridas por su padre a
manos de Ptolomeo III, Antíoco III atacó a Egipto, en la Cuarta Guerra Siria,
casi inmediatamente después de la muerte del gran Ptolomeo. En un primer
momento Antíoco III llevó la iniciativa, pero en el 217 a. C. se enfrentó al
grueso del ejército, con el propio Ptolomeo IV a la cabeza, en Rafia, junto a
la frontera egipcia. Ambos bandos poseían elefantes Antíoco tenía elefantes asiáticos,
y Ptolomeo, africanos, más grandes pero menos dóciles. Esta fue la única batalla
en que se enfrentaron ambas especies. Los elefantes asiáticos resultaron victoriosos,
pero el ejército asiático fue derrotado. El ejército egipcio consiguió una aplastante
victoria, y durante algún tiempo pareció que continuaba la suerte de los Ptolomeos.
Sin embargo, presionado por el avance seleúcida, el Gobierno
egipcio había permitido que se armase a los propios egipcios nativos. Esta fue
una decisión equivocada.
El dominio ptolemaico no era ya lo que había si en tiempos
pasados, y los soldados egipcios comenzaron a permitirse rebeliones
ocasionales, aunque ninguna revistiera especial gravedad.
Ptolomeo IV y sus ministros trataron de mantener la
situación. Mientras vivió Ptolomeo IV, Egipto continuó bajo control, y Antíoco
III prefirió ocuparse de otros lugares.
Ptolomeo IV tenía una afición poco usual. Le gustaba
construir barcos inmensos, demasiado grandes como para ser de alguna utilidad,
por su incomodidad y falta de maniobrabilidad. El mayor barco que poseía tenía
420 pies de longitud y 57 de anchura.
Contaba con cuarenta bancos de remos, con una verdadera
ciudad de cuatro mil hombres que manejaban los cuatro mil remos. Debía de
parecer un gigantesco superciempiés. Por supuesto, sólo servía para enseñarlo,
pues habría ido al encuentro de un desastre inmediato en caso de guerra.
El reinado de Ptolomeo IV fue testigo también de un triste
incidente, que señaló la decadencia griega.
Desde la época de Filipo II de Macedonia las ciudades
griegas habían estado dominadas por este reino septentrional. Los intentos de
las ciudades griegas para liberarse individualmente, fracasaron siempre. Cuando
intentaron formar "ligas", éstas acabaron luchando entre sí, e
invariablemente los vencidos se volvían hacia Macedonia.
En el 236 a. C., cuando Ptolomeo III ocupaba aún el trono de
Egipto, un rey reformador, Cleomenes III, accedió al poder en Esparta, y soñó
con volver a hacer de la ciudad lo que había sido antaño, un siglo y medio
antes, en los días en que era la potencia dirigente de Grecia. La Liga Aquea
(una unión de ciudades situadas al norte de Esparta) luchó contra Cleomenes, y
cuando fue derrotada por éste, buscaron ayuda en Macedonia, perdiendo así la
última oportunidad de independencia para Grecia. En el 222 a. C. los macedonios
aplastaron a Cleomenes y a sus espartanos. El rey y algunos otros pudieron escapar
a Egipto.
Ptolomeo III los acogió amablemente, quizá porque los
consideraba instrumentos útiles en caso de guerra contra Macedonia. Sin
embargo, cuando Ptolomeo IV llegó al trono, vio en Cleomenes tan sólo una
carga, y lo colocó bajo un virtual arresto domiciliario en Alejandría.
Cleomenes, irritado por lo que no era evidentemente más que
un encarcelamiento, aprovechó una ocasión, en el 220 a. C, cuando Ptolomeo IV
estaba ausente de Alejandría, y se escapó. A continuación trató de levantar a
los griegos de Alejandría contra Ptolomeo y empujarlos a que establecieran un
gobierno libre según el viejo estilo griego. Pero las masas sólo se asombraron
ante este tipo singular que vociferaba cosas incoherentes, pues ya no sabían lo
que significaba la libertad. Cleomenes nació fuera de su época, al final se dio
cuenta de ello y se suicidó.
Ptolomeo IV murió en el 203 a. C. Por primera vez los
Ptolomeos carecían de un heredero adulto. El príncipe que le sucedió era un
niño de cinco años, Ptolomeo V, que fue llamado Ptolomeo Epifanes, o
"manifestación de Dios", aunque el pobre niño era cualquier cosa
menos eso. El Gobierno egipcio quedó paralizado por las disputas entre los funcionarios
por el poder, y los nativos aprovecharon la ocasión para rebelarse.
Por si esto fuera poco, Antíoco III se dio cuenta
inmediatamente de que había llegado su oportunidad. Desde la batalla de Rafia
había estado ocupado en varias campañas en las regiones orientales de lo que en
otro tiempo fuera el imperio persa, regiones conquistadas por Alejandro y
heredadas por Seleúco I. Hacía poco tiempo que habían recuperado la
independencia, pero ahora Antíoco III las había obligado a someterse de nuevo,
y su imperio, al menos sobre el papel, era inmenso. Decidió hacerse llamar
Antíoco el Grande.
Cuando Ptolomeo IV murió y el nuevo faraón resultó ser un
niño de cinco años, Antíoco entró en tratos inmediatamente con Filipo V, que
entonces reinaba en Macedonia.
Se aliarían contra Egipto, vencerían fácilmente y se
repartirían el botín. Filipo se adhirió codiciosamente a este plan y en el 201
a. C. dio comienzo la Quinta Guerra Siria.
Había, sin embargo, un factor con el que ambos reyes no
habían contado, un país que se encontraba a Occidente: Roma.
En la época de Ptolomeo II, medio siglo antes, Roma había
iniciado una terrible guerra contra Cartago, que se había prolongado, con
algunas pausas, hasta entonces. En verdad, en un determinado momento, en el 216
a. C, pareció que Roma podía ser derrotada, cuando el general cartaginés Aníbal
(uno de los pocos generales que podía haber competido incluso con Alejandro)
invadió Italia y aplastó a los romanos con tres formidables victorias.
Sin embargo, Roma se recuperó, en el resurgimiento más
impresionante de toda su historia, y en el 201 a. C., cuando Antíoco y Filipo
preparaban su alianza para atacar a Egipto, Cartago acabó siendo derrotada y
Roma alcanzó la supremacía en todo el Mediterráneo occidental.
El Gobierno egipcio, abocado a una total ruina a manos de
sus enemigos aliados, y acordándose del viejo tratado con Roma, al que siempre
había sido fiel, pidió ayuda a los romanos.
Y Roma estaba más que dispuesta. Después de todo, en los
tristes días de las victorias de Aníbal, Ptolomeo IV de Egipto había enviado
grano a Roma, mientras que Filipo V de Macedonia había firmado un tratado de
alianza con el cartaginés. Roma no tenía intención de pagar la enemistad de
Filipo con amable indulgencia. Sobre la marcha entró en guerra contra
Macedonia, y Filipo V, que acababa de comenzar a desempeñar su papel en el
despedazamiento de Egipto, se encontró con que tenía que enfrentarse a Roma.
Pero Antíoco III continuó adelante, de todos modos. Podía
entendérselas con Egipto por sí solo, mientras Macedonia neutralizaba a Roma.
Estando sólo él en Egipto, podría hacer mucho más en su propio beneficio. No le
preocupaba demasiado Roma. Si él era Antíoco el Grande, conquistador de vastos
territorios, ¿por qué preocuparse por unos bárbaros occidentales?
Por ello continuó la guerra, y, de hecho, en el 195 a. C.
había vencido ya a los ejércitos egipcios. Inmediatamente después Antíoco se
anexionó toda Siria, incluida Judea, que de este modo, tras experimentar
durante un siglo y cuarto la moderada dominación ptolemaica, se encontró bajo
lo que iba a ser una mucho más dura dominación seleúcida.
Pero quedaban los romanos. Estos habían derrotado a
Macedonia, aunque con algunas dificultades, y Filipo V se había retirado a un
cerrado y sombrío aislamiento. Las pequeñas naciones del Asia Menor occidental,
dominadas por Macedonia, que siempre habían temido el poderío seleúcida en el
este (especialmente bajo el ambicioso Antíoco III), se apresuraron a ponerse
bajo la protección de Roma. Todo empujaba a Roma a actuar contra Antíoco, que
había hecho suyas las posesiones egipcias del Asia Menor.
Los romanos conminaron a Antíoco III a abandonar el Asia
Menor, pero éste no les prestó atención. Aníbal el general cartaginés, que
estaba exiliado en su corte, apremiaba a Antíoco para que le entregase un ejército
con el que invadir Italia una vez más. Sin embargo, Antíoco estimaba que se
podía cuidar de Roma sin grandes problemas.
Llevó un ejército a Grecia y perdió el tiempo en naderías.
Los romanos marcharon sobre Grecia y golpearon duramente a
Antíoco.
Volviendo a la realidad, el monarca seleúcida retrocedió
hacia Asia Menor, adonde lo siguieron, impasibles, los romanos, y donde lo
batieron con dureza aún mayor. Antíoco III había chocado con la realidad de la
vida. Firmó una paz desventajosa, y salió de Asia Menor.
Sin embargo, pudo seguir en Siria, que Egipto no había
recuperado. Roma había salvado la parte esencial de Egipto, el valle del Nilo;
no se sentía llamada a garantizar a Egipto sus posesiones imperiales. Todo lo
que Egipto había poseído en Asia Menor fue dividido entre las diversas naciones
de esa península -todas ellas no eran más que títeres de Roma-. El único
territorio que el Egipto ptolemaico conservó fuera del valle del Nilo fue
Cirenaica, en el oeste, y la isla de Chipre en el norte.
Hecho esto, Roma abandonó a su suerte a los imperios
orientales. Podían pelear entre sí cuando quisiesen, siempre que ninguno de
ellos llegase a crecer tanto como para aplastar completamente a los demás.
Por aquel entonces Ptolomeo V había alcanzado ya la edad de
gobernar. Su mayoría de edad fue celebrada como correspondía, y una
proclamación rutinaria en honor de su mayoría de edad quedó grabada en griego y
en dos modalidades de egipcio en un trozo de basalto negro. Esta inscripción,
la Piedra de Rosetta, se recuperó justamente dos mil años después y sirvió de
clave para el conocimiento de la historia antigua de Egipto.
Sólo por esto, Ptolomeo no vivió en vano.
Alejados los peligros provenientes del exterior gracias a
Roma, el joven Ptolomeo pudo prestar atención al orden interior. Tuvo éxito en
dominar algunas inquietantes rebeliones. Tras la muerte de Antíoco III, en el
187 a. C, Ptolomeo V comenzó a soñar con reconquistar Siria, pero murió en 181
a. C., cuando no tenía más de treinta años. Es posible que fuese envenenado.
Dejó dos hijos pequeños. El mayor, Ptolomeo VI, fue conocido
como Filomater, o "el que ama a su madre". Mientras vivió su
"amada" madre, ésta controló Egipto y mantuvo al país en paz. Cuando
murió en el 173 a. C., Ptolomeo VI era todavía demasiado joven como para
valerse por sí mismo, y cayó bajo la influencia de sus bravucones ministros que
soñaban con reconquistar Siria. Una vez más volvía a empezar el viejo juego de
luchar contra los Seleúcidas.
Pero Ptolomeo VI no era un guerrero (en realidad fue el más
amable y humano de todos los Ptolomeos). Frente a este ser pacífico se hallaba
el hijo menor del llamado Antíoco el Grande, el nuevo rey Antíoco IV, a la
cabeza del imperio seleúcida. Antíoco IV era bastante más capaz que su
sobrevalorado padre, pero tenía cierta tendencia a la temeridad y al mal
carácter.
Ante el primer síntoma de beligerancia egipcia, Antíoco IV
se lanzó hacia la frontera, derrotó a los egipcios en Pelusio, alcanzó las
propias murallas de Alejandría y llegó incluso a capturar al Ptolomeo VI.
Quizás habría podido conquistar Alejandría, pero Roma, desde lejos, le hizo
saber que esto sería ir demasiado lejos.
Ya que Ptolomeo VI no podía ejercer como rey estando en
cautividad, los egipcios, en el 168 a. C., nombraron rey a su hermano menor,
que reinaría con el nombre de Ptolomeo VII. Inmediatamente Antíoco liberó a
Ptolomeo VI, proporcionándole ayuda, y esperando poder presenciar una buena y
jugosa guerra civil. Sin embargo, ambos Ptolomeos echaron por tierra la baza de
Antíoco, aviniéndose a gobernar juntos.
Irritado, Antíoco marchó sobre Egipto de nuevo, dispuesto a
ocupar Alejandría y resolver la cuestión de una vez. Pero fue detenido otra
vez. Esta vez, un embajador romano caminó hacia él bajo las murallas de
Alejandría y le ordenó que abandonase Egipto. Antíoco IV no tuvo otra opción
que retirar a todos sus ejércitos, ante este hombre desarmado que le hablaba en
nombre de la poderosa Roma, y volver sobre sus pasos.
Humillado, se dirigió contra algo que pensó podía derrotar,
y saqueó Jerusalén.
Profanó el Templo de los judíos empujando a los
nacionalistas judíos a iniciar una larga y fastidiosa rebelión, bajo el
liderazgo de una familia conocida por los Macabeos.
En el 163 a. C., Antíoco IV fue muerto en el curso de una
inútil campaña en oriente. A consecuencia de esto el imperio seleúcida comenzó
a declinar de manera más drástica y rápida que el Egipto ptolemaico. Toda una
serie de contiendas dinásticas mantuvo al país en continuo sobresalto, mientras
que la rebelión judía siguió siendo un mal perenne.
En un determinado momento, incluso el pacífico Ptolomeo VI
estuvo tentado de intervenir en los asuntos internos de los seleúcidas, con la
esperanza de recuperar todo lo que había perdido su padre. Trató de realizar
cambios en lo que quedaba del imperio seleúcida (las provincias orientales se
habían separado, esta vez para siempre), apoyando primero y atacando después a
un usurpador seleúcida llamado Alejandro Balas. Sin embargo, estando en Siria,
cayó del caballo, muriendo a causa de las heridas en el 146 a. C.
Esto hizo que Ptolomeo VII gobernase solo. Este rey ha sido
difamado constantemente por los historiadores antiguos. Aunque su nombre
oficial era Evérgetes, como el de su abuelo, se lo conoce, universalmente, por
Fiscón, o "de vientre grueso", porque, según se cree, su gula le hizo
engordar notablemente. Se le atribuyen toda clase de maldades y crueldades,
pero no sabemos hasta qué punto esto es exagerado o no.
Las inscripciones nos lo presentan como protector del saber
y como una persona que hizo mucho por restaurar los templos y por fomentar la
prosperidad egipcia. Es posible que los griegos no aprobaran lo que hacía
debido a que, en su opinión, se mostraba excesivamente indulgente con los
nativos. Fueron los griegos y no los egipcios los que escribieron la historia y
ello puede haber afectado negativamente a la imagen de Ptolomeo VII.
El reino egipcio comenzó a fragmentarse tras la muerte de
Ptolomeo VII, en el 116 a. C. Este dejó Cirene a un hijo y Chipre a otro,
mientras que Egipto quedó bajo un tercer hijo que reinó como Ptolomeo VIII
Sóter II.
Este último fue desposeído por su hermano menor, Ptolomeo IX
Alejandro, pero el pueblo de Alejandría expulsó a Ptolomeo IX y restauró a
Ptolomeo VIII.
Esta especie de vaivén, sin embargo, carecía ya, realmente,
de trascendencia, pues Egipto y todo el resto del oriente estaban perdiendo su
importancia. Ahora sólo contaba una potencia, y ésta era Roma.
Sólo cabe mencionar un acontecimiento de importancia en este
período. Algún tiempo después de que Ptolomeo VIII fuera restaurado de nuevo en
el trono, en el 88 a. C., la ciudad de Tebas se rebeló. Exasperado, Ptolomeo
envió una expedición contra la ciudad, la asedió durante tres años, y
finalmente la saqueó de manera tan absoluta que no sólo no se recobraría jamás,
sino que acabaría hundiéndose en una ruina total.
Este fue el fin, después de dos mil años de gloria, de la
capital del Imperio Medio y del Imperio Nuevo, de la ciudad que bajo Ramsés II
había llegado a ser la más grande del mundo.
Pero Menfis, que tenía mil años más, sobrevivía aún como
centro del Egipto nativo y perenne recordatorio de la grandeza perdida.
Julio César
A pesar de la debilidad e inefectividad de los Ptolomeos que
siguieron a Fiscón, Egipto experimentó medio siglo de paz, interrumpida por un
motín en Alejandría provocado por una controversia sobre quién de los don
nadies ptolemaicos tenía derecho a llevar los suntuosos ropajes, a permanecer
sentado durante los rituales estatales y a disfrutar de los pródigos
pasatiempos que conllevaba la condición de rey de Egipto.
Los Ptolomeos entretenían su ocio tratando de arrebatarse
unos a otros el ya impotente trono, pues las ocasiones para guerrear habían
desaparecido. Los romanos controlaban ya completamente la situación y estaban
haciendo pasar a un segundo plano a todas las potencias del oriente.
Macedonia se había convertido en una provincia romana en el
146 a. C., y la misma Grecia era un protectorado de la gran ciudad de
occidente. La mitad occidental del Asia Menor se convirtió en una provincia
romana en el 129 a. C., y gran parte del resto de la península, pese a ser
nominalmente independiente, quedó reducida a un conglomerado de reinos títeres.
Cuando el Ponto, reino del Asia Menor oriental, entró en guerra
con Roma y obtuvo algunas victorias, Roma empleó a fondo su poder y finalmente
"limpió" todo el Oriente de una vez por todas. La liquidación de todo
este asunto estuvo a cargo de un joven general romano llamado Cneo Pompeyo, más
conocido por Pompeyo. Los últimos restos del imperio seleúcida, sobre los que
reinaba Antíoco XIII, se redujeron a Siria, y en el 64 antes de Cristo,
Pompeyo, con su sola autoridad, los incluyó en los dominios romanos,
convirtiéndolos en la provincia de Siria. Esto significó el fin de un siglo y
medio de guerras entre los Ptolomeos y los Seleúcidas y de las seis grandes
guerras llevadas a cabo por los Ptolomeos II, III, IV, V, VI y VII ¡Todo ello
desapareció! Ambas dinastías macedonias perdieron y salió vencedora la
advenediza Roma. Y cuando Siria fue absorbida, también lo fue Judea.
También fueron sometidas otras lejanas porciones del imperio
ptolemaico. El hijo de Ptolomeo VII, Fiscón, que había heredado Cirene, la legó
a los romanos a su muerte, en el 96 a. C, convirtiéndose en provincia romana en
el 75 a. C. La isla de Chipre fue engullida por Roma en el 58 a. C.
En el 58 a. C., todo lo que quedaba del vasto imperio
macedonio, erigido tras las victorias de Alejandro Magno, dos siglos y medio
antes, era un Egipto formado sólo por el Valle del Nilo. Aun así, era un mero
títere de Roma, ya que ningún Ptolomeo podía ser rey sin permiso de los
romanos.
Este fue el caso de Ptolomeo XI (o quizá XII o XIII; pues se
discute si deben ser contados los últimos y oscuros Ptolomeos). Su nombre
oficial era Ptolomeo Dioniso, pero se lo conoce popularmente por Ptolomeo
Auletes, "el Flautista", ya que su principal habilidad parecía ser
tocar la flauta. Era hijo ilegítimo de Ptolomeo VIII (el que había saqueado
Tebas), y debido a que no había herederos legítimos, decidió aspirar al trono.
Fue proclamado rey en el 80 a. C., pero para asegurarse el
título (dada su ilegitimidad) necesitaba la aprobación del Senado romano. Esto
requería un discreto, y cuantioso, soborno y costó años negociar uno que fuese
lo suficientemente abundante y discreto. Para poder reunir la cantidad
necesaria elevó los impuestos, y las exacciones financieras acabaron provocando
una revuelta en Alejandría en el 58 a. C., y su derrocamiento.
Como respuesta, Ptolomeo viajó hasta Roma, donde entonces
mandaba Pompeyo.
Auletes prometió otro inmenso soborno a los romanos si lo
ayudaban a recuperar el trono (Auletes estaba dispuesto a sacar hasta la última
moneda a los campesinos egipcios, e incluso a saquear los tesoros del templo,
modo de proceder mucho más arriesgado que el de matar de hambre a millones de
personas).
Los dirigentes romanos nunca fueron inmunes al dinero, y en
el 55 a. C. Auletes fue colocado de nuevo en el trono, ante la total irritación
y enfurecimiento de los indefensos egipcios. Se mantuvo en ese puesto sólo
gracias a la presencia de una numerosa guardia de corps romana.
Con todo, en el 51 a. C., le hizo un favor al mundo, y
murió, dejando Egipto a su joven hijo Ptolomeo XII. En su testamento, Auletes
puso a su hijo bajo la protección del Senado romano y éste, a su vez, asignó
esta tarea al propio Pompeyo.
Ptolomeo XII tenía sólo diez años, pero gobernó junto a su
hermana mayor, que tenía diecisiete. El gobierno conjunto de hermano y hermana
no fue práctica infrecuente entre los Ptolomeos; era una costumbre que se
remontaba a Ptolomeo II y su hermana-esposa, la reina Arsinoe, dos siglos
antes.
La hermana del joven rey tenía un nombre que era corriente
entre las reinas ptolemaicas. En realidad, era la séptima con este nombre, y
éste, en rigor, era Cleopatra VII. Sin embargo, es la Cleopatra por
antonomasia, y el numeral romano casi nunca suele utilizarse en relación con su
nombre. (Es importante recordar que Cleopatra no era egipcia y que no tenía
"sangre egipcia", por lo que cualquier intento de convertirla en una "morena
temperamental" es una locura. Todos sus antepasados fueron griegos o macedonios).
Las mujeres ptolemaicas solían ser hábiles, incluso cuando
los hombres no lo eran, y esta Cleopatra fue la más hábil de todas. Era natural
que los intrigantes cortesanos prefiriesen al hermano pequeño, y no a la
hermana mayor, pues ésta era menos dominable.
En especial Potino, eunuco que en esa época controlaba el
trono, era un acérrimo enemigo de la muchacha.
En el 48 a. C, Cleopatra tomó la decisión habitual para el
Egipto de aquellos días.
Abandonó Alejandría en busca de un ejército, lo reunió en
Siria, y se preparó para volver y arreglar las cosas por medio de una pequeña
guerra civil. Ambos ejércitos, el suyo y el de su hermano, se enfrentaron en
Pelusio, pero antes de que se iniciase realmente la batalla, ocurrió algo que
iba a cambiarlo todo.
Roma estaba atravesando su propia guerra civil por aquel
entonces. Pompeyo mantenía una lucha desesperada con otro general, aún más
importante que él, Julio César.
Los ejércitos de los dos romanos habían chocado ya en
Grecia, y César había resultado vencedor. Pompeyo no pudo hacer otra cosa sino
huir, y el refugio natural (como en el caso de Cleomenes de Esparta dos siglos
antes) fue Egipto. Egipto estaba a mano, y era nominalmente independiente. Era
un país débil, pero rico, y podría proporcionar a Pompeyo el dinero que
necesitaba para hacerse con un nuevo ejército. Además le debían un favor, pues
Pompeyo había ayudado a Ptolomeo Auletes a subir al trono, y era el verdadero
guardián del hijo de Auletes, el actual rey-niño del reino.
Pero la corte egipcia estaba inmersa en un mar de dudas
cuando la nave de Pompeyo se aproximaba a la costa. La última cosa que deseaba
hacer era tomar partido en una guerra civil romana justo en el momento en que
estaba a punto de estallar la suya propia. Si apoyaba a Pompeyo, César podría a
su vez apoyar a Cleopatra y acabar con la facción de Potino. Si se negaba a
apoyar a Pompeyo, y si éste resultaba vencedor al final sin su ayuda, podría
volver para vengarse.
Potino pensó en una salida. Envió una barca hasta el navío
de Pompeyo. Lo recibió con grandes muestras de alegría y le rogó que
desembarcara inmediatamente para poder ser aclamado por las gentes de
Alejandría. Cuando Pompeyo puso el pie en la orilla (y mientras su esposa e
hijo miraban desde el barco) fue muerto tranquilamente a puñaladas.
Esto parecía ser exactamente lo que había que hacer. Pompeyo
estaba muerto y no podía vengarse. César tendría que estar agradecido y
ayudaría entonces a Potino contra la amenaza del ejército de Cleopatra. Había
matado dos pájaros de un tiro.
César, con un pequeño contingente de cuatro mil hombres
arribó a Alejandría algunos días más tarde, decidido a tomar prisionero a
Pompeyo y retenerlo, para evitar que a su alrededor se formase un nuevo
ejército. César pensaba también reunir un poco de dinero que necesitaba (los
generales siempre necesitan dinero) de la siempre rica corte de Alejandría.
Inmediatamente, Potino le llevó la cabeza de Pompeyo y le
pidió ayuda contra Cleopatra. Es posible que César, de haber recibido
suficiente dinero, lo hubiera ayudado.
Después de todo, ¿qué le importaba a él cuál de los
Ptolomeos gobernaba en Egipto?
Pero nadie contaba con Cleopatra. Tenía una ventaja de la
que carecía Potino: era una mujer joven y fascinante. No sabemos cuan hermosa
pudo haber sido según los cánones modernos, o si realmente lo fue o no, pues
ningún retrato suyo ha llegado hasta nosotros. Sin embargo, el hecho es que,
bella o no, poseía el don de atraer y atrapar a los hombres; era consciente de
ello.
Por tanto, lo único que tenía que hacer Cleopatra era dejar
atrás de algún modo el ejército de su hermano y presentarse ante César. Tras lo
cual estaba segura de que lograría hacerse con el control del asunto. Así, se
hizo a la mar en Siria, desembarcó en Alejandría y desde allí envió (según la
leyenda) una gran alfombra a César. Las fuerzas de Potino no vieron razón
alguna para detener el envío, pues no sabían que envuelta en la alfombra estaba
Cleopatra.
La estrategia de Cleopatra funcionó a la perfección. El
sorprendido César quedó deslumbrado ante la joven que apareció al desenrollarse
la alfombra. Ella lo convenció de la justicia de su causa y César ordenó que se
volviese al acuerdo inicial, es decir, que Cleopatra y su joven hermano
gobernasen juntos.
Esto no satisfizo en absoluto a Potino. Este sabía
perfectamente que Egipto no podía ganar una guerra contra Roma, pero sí
resultar vencedor en un enfrentamiento contra las exiguas fuerzas de César. Una
vez muerto César habría múltiples oportunidades para que la oposición a César
en Roma se hiciese con el poder, y, en ese caso, sólo habría elogios y gratitud
hacia Potino. Así, más o menos, debió ser su razonamiento.
En consecuencia, suscitó una rebelión contra César, y
durante tres meses el romano fue sitiado en la isla de Faros (la del faro).
César pudo mantenerse gracias a su bravura personal y a la habilidad con que
utilizó a sus escasas tropas. (En el transcurso de esta pequeña "Guerra
Alejandrina" la famosa biblioteca de Alejandría resultó gravemente dañada).
Pero Potino no ganó nada, personalmente, con la rebelión que
él mismo había provocado. Apenas atacaron los egipcios, el dinámico César
capturó a Potino y lo mandó ejecutar.
Finalmente, César recibió refuerzos y los egipcios acabaron
siendo derrotados. En la desbandada consiguiente, el joven Ptolomeo XII trató
de escapar en una barcaza por el río Nilo. Esta iba muy cargada y zozobró. Y
así acabaron sus días.
César podía, por fin, arreglar sus asuntos en Egipto. Según
la historia generalmente aceptada, César y Cleopatra fueron amantes y aquél
decidió mantenerla en el trono. Sin embargo, una reina debía tener a su lado a
un hombre, por lo que César utilizó a otro hermano de Cleopatra, todavía más
joven, un muchacho de diez años, que reinó como Ptolomeo XIII.
César no podía permanecer eternamente en Egipto. En Asia
Menor se libraba una guerra contra Roma que debía ser resuelta. En África
occidental y en España subsistían aún ejércitos fieles a Pompeyo que había que
combatir. Y sobre todo, en Roma había un gobierno que debía ser reformado y
reorganizado. Así pues, zarpó de Egipto en el 47 a. C, de regreso a Roma.
Pero César se llevó consigo algo a Roma. Estando en Egipto
había observado el funcionamiento del calendario basado en el sol (véase pág.
10) que, evidentemente, era mucho más práctico y eficaz que los calendarios
lunares empleados en Roma y Grecia.
Buscó la ayuda de un astrónomo de Alejandría, llamado Sosigenes,
y mandó elaborar un calendario semejante para Roma. El año fue dividido en doce
meses, algunos de treinta días y otros de treinta y uno. Esto no era tan
ordenado como el uniforme mes egipcio de treinta días, con su unidad adicional
de cinco días al final del año, pero se le añadió una mejora que los propios
egipcios no habían aceptado nunca. Como el año tenía 365 días y cuarto y no 365
solamente, cada cuatro años se le añadía un "Día Intercalar" extra.
Este Calendario Juliano, llamado así por el gran Julio César, fue transformado superficialmente
dieciséis siglos después, pero en conjunto, es todavía el que usamos hoy en
día. Así pues, podemos hacer remontar nuestro calendario directamente a Egipto
y a la breve estancia de César en ese país.
No mucho después de la partida de Julio César, Cleopatra
tuvo un hijo. Se lo llamó Ptolomeo César, y los ciudadanos de Alejandría le
pusieron el apodo de Cesarión ("pequeño César").
Marco Antonio
Tras su retorno a Roma, César vivió poco tiempo. Se organizó
una conspiración contra él, y en el 44 a. C., fue asesinado. Tan pronto como
César murió, Cleopatra ejecutó a su joven hermano Ptolomeo XIII. Este se había
hecho demasiado mayor (tenía ya catorce años) y comenzaba a exigir ya que lo
dejasen decidir en cuestiones de gobierno.
Así, Cleopatra reinó conjuntamente con su hijo Ptolomeo
César (que por entonces tenía menos de tres años), y al que se conoce por
Ptolomeo XIV.
En Roma, finalmente, se había impuesto el orden tras un
período de desorden, con el ascenso de dos hombres a la supremacía. Uno de
ellos era Marco Antonio, que había sido lugarteniente y hombre de confianza de
César; el otro, César Octavio, sobrino-nieto e hijo adoptivo de Julio César.
Aunque en realidad enemigos, ambos hombres llegaron a un
tratado de paz por el que delimitaban sus esferas de influencia en el seno del
Imperio Romano. Octavio se quedó con occidente, incluida Roma; Marco Antonio se
quedó con el resto.
La naturaleza de la división mostraba el carácter de cada
uno de ellos. Marco Antonio era atractivo, jovial, bebedor y juerguista, y muy
querido por sus hombres.
También mostraba rasgos de habilidad, pero era superficial,
incapaz de plantear nada con frío raciocinio, y siempre dominado por la pasión
del momento. La mitad oriental del mundo romano era la más rica y civilizada.
En ella Marco Antonio podía esperar hallar comodidades, lujo y distracción.
Por otro lado, Octavio era astuto, sagaz y sutil. No
escatimaba esfuerzos para lograr sus objetivos y tenía paciencia para esperar
cuando las cosas se ponían difíciles. La mitad occidental del Imperio Romano
era fría y pobre, pero en ella se encontraba Roma, y esta ciudad era el núcleo
del verdadero poder. Y el verdadero poder era lo que pretendía Octavio.
Octavio no gozaba de la estima de Marco Antonio, en el
fondo, y por lo general, los historiadores favorecen al romántico Marco Antonio
en detrimento del frío y menos fantasioso Octavio. Pero están en un error al
pensar así. Observando este período de la historia desde la ventajosa posición
que proporciona una perspectiva de dos mil años, no es difícil constatar que
Octavio fue realmente el hombre más capacitado en toda la historia de Roma, sin
excluir ni siquiera al mismo César -aunque Octavio carecía del genio militar de
su tío-abuelo.
El partido que asesinó a César fue derrotado en una batalla
librada en Macedonia en el 42 a. C, y entonces Marco Antonio se hizo a la mar
para ocupar sus posiciones en oriente. Estableció su cuartel general en Tarso,
ciudad de la costa de Asia Menor.
Evidentemente, la mayor necesidad de Marco Antonio era la de
dinero, y éste siempre había estado en Egipto. Por ello, con modos de rey,
emplazó a Cleopatra para que se encontrase con él en Tarso, para que le diese
una explicación de la política egipcia posterior al asesinato de César.
Naturalmente, Egipto se había mantenido a distancia y había tratado de
mostrarse neutral, pues hasta el final no fue seguro quién iba a ganar.
Esto no era una acción criminal, realmente, pero podía
hacerse que lo pareciese por alguien interesado en hallar una excusa para
sangrar a Egipto.
Sin embargo, Cleopatra conservaba aún la misma baza que
había utilizado siete años antes con César. Llegó a Tarso en barcos engalanados
con lo mejor que las riquezas pueden comprar o el lujo imaginar —y el cargamento
más preciado era ella misma, que entonces tenía sólo veintiocho años—; Marco
Antonio, como Julio César, se sintió completamente fascinado por la encantadora
macedonia.
Pero mientras que César nunca había dejado que el amor
ofuscase la política, Marco Antonio fue siempre incapaz de apartar la política
de su amor.
La historia del general romano y de la reina egipcia ha
pasado a la historia como uno de los más grandes relatos de amor de todos los
tiempos, tanto más cuanto que tuvo un trágico fin y porque los amantes
parecieron rechazar todo excepto el amor. William Shakespeare ha contribuido a
inmortalizarlos con su magnífica obra teatral Antony and Cleopatra (Marco
Antonio y Cleopatra), y cuando el poeta inglés John Dryden publicó su versión
de la historia, el título que utilizó parece condensar todo el aspecto
romántico popular de aquélla en un par de frases: All for Love, or The World
Well Lost (Todo por el amor, o El mundo bien perdido).
En realidad, aunque no hay duda de que estuvieron
enamorados, no fue sólo una cuestión de puro romance. Cleopatra tenía el dinero
que Marco Antonio necesitaba. Y durante doce años le financió su lucha por el
poder supremo. Y Marco Antonio tenía los ejércitos que Cleopatra necesitaba.
Cleopatra se las compuso para utilizar a Marco Antonio, con bastante sangre
fría, en su intento por satisfacer sus ambiciones como reina de Egipto, que en
realidad era lo que ella fue, primero, al final y siempre.
Marco Antonio pasó el invierno del 41-40 a. C., en
Alejandría con Cleopatra, consagrado por entero al placer, y más tarde
Cleopatra le daría dos gemelos. Marco Antonio los reconoció y se los llamó
Alejandro Helios y Cleopatra Selene (Alejandro "el Sol" y Cleopatra
"la Luna").
Los dos amantes se separaron por un tiempo, pero Antonio
finalmente se reunió con Cleopatra e incluso se casó con ella, a pesar de que
en Roma estaba casado con una hermana de Octavio. Tranquilamente, envió a su
esposa romana una notificación de divorcio.
En Roma Octavio supo sacar partido de la insensata falta de
perspicacia de Marco Antonio, haciendo notar cuan libertino y mundano era. El
populacho romano tomó buena nota de ello y también constató que Octavio estaba
en Roma, trabajando duramente por la grandeza de la ciudad; que llevaba una
vida frugal y que estaba casado con una respetable mujer romana.
Indiscutiblemente, la mayoría de los romanos habrían preferido ser Marco Antonio
y estar entre los brazos de Cleopatra, a ser Octavio dedicados a una incansable
actividad; pero ya que no podían ser el primero, prefirieron al segundo.
Marco Antonio prestó escasa atención a las cautelosas
manipulaciones de Octavio sobre la opinión pública, pensando quizá que Octavio
era un mal general (¡lo que era cierto!) mientras que él era muy bueno (pero no
tan bueno como creía). Por consiguiente, siguió su camino descuidadamente y
cometió error tras error.
Cleopatra trataba de recuperar los amplios dominios que
habían pertenecido a sus predecesores, y Marco Antonio trató de complacerla a
su vez. Le devolvió Cirene y Chipre (lo que no tenía derecho a hacer) y le
asignó incluso aquellas porciones de la costa siria y del Asia Menor que, un
día pertenecieron a Ptolomeo III en el apogeo del poderío ptolemaico. Asimismo,
le regaló la biblioteca de Pérgamo (ciudad del Asia Menor occidental, cuya
recopilación de libros era la segunda del mundo después de la de Alejandría),
con el fin de compensar el daño causado por la breve guerra contra César.
Todo esto constituyó un excelente material propagandístico
para Octavio. Le fue bastante fácil hacer que todo ello apareciese como si
Marco Antonio pretendiese transferir todas las provincias a su querida reina.
El rumor, en realidad, era que en la herencia concedía todo el oriente a
Cleopatra, para que lo heredasen sus hijos. Lo que enfureció a los romanos fue
pensar que una reina macedonia podía obtener, por medio de sus encantos, lo que
ningún rey macedonio había sido capaz de conseguir de Roma por la fuerza de las
armas.
Octavio utilizó la desconfianza y el odio del pueblo romano
hacia Cleopatra para persuadir al Senado de que declarase la guerra contra
Egipto, guerra que, en realidad, era contra Marco Antonio.
Marco Antonio trató de animarse a sí mismo. Seguro todavía
de que podría derrotar a Octavio con facilidad, reunió algunos barcos, marchó
hacia Grecia, e instaló un cuartel general en las regiones occidentales de este
país, preparándose para invadir Italia a la primera oportunidad, y ocupar la
ciudad de Roma.
Pero si Octavio no era buen general, contaba sin embargo con
algunos buenos generales entre sus leales partidarios. Uno de éstos fue Marco
Vespasiano Agrippa. La flota de Octavio, bajo el mando de Agrippa, se presentó
a su vez en aguas de Grecia occidental.
Después de interminables maniobras y preparativos, Cleopatra
urgió a Marco Antonio a forzar una batalla naval. Los barcos de Marco Antonio
eran dos veces más numerosos que los de Octavio y también eran mayores. Si
Marco Antonio resultaba vencedor en la batalla naval, su ejército, también más
numeroso que el de Octavio, podía estar seguro de arrasarlo todo a su paso. La
victoria final sería de Marco Antonio.
La batalla tuvo lugar el 2 de septiembre del 31 a. C.,
frente a Accio, promontorio de la costa oeste de Grecia. Al principio, los
barcos de Octavio hicieron escasa impresión a los grandes navíos de Marco
Antonio, y la batalla parecía ser un enfrentamiento inútil entre la
maniobrabilidad y el poderío. Al final, sin embargo, Agrippa obligó a Antonio a
dispersar sus líneas, por lo que sus barcos pudieron lanzarse a través de los
huecos así formados, enfrentándose directamente con la flota de Cleopatra,
compuesta por seis barcos, que permanecían detrás de las líneas de Marco
Antonio.
Según cuenta la Historia, Cleopatra, presa del pánico,
ordenó a sus barcos que se retiraran y se alejaran. Cuando Marco Antonio se
percató de que Cleopatra había abandonado el escenario de la batalla con sus
barcos, realizó el acto menos cuerdo de su carrera, en la que los actos de este
tipo eran bastante numerosos. Huyó en un pequeño velero, abandonando a sus
barcos y a sus hombres leales (con los que podía haber ganado todavía), y
navegó detrás de la cobarde reina. Su flota, abandonada, hizo lo que pudo, pero
sin su comandante se descorazonaron y antes de llegar la noche Octavio tenía ya
en sus manos una victoria completa.
El último Ptolomeo
Marco Antonio y Cleopatra no pudieron hacer otra cosa que
refugiarse en Alejandría y esperar a que Octavio se lanzase tras ellos hasta
Egipto. En el mes de julio del año 30 a. C., Octavio se decidió por fin, y
llegó a Pelusio. Marco Antonio trató de resistir, pero fue inútil. El 1 de
agosto Octavio entraba en Alejandría y Marco Antonio se suicidaba.
Quedaba Cleopatra. Aún poseía su belleza y encanto, y
esperaba utilizarlos con Octavio como había hecho con César y Marco Antonio.
Contaba entonces 39 años, pero quizá su aspecto fuese aún muy juvenil.
Octavio era seis años menor que ella, pero éste no era el
problema. El problema era que Octavio tenía en su mente un objetivo muy
definido: realizar las reformas en Roma, reorganizar el poder, y establecerlo
tan firmemente que pudiese durar siglos (cosas todas ellas que hizo).
Si quería alcanzar sus objetivos no podía ir dando rodeos, y
mucho menos el fatal rodeo de Cleopatra. Su entrevista con la fascinante reina
dejó bastante claro que era un hombre completamente inmune a ella. Octavio le
habló con dulzura, pero Cleopatra sabía que hacía esto tan sólo para mantenerla
tranquila hasta que pudiese apresarla y llevarla a Roma para caminar encadenada
tras su carro triunfal.
Sólo había un camino para escapar a esta postrera
humillación, el suicidio. La reina aparentó una completa sumisión, mientras
hacía sus planes. El perspicaz Octavio previo esta posibilidad y retiró todos
los objetos cortantes y punzantes y otros instrumentos peligrosos de los
aposentos de Cleopatra. Sin embargo, cuando los mensajeros romanos llegaron
hasta ella para obligarla a que los acompañase, la hallaron muerta.
De alguna forma, había conseguido suicidarse y dejar a
Octavio chasqueado, y sin poder gozar de su victorioso final. Cómo lo hizo,
nadie lo sabe, pero la tradición cuenta que utilizó una serpiente venenosa (un
áspid) que le llevaron en una cesta de higos, y éste es quizá el incidente más
dramático y mejor conocido de toda su encantadora carrera.
Egipto se convirtió en provincia romana y llegó a ser, en la
práctica, propiedad personal de Octavio, que procedió asimismo a proclamar lo
que hoy conocemos como Imperio Romano. Y se coronó primer emperador con el
nombre de Augusto.
Así llegó a su fin la dinastía de los Ptolomeos, que había
gobernado Egipto durante tres siglos, desde los tiempos en que Ptolomeo I Sóter
llegó al país después de la muerte de Alejandro Magno.
Y, sin embargo, con Cleopatra no termina del todo la
dinastía de los Ptolomeos.
Ciertamente, Octavio ordenó fríamente que los jóvenes hijos
de Cleopatra, Cesarión y Alejandro Helios, fueran ejecutados con el fin de que
no sirviesen de núcleo alrededor del cual pudieran agruparse rebeldes, pero aún
quedaba Cleopatra Selene, la hija de Marco Antonio y Cleopatra.
Octavio no consideró necesario ejecutar a una niña de diez
años, por lo que decidió casarla en algún lejano rincón del mundo, donde nunca
pudiera representar un peligro. Sus ojos se fijaron en Juba, hijo de un rey de
Numidia (país que se hallaba donde hoy está Argelia). El padre de Juba, que
también se llamaba Juba, había combatido contra Julio César, había sido vencido
y se había suicidado. Su joven hijo había sido conducido a Roma, donde había
gozado de una excelente educación y se había convertido en un estudioso. Era un
ser totalmente espiritual y nada inclinado a lo militar -era sólo un intelectual
pedante.
Juba fue el hombre que los agudos ojos de Octavio juzgaron
idóneo como tumba viviente para la hija de Cleopatra. Cleopatra Selene fue
casada con él y, con el nombre de Juba II, fue instalado en el trono de Numidia
que había pertenecido a su padre. Pocos años después Augusto (como ahora se
hacía llamar Octavio) decidió que sería deseable anexionar Numidia como
provincia romana, por lo que Juba y su esposa fueron trasladados hacia el
oeste, a Mauritania (el moderno Marruecos), donde continuaron gobernando
pacíficamente como títeres de los romanos.
Además tuvieron un hijo, a quien, por orgullo de sus
antepasados, llamaron Ptolomeo y que es conocido en la Historia como Ptolomeo
el Mauritano. Nieto de Cleopatra, éste subió al trono en el 18 d. C. (5), cuatro
años después de la muerte de Augusto, reinando pacíficamente durante veintidós
años.
En el 41 Roma se encontró bajo gobierno de su tercer emperador,
Calígula, bisnieto, por el lado materno, de Augusto. Comenzó bien su gobierno,
pero sufrió una grave enfermedad que, al parecer, le afectó al cerebro,
volviéndose loco. Sus despilfarras crecieron desmesuradamente y se halló ante
una terrible necesidad de dinero. Resultó que Ptolomeo el Mauritano poseía un
rico tesoro que había ido acumulando cuidadosamente.
Calígula lo mandó llamar a Roma con un pretexto cualquiera y
lo ejecutó. Mauritania se convirtió en provincia romana, y el tesoro mauritano
pasó a manos del emperador. Así acabó el último monarca ptolemaico, nieto de
Cleopatra, setenta años después de que ésta se suicidara.
Sin embargo, lo que es bastante extraño, un Ptolomeo
especialmente famoso estaba aún por llegar. Un siglo después de la muerte de
Ptolomeo de Mauritania, un gran astrónomo trabajaba en Egipto. Firmaba sus
obras con el nombre de Claudio Ptolomeo y se lo conoce como Ptolomeo.
No sabemos casi nada de él, ni dónde nació, ni cuándo murió,
ni dónde trabajaba, ni siquiera si era griego o egipcio. Todo lo que tenemos de
él son sus libros de astronomía, y como éstos pertenecen por entero a la
tradición griega, es perfectamente posible que fuera de origen griego.
Por supuesto, no tuvo ninguna relación con los Ptolomeos
reales. En realidad, debió de llamarse así por su lugar de nacimiento que,
según la escasa información que tenemos de escritores griegos posteriores, pudo
haber sido la ciudad de Ptolemais de Hermio, una de esas pobladas, en tiempos
de los romanos, por griegos.
Ptolomeo, el astrónomo, recopiló en sus libros la obra de
los astrónomos griegos precedentes y preparó, de forma muy adecuada, la teoría
de la estructura del universo que sitúa a la Tierra en el centro y al resto del
Universo -el sol, la luna, las estrellas y los planetas- en órbita a su
alrededor.
Este es el "sistema ptolemaico", y la expresión es
conocida hoy en día aún por quienes nada saben de los monarcas Ptolomeos
-exceptuando, quizá, lo que se refiere a Cleopatra.
5 Las iniciales d. C. significan "después de Cristo",
y se aplican a los años posteriores al nacimiento de Jesús. A partir de ahora
en este libro indicaremos estos años sin poner iniciales. Los años anteriores
al nacimiento de Jesús llevarán, como siempre, las iniciales a. C. ("antes
de Cristo").
12. El Egipto romano
Los romanos
La transformación del reino ptolemaico en provincia romana
no representó un trastorno tan grande como pudiera imaginarse. Es cierto que
ahora el gobernante de Egipto residía en Roma y no en Alejandría, pero para el
campesino egipcio esto carecía de importancia. Roma no era más extranjera de lo
que había sido Alejandría, y el emperador romano no estaba más distante de lo
que pudo haber estado un faraón o un Ptolomeo.
No hay duda de que Augusto y los emperadores que le sucedieron
consideraron a Egipto como una propiedad personal, que podía ser saqueada a
voluntad, pero Egipto estaba acostumbrado a ello. En su día había sido
propiedad personal de los faraones y últimamente de los Ptolomeos, y así las
cosas seguían siendo como habían sido siempre.
Si los romanos exigían un alto tributo en materia de
impuestos, también lo habían hecho los últimos Ptolomeos, y bajo los romanos
(al menos al principio), la eficiencia del gobierno hacía que los impuestos
fueran más fáciles de pagar.
Desde el punto de vista de la prosperidad material, Egipto
salió muy beneficiado.
Bajo los últimos Ptolomeos el reino había declinado, pero
ahora la vigorosa administración romana puso las cosas en orden. El intrincado
sistema de canales, del que dependía toda la economía agrícola, fue remozado
completamente. Asimismo, los romanos construyeron caminos y cisternas, y
restablecieron el comercio por el mar Rojo.
Probablemente, la población egipcia ascendía a siete
millones, muy por encima del nivel alcanzado en el apogeo imperial del pasado.
Tampoco se dejó que languideciese la vida intelectual. La
Biblioteca y el Museo de Alejandría continuaron existiendo bajo un patrocinio
gubernamental no menos generoso que el de antaño. No tenía ninguna importancia
que el sacerdote que regentaba la institución fuese designado ahora por un
emperador romano en vez de serlo por un Ptolomeo macedonio. Alejandría siguió
siendo la mayor ciudad del mundo griego, superada sólo por Roma en tamaño, y
por ninguna en riqueza y cultura.
Por otro lado, y por razones políticas, Roma permitió a los
egipcios que conservaran plena libertad religiosa, y los virreyes romanos que
residían en la provincia, rendían culto, aunque de forma puramente nominal, a
las creencias nativas. Esto era más satisfactorio para los campesinos egipcios
que cualquier otra cosa.
Su religión nunca prosperó tanto como bajo los primeros
tiempos del dominio romano, nunca se construyeron y enriquecieron tanto los
templos. La cultura egipcia continuó sin interrupciones, y los griegos
siguieron confinándose en Alejandría y en otras pocas ciudades, mientras que la
presencia romana se encarnaba principalmente en la omnipresente figura del
recaudador de impuestos.
Sobre todo, Egipto gozó bajo los romanos, durante siglos, de
una profunda paz.
Todo el mundo mediterráneo participaba de la felicidad de la
Pax Romana o «paz romana», pero en ningún lugar fue tan profunda, tan duradera,
o menos violada que en Egipto. Hubo, es cierto, escaseces y plagas,
ocasionalmente, y de cuando en cuando, escaramuzas entre ejércitos opuestos,
por disputas acerca de la sucesión imperial, pero desde una perspectiva general
pueden considerarse sin importancia.
El propio Augusto inauguró la paz romana como una cuestión
de política establecida. Se preocupó de expandir el imperio por el norte, a
costa de las tribus bárbaras del sur del Danubio y del este del Elba, pero esto
era simplemente, en realidad, sólo un intento de conseguir fronteras fácilmente
defendibles, tras las que el imperio pudiera existir cómodamente. Pues en las
porciones civilizadas del imperio que poseían ya fronteras aceptables, no debía
haber guerra.
Así, poco después de la ocupación romana de Egipto, el
virrey romano Cayo Petronio pensó que sería buena idea revigorizar las
costumbres del imperialismo faraónico. De este modo, pensó en invadir Nubia, lo
que hizo en el 25 d. C. Y lo que es más, obtuvo algunas victorias. Pero Augusto
lo destituyó. Nada había en Nubia que Roma necesitara tanto como la paz. Con
todo, la expedición fomentó el comercio, y lo mismo hizo otra expedición a
través del mar Rojo hacia el sudoeste de Arabia. Todo ello, bajo un emperador
guerrero, podía haber conducido a la guerra y a intentos de anexión, pero Augusto
prohibió firmemente cualquier acción en este sentido.
Durante casi medio siglo apenas llegó a Egipto un leve rumor
del mundo exterior.
El país pudo dormir al sol.
En el 69 se produjo un susto momentáneo. Nerón, quinto
emperador romano, se había suicidado después de que varios contingentes del
ejército se sublevaran contra él.
No vivía ya nadie de la estirpe de Augusto que pudiese
aspirar al trono. Y desde distintos confines del imperio comenzaron a llegar a
Roma los generales romanos, llenos de ansiedad ante la magnífica presa.
Las gentes contuvieron sin duda el aliento. Esto podía
significar una larga guerra civil, con la consiguiente devastación de las
provincias por los ejércitos contendientes.
Podía incluso significar el desmembramiento del imperio y la
vuelta al caos que siguió a la partición del imperio de Alejandro Magno.
Afortunadamente, el asunto se arregló rápidamente.
Vespasiano, general romano que había liquidado una rebelión en oriente, llevó
su ejército a Egipto, obteniendo así el control de los abastecimientos de trigo
de Roma. (Durante los primeros siglos del imperio, Egipto fue el granero de
Roma). Esto le aseguró la posesión del trono tras unas cuantas escaramuzas.
Egipto tuvo suerte. No había sufrido ningún daño, y el
ejército de Vespasiano había pasado por el país sin causar ningún perjuicio digno
de ser mencionado.
El siglo II se inició con una dinastía de emperadores
particularmente ilustrados.
Uno de ellos, Adriano, pasó gran parte de su reinado como
una especie de viajero real, visitando las distintas provincias del imperio. En
el 130 visitó Egipto, siendo sin duda el turista más distinguido que había
recibido este antiguo país desde el desembarco de Pompeyo, Julio César, Marco
Antonio y Octavio siglo y medio antes (y éstos habían ido allí por razones de
trabajo).
Adriano viajó por el Nilo y apreció halagüeñamente todo lo
que vio. Visitó las pirámides y las ruinas de Tebas. En Tebas se detuvo para
oír al cantante Memnón (véase pág. 49). No quedaba mucho tiempo para seguir
haciéndolo: algunas décadas después de la visita de Adriano la necesidad de
restaurar la estatua era ya apremiante. Se le añadió obra de mampostería, y
esto malogró el dispositivo que producía el sonido. El cantante Memnón nunca
más volvió a cantar.
Una nota triste de la visita de Adriano fue la de un joven,
compañero leal y amado del emperador, llamado Antínoo: se ahogó en el Nilo
(algunos sugieren que se suicidó).
Adriano experimentó un tremendo dolor por la muerte del
joven, e incluso fundó una ciudad en su honor (Antinoópolis), en el lugar en
que se ahogó. El hecho inspiró la imaginación romántica de los artistas, y se
ejecutaron numerosas pinturas y esculturas del favorito muerto.
El acontecimiento más violento ocurrido en Egipto durante
los dos primeros siglos del Imperio Romano tiene que ver con la suerte de sus
judíos.
Bajo los Ptolomeos los judíos habían gozado de gran
prosperidad, se les había concedido libertad de culto y habían sido tratados
como iguales a los griegos. Nunca hasta los tiempos actuales los judíos fueron
tan bien tratados como minoría en un país extranjero (con la posible excepción
de la España islámica del Medievo). Y, a su vez, contribuyeron a la prosperidad
y cultura de Egipto.
Por ejemplo, uno de los principales filósofos de Alejandría
fue Filón el Judío.
Nació en el 30 d. C, año en que se suicidó Cleopatra, o
quizá pocos años después. Se le educó concienzudamente en la cultura judía,
pero también en la griega, por lo que estaba preparado para hacer comprender el
judaísmo al público griego del mundo clásico. Su línea de pensamiento estuvo
tan próxima a la de Platón que, a veces, ha sido llamado el Platón judío.
Por desgracia, la situación fue empeorando para los judíos
en tiempos de Filón.
Algunos de éstos no se conformaban con la pérdida de
independencia y esperaban constantemente la llegada de un rey inspirado por la
divinidad, de «un ungido» (esta última palabra equivale a «Messiah» en hebreo,
a «Jristés» en griego, a «Christus» latino y a «Cristo» en castellano). El
Mesías los conduciría a la victoria sobre sus enemigos e instauraría un reino
ideal, a cuya cabeza estaría él, cuya capital sería Jerusalén y que dominaría
sobre todo el mundo. Este desenlace había sido pronosticado una y otra vez en las
Escrituras judías, e impedía a muchos judíos asentarse en el mundo, tal como
era. De hecho, algunos judíos se autoproclamaban mesías de vez en cuando, y
nunca faltaron otros que aceptaran esta pretensión y provocasen alteraciones
contra las autoridades romanas en Judea.
Los judíos de Alejandría eran menos propensos a sueños
mesiánicos que sus compatriotas de Judea, pero se daban numerosas situaciones
de roce entre ellos y los griegos. Sus respectivos modos de vida eran
radicalmente diferentes, y cada grupo estimaba que era difícil vivir según el
modo de vida del otro. Los judíos continuaban firmes en su pretensión de que
sólo el dios judío era el dios verdadero, y despreciaban a las demás religiones
de una forma que debía parecer sumamente irritante a los no judíos.
Y los griegos seguían firmes en su pretensión de que sólo la
cultura griega era verdadera cultura, y despreciaban a las demás culturas de
tal modo que debía parecer sumamente irritante para los no griegos.
Además, los griegos se sentían molestos por los especiales
privilegios de que gozaban los judíos. A los judíos no se les exigía participar
en sacrificios idólatras, ni que rindieran homenaje divino al emperador, o que
sirviesen en las fuerzas armadas, mientras que todo esto se exigía a griegos y
a egipcios.
Los gobernantes romanos de Judea estaban igualmente
irritados ante la testarudez judía en materia de religión y ante su negativa a
rendir el homenaje más insignificante, incluso de boquilla, al culto imperial.
En un determinado momento, Calígula, el emperador loco, decidió erigir una
estatua suya en el Templo de Jerusalén, y los judíos se apresuraron a
desencadenar una desesperada revuelta si la orden se ponía en vigor.
Filón el judío (entonces un anciano) encabezó una delegación
a Roma para tratar de evitar el sacrilegio, pero fracasó. Sólo el asesinato de
Calígula y la revocación de la orden por su sucesor salvo la situación.
Pero esto únicamente pospuso lo inevitable. En el 66, la ira
contenida de los judíos ante las negativas a concederles la independencia y
ante la exigencia de impuestos hizo estallar una violenta insurrección. Las
legiones romanas irrumpieron en Judea, y durante tres años se combatió una
guerra de inusitada ferocidad. Los judíos resistieron con tenacidad
sobrehumana, diezmando a las tropas romanas, con grandes pérdidas por su parte.
La guerra sacudió hasta los cimientos al Gobierno romano,
pues Nerón, que era emperador al comenzar la rebelión, fue asesinado, en parte
debido a las malas nuevas que llegaban del frente judío, de cuya situación se
le culpaba.
El general de las tropas romanas en Judea —Vespasiano— fue
quien llegaría a ser emperador después de Nerón. En el 70, finalmente, Judea
fue pacificada. Jerusalén fue ocupada y saqueada por el hijo de Vespasiano,
Tito; el Templo fue destruido y el judaísmo retrocedió a su peor momento desde
los tiempos de Nabucodonosor.
Los judíos de fuera de Judea no tomaron parte en la revuelta
y en la mayoría de los sitios fueron tratados con razonable justicia por los
romanos. (Lo cual es notable si pensamos en las tremendas medidas puestas en
práctica por el Gobierno estadounidense contra los norteamericanos de origen
japonés en los meses siguientes al ataque de Pearl Harbor, en 1941).
Sin embargo, en Egipto, los excitados sentimientos de ambos
bandos se desbocaron sin control; comenzaron los tumultos que pronto fueron sangrientos.
Ni los judíos ni los griegos se vieron libres de la acusación de haberlos
instigado, y se cometieron salvajes atrocidades en ambos bandos. Pero, como ha
sido el caso invariablemente a lo largo de la trágica historia de los judíos,
eran éstos los que se hallaban en minoría y, por lo tanto, fueron los judíos
los que más sufrieron. El templo judío de Alejandría fue destruido, miles de
judíos fueron asesinados y la judería de Alejandría nunca se recuperó.
Tras estos acontecimientos, los judíos conservaron una dura
enemistad contra el Gobierno romano y contra los griegos de Egipto. Existía
todavía una gran colonia judía en Cirene, y sus miembros pensaron, en el 115,
que había llegado su oportunidad. El emperador romano Trajano se hallaba en ese
momento ocupado en una remota guerra en el Oriente, y, en un último empujón de
la expansión romana, había llevado a las legiones romanas hasta el golfo
Pérsico.
Es posible que se filtrasen hasta Egipto rumores sobre su
muerte (el emperador tenía sesenta años), o quizá llegaron noticias acerca de
un nuevo mesías, pero, en cualquier caso, los judíos de Cirene se lanzaron a la
rebelión de manera fanática y suicida.
Masacraron a todos los griegos que se pusieron a su alcance,
y fueron masacrados a su vez cuando los sorprendidos romanos pudieron enviar
tropas contra ellos. Los desórdenes prosiguieron durante dos años, y hacia el
117 los judíos de Egipto habían sido virtualmente exterminados.
De nuevo, la rebelión afectó a la historia de Roma. Las
noticias sobre los desórdenes egipcios contribuyeron a que Trajano se decidiese
a volver (otros factores fueron su edad y los riesgos de unas líneas de
comunicación demasiado largas). La oleada conquistadora romana nunca volvió a
llegar tan lejos, y desde entonces la suerte de Roma comenzó a disminuir.
A Trajano le sucedió Adriano, del que ya he hablado como de
un turista imperial.
Antes de visitar Egipto, como ya he dicho, cruzó la desolada
Judea y quedó impresionado por la veneración que tributaban a las ruinas de
Jerusalén los judíos que aún quedaban. Le pareció que esto podía dar lugar a
otra rebelión; por ello ordenó que Jerusalén fuese reconstruida como una ciudad
romana, que se llamaría Elia, según su propio apellido, y que se edificaría un
templo a Júpiter en el lugar del destruido Templo judío. Se prohibiría absolutamente
la entrada en la ciudad a todos los judíos.
Pero la decisión de Adriano sirvió para fomentar la revuelta
que quería evitar. Los judíos volvieron a rebelarse, inspirados por un
individuo que se había autoproclamado mesías. Desesperados por la profanación
del lugar sagrado de su Templo, resistieron durante tres años, del 132 al 135.
Al finalizar la rebelión, Judea estaba destruida, y tan limpia de judíos como
Egipto.
Desde esa fecha el futuro del judaísmo quedó limitado a las
importantes colonias judías de Babilonia, donde vivían desde la época de
Nabucodonosor, y a las colonias europeas, que no habían tomado parte en las
revueltas y a las que se permitió subsistir bajo la recelosa mirada de los
romanos.
Los cristianos
La difusión de la cultura griega entre los pueblos que
habían creado las más antiguas civilizaciones de África y Asia después de la
muerte de Alejandro Magno, no se realizó, obviamente, sin contrapartida. Los
griegos entraron en contacto con culturas extranjeras y, a su pesar, fueron
atraídos por ciertos aspectos de éstas.
Las religiones extranjeras eran particularmente
interesantes, pues con frecuencia solían ser más coloristas, más intensamente
ritualistas y más emotivas que los cultos oficiales de griegos y romanos. (Los
griegos tenían también sus «religiones mistéricas» populares relacionadas con
el ciclo agrícola, pero eran más bien algo así como sociedades secretas y no
religiones generalizadas). Las religiones de Oriente comenzaron a penetrar en
Occidente.
Una vez que Roma hubo impuesto su dominio sobre todo el
Mediterráneo e impreso sobre el mundo el sello de la paz, la mezcla de culturas
continuó incluso con mayor rapidez y facilidad, y lo que en su día habían sido
religiones locales extendieron su influencia de un extremo a otro del imperio. Durante
los dos primeros siglos del imperio, Egipto fue el origen de una de las más
vitales de estas religiones en expansión. El helenizado culto egipcio de
Serapis (véase pág. 88) se difundió primero por Grecia y después por Roma.
Augusto y Tiberio lo desaprobaron, pues abrigaban el vano sueño de restaurar
las primitivas virtudes de Roma, pero el culto se difundió de todas maneras. En
tiempos de Trajano y de Adriano no quedaba un solo rincón en el imperio que no
contase con sus devotos de esta forma de religión, que se remontaba a la época
de los constructores de pirámides y de sus predecesores tres mil años antes.
Más atractivo aún fue el culto de Isis, la principal diosa
egipcia, a la que se pintaba como la hermosa «Reina de los Cielos». Su
influencia comenzó a penetrar en Roma ya en los oscuros días de Aníbal, cuando
los romanos pensaban que la derrota era segura si no contaban con algún tipo de
ayuda divina y estaban dispuestos a probar fortuna con cualquier divinidad. Con
el tiempo se edificaron templos de Isis y se celebraron sus rituales incluso en
la lejana isla de Britania, a dos mil millas del Nilo.
Pero si Egipto dio una religión al mundo, también recibió
una del exterior: de Judea.
En el último siglo de la existencia de Judea, cuando muchos
afirmaban ser el mesías que el pueblo judío esperaba tan ansiosamente, surgió
uno que se llamaba Joshua.
Había nacido durante el reinado de Augusto, hacia el 4 a. C,
y fue aceptado como Mesías por sus discípulos. Dicho de otro modo: se trataba
de Joshua el Mesías, o, en su forma griega, Jesucristo. En el 29, durante el
reinado de Tiberio, fue crucificado como opositor político que aspiraba a ser
rey de los judíos.
La creencia en el carácter mesiánico de Jesús no terminó con
su crucifixión, pues se difundió la historia de que había resucitado de entre
los muertos. A las diversas sectas judías que florecieron en esta época, se
añadió así una más: la de los seguidores de las enseñanzas de Jesucristo, o,
como pronto se los llamaría, la de los cristianos.
En los primeros años de existencia de esta secta, nadie
podía pensar que fuera a tener futuro, excepto en el seno del judaísmo. Y el
propio judaísmo distaba mucho de haber tenido éxito en su penetración del pensamiento
griego y romano como lo habían tenido, por ejemplo, los ritos egipcios.
No obstante, el firme monoteísmo de los judíos y su elevado
código moral constituían un factor de atracción para numerosos individuos
hastiados de las supersticiones y del sensualismo de la mayoría de las
religiones de la época. De ahí que algunos no judíos (a veces bastante bien
situados dentro de la estructura social del imperio) adoptaran el judaísmo.
Con todo, las conversiones no fueron demasiado numerosas,
pues los propios judíos no facilitaban las cosas. No sólo no transigían con los
gentiles o con su modo de vida, sino que insistían en la adopción plena y total
de un conjunto de leyes sumamente complejo. Además, insistían en que el Templo
de Jerusalén era el único lugar verdadero de culto y se negaban a admitir que
los conversos participaran en los ritos del culto al emperador.
Así, los conversos del judaísmo quedaban sujetos a un
nacionalismo extranjero, y aislados respecto a su propia sociedad. Después de
la rebelión judía del 66-70, la conversión al judaísmo comenzó a ser
considerada como una traición por muchos romanos, por lo que prácticamente no
se dio más.
En cambio, el cristianismo operaba en circunstancias mucho
menos desventajosas en este sentido, gracias, principalmente, a la labor de un
hombre. Este era Saulo (o Pablo, como se le conoció posteriormente), judío de
Tarso (la ciudad donde Marco Antonio se había encontrado por primera vez con
Cleopatra). Al principio fue ferozmente anticristiano, pero se convirtió y llegó
a ser el más famoso y eficaz de todos los misioneros cristianos.
Se dirigió al mundo gentil y predicó una forma de
cristianismo en el que se habían abandonado la ley y el nacionalismo judíos. En
su lugar propugnaba un universalismo según el cual todos los hombres podían ser
cristianos sin distinción de nacionalidad o de posición social. Ofrecía el
monoteísmo y una elevada moralidad, sin las complicadas restricciones de la ley
mosaica, y los gentiles — en Egipto y en otras partes— comenzaron a afluir hacia
el cristianismo en número sorprendentemente alto.
Sin embargo, a los cristianos también les estaba prohibido
participar en el culto del emperador, por lo que, lo mismo que los judíos en
general, se hacían sospechosos de traición. En el 64, en tiempos de Nerón, los
cristianos de Roma fueron salvajemente perseguidos en represalia por el gran
incendio que destruyó la ciudad y del que fueron hechos responsables (por
supuesto, falsamente). Según la tradición, Pablo fue ejecutado en Roma no mucho
después de comenzar esta persecución.
La obra de Pablo produjo una división en el cristianismo
entre aquellos que persistían en la tradición judía y aquellos que la
rechazaban. La crisis estalló durante la rebelión judía. Los judíos que seguían
las enseñanzas de Cristo eran extremadamente pacifistas. Para ellos el Mesías,
en la persona de Jesús, había llegado ya y esperaban su retorno. Por ello,
participar en la lucha de independencia de Judea en nombre de algún otro mesías
que no fuera Jesús carecía de sentido para ellos. Así pues, se retiraron a las montañas
y no tomaron parte en la guerra. Los judíos supervivientes los tildaron de traidores
y, prácticamente, la conversión de judíos al cristianismo se detuvo.
Por ello, del 70 en adelante, el cristianismo se hizo casi
completamente gentil, y muy distinto del judaísmo. Al penetrar en el mundo
gentil, él mismo resultó influido, aceptando y asimilando las filosofías
griegas y las fiestas paganas —todo lo cual lo separaban aún más claramente del
judaísmo—.
Ya en 95 el emperador romano Domiciano, el hijo menor de
Vespasiano, ordenó ciertas medidas contra los judíos y los cristianos,
pensando, según parece, que eran la misma cosa en el fondo. Esta vez fue quizá
la última en que no se los diferenció convenientemente.
Existía una rivalidad natural entre el judaísmo y el
cristianismo. Los cristianos censuraban a los judíos a causa de su negativa a
reconocer al Mesías en Jesús y debido al papel desempeñado por los funcionarios
judíos en la crucifixión (olvidando, a veces, que los propios discípulos de
Jesús fueron también judíos). Por su lado, los judíos consideraban al
cristianismo como una herejía, y veían con amargura cómo, al tiempo que ellos
sólo conocían desastres, el poder de sus rivales aumentaba progresivamente.
Con todo, la antipatía entre ambas religiones tal vez no
hubiera alcanzado cotas tan altas de no haber sido por la influencia de Egipto.
El cristianismo dio sus primeros pasos en un Egipto que acababa de atravesar
los amargos episodios de los motines de Alejandría y de la rebelión de Cirene.
El sentimiento antijudío en Egipto era más fuerte que en ningún otro lugar del
imperio, y esto pudo contribuir al auge del gnosticismo en la Iglesia
primitiva.
El gnosticismo era una filosofía precristiana que resaltaba
la maldad de la materia y del mundo. Para los gnósticos, el gran Dios
abstracto, que era verdaderamente real, bueno y señor omnipotente de todo lo
existente, era el Conocimiento personificado (en griego gnósis, de donde
proviene la palabra «gnosticismo»).
El Conocimiento, el Saber, se encontraba abruptamente
divorciado del universo —inalcanzable, incognoscible—. El universo ha sido
creado por un dios inferior, un «demiurgo» (de la palabra griega que significa
«el que trabaja por el pueblo» —un gobernante práctico, una especie de ser
terrenal más que un dios divino por encima y más allá de la materia—). Debido a
que la capacidad del demiurgo era limitada, el mundo se torcía hacia el mal,
como todo, incluida la propia materia. El cuerpo humano era el mal, y el alma
debía separarse de él y de la materia y del mundo, en su intento de volver al espíritu
y al Conocimiento.
Algunos gnósticos se sintieron atraídos por el cristianismo,
y viceversa. El dirigente más importante de esta corriente de pensamiento fue
Marción, nacido en Asia Menor y supuesto hijo de un obispo cristiano.
Marción escribió durante los reinados de Trajano y de
Adriano; sostenía que el Dios del Antiguo Testamento era el demiurgo —un ser
malvado e inferior que había creado el universo—. Por otra parte, Jesús era el
representante del verdadero Dios, del Conocimiento. Ya que Jesús no participó
en lo creado por el demiurgo, era un espíritu puro y su forma humana y sus
experiencias fueron tan sólo una deliberada ilusión asumida para cumplir sus
propósitos.
Una versión gnóstica del cristianismo fue durante un tiempo
bastante popular en Egipto, ya que se adecuaba muy bien al sentimiento
antijudío existente en el país, pues hacía del dios judío un demonio, y de las
escrituras algo inspirado por el demonio.
Con todo, el cristianismo gnóstico no duró mucho tiempo,
pues la corriente principal del cristianismo se le oponía firmemente. La
mayoría de los dirigentes cristianos aceptaron al Dios de los judíos y del
Antiguo Testamento como el Dios del que hablaba Jesús en el Nuevo Testamento.
El Antiguo Testamento fue aceptado como escritura inspirada y como introducción
al Nuevo Testamento.
Sin embargo, aun cuando el gnosticismo desapareció, dejó
tras de sí algunas oscuras huellas. En el cristianismo quedaron algunas ideas
referentes al mal del mundo y del hombre, y con ellas, un sentimiento antijudío
más fuerte que antes.
Por si fuera poco, los egipcios nunca abandonaron algún tipo
de visión gnóstica respecto a Jesús. Consecuentemente, interpretaban la
naturaleza de Jesús de tal forma que sus aspectos humanos quedaban minimizados.
Esto no sólo contribuyó a fomentar una agotadora lucha interna entre los
dirigentes cristianos, sino que sería un elemento importante, como tendremos
oportunidad de ver, en la destrucción del cristianismo egipcio.
Otra influencia, aunque más placentera, del pensamiento
egipcio en el cristianismo estaba relacionada con la encantadora Isis, Diosa
del Cielo. Sin duda era una de las diosas más populares, no sólo en Egipto,
sino en todo el Imperio Romano, y no fue difícil transferir la complacencia en
la belleza y gentil simpatía de Isis a la Virgen María.
El importante papel desempeñado por la Virgen en el
cristianismo dio a la religión un cálido toque femenino, que estaba ausente en
el judaísmo, y qué duda cabe que fue la existencia del culto de Isis lo que
facilitó que se añadiera este aspecto al cristianismo.
Y esto resultó aún más fácil dado que, con frecuencia, se
mostraba a Isis con el niño Horus en su regazo (véase pág. 109). En este caso
Horus, sin cabeza de halcón, era conocido por los egipcios como Harpechruti
(«Horus, el Niño»). Se llevaba los dedos a los labios, como un signo infantil
—algo parecido a chuparse el dedo, por así decir—. Los griegos interpretaron el
signo como una petición de silencio, y en su panteón este dios se convirtió en
Harpócrates, el dios del silencio.
La popularidad de Isis y de Harpócrates, madre e hijo, pasó
también al cristianismo, y contribuyó a hacer popular la idea de la Virgen y
del Niño Jesús, que ha captado la imaginación de millones y millones de
personas desde que existe el cristianismo.
La decadencia de los romanos
Los tiempos de Trajano y de Adriano, y de sus sucesores
Antonino Pío y Marco Aurelio, señalaron los momentos culminantes del Imperio
Romano: ochenta años de relativa paz y seguridad.
Pero todo esto terminó. Un hijo de Marco Aurelio, el inútil
Cómodo, accedió al trono en el 180, y fue asesinado en el 192. Con esto el
imperio se vio lanzado a un nuevo período de luchas entre los generales por la
sucesión imperial, como sucedió después de la muerte de Nerón; sólo que esta
vez duró más tiempo y fue mucho más costoso para el imperio.
El más popular de los generales rivales era Pescenio Níger,
que se encontraba en Siria. Inmediatamente ocupó Egipto, el granero de Roma,
como ya había hecho en su día Vespasiano, 125 años antes. En vez de asaltar
Roma, se quedó allí, arropado por su popularidad y seguro sin duda de que la
corona pasaría a sus manos automáticamente en el momento en que Roma comenzase
a sentir la falta de alimentos.
Sin embargo, en Roma se encontraba el aguerrido comandante
de las legiones del Danubio, Septimio Severo. Una vez fortalecida su situación
en la capital, este general se lanzó hacia el Oriente, atrajo a Níger al Asia
Menor y lo derrotó. Y Septimio Severo gobernó como emperador romano.
Su hijo mayor, Caracalla, le sucedió en el trono en el 211,
y al año siguiente, en el 212, promulgó un famoso edicto por el que todos los
habitantes libres del imperio se convertían en ciudadanos romanos. Los egipcios
nativos, que anteriormente no tenían acceso al reducido círculo de la
superioridad romana y griega, se vieron de repente convertidos en ciudadanos
romanos en pie de igualdad con los hombres más orgullosos de Alejandría y Roma.
Algunos egipcios fueron elevados a la categoría de senadores, siendo recibidos
en el Senado romano (que, sin embargo, ya no gozaba de poder político y no era
más que un club social).
Pero los tiempos se estaban poniendo difíciles para Roma.
Una terrible peste había despoblado el imperio en tiempos de Marco Aurelio, y
la decadencia económica estaba muy avanzada. El dinero requerido para gobernar
era cada vez más difícil de recaudar en un imperio cada vez más empobrecido, y
la decisión de Caracalla se inspiró probablemente en algo más que en el puro
idealismo. Había un impuesto sobre el patrimonio aplicable tan sólo a los
ciudadanos, y mediante el edicto de Caracalla se hizo extensible a todos los
hombres libres, obteniéndose así grandes ingresos adicionales.
Caracalla fue el primer emperador, después de Adriano, que
visitó Egipto. Pero las circunstancias eran completamente diferentes. Casi un
siglo antes, Adriano había sido un turista inquieto que viajaba por un imperio
en paz. Caracalla vivió en una época mucho más dura, en la que los enemigos del
norte y del este trataban de forzar las fronteras romanas. En su viaje a las
regiones orientales en guerra se detuvo en Egipto, y no hay duda de que estaba
de muy mal humor.
Bajo la presión del escaso dinero recaudado (situación empeorada
por las guerras) Caracalla puso fin a la subvención estatal a los estudiosos
del Museo de Alejandría.
Quizá esto no estaba completamente desprovisto de
justificación desde el punto de vista de Caracalla. El Museo se encontraba en
decadencia desde hacía un siglo, y después del año 100 había aportado pocas
cosas de valor al mundo. El último científico de alguna importancia que trabajó
en Egipto había sido el astrónomo Ptolomeo (véase pág. 104), y su contribución
consistió sobre todo en resumir la obra de los primeros astrónomos. Quizá
Caracalla pensó que el Museo estaba ya moribundo y que no merecía las sumas
gastadas en él, sumas a las que el decadente imperio no podía hacer frente. Con
todo, la suspensión del apoyo estatal hizo de todo punto improbable la
revitalización del Museo.
La decisión de Caracalla ofendió sin duda a los estudiosos
de todo el mundo, y los historiadores de la época son los más hostiles al
emperador y lo acusan de todos los crímenes y brutalidades imaginables. Se cree
que ordenó el saqueo de Alejandría, y que miles de ciudadanos fueran asesinados
en represalia por una ofensa insignificante. No hay duda ninguna de que esto es
exagerado.
Pero si la ciencia decayó en Alejandría, no sucedió lo mismo
con el saber en sí.
Surgió un nuevo tipo de estudioso, el teólogo cristiano, y
Alejandría, siguiendo este camino, continuó a la cabeza del mundo del
pensamiento.
En el primer siglo posterior a Pablo, el cristianismo se
difundió principalmente entre las clases inferiores y entre las mujeres; es
decir, entre los pobres y entre las gentes sin instrucción. Las clases
instruidas y acomodadas eran refractarias a sus enseñanzas.
Para aquellos que habían sido instruidos en la sutileza
intelectual de los grandes filósofos griegos, las escrituras judías parecían
bárbaras; las enseñanzas de Jesucristo, ingenuas, y los sermones de la gran
mayoría de los cristianos, risibles y propios de ignorantes. La tarea de los
teólogos de Alejandría fue precisamente combatir esta creencia.
Activamente comprometido en este combate estuvo Clemente,
sacerdote nacido en Atenas hacia el 150, y que enseñaba en Alejandría. Era tan
experto en filosofía griega como en doctrina cristiana, y era capaz de
interpretar a esta última en términos de la anterior, de forma que el cristianismo
pareciese respetable (aun cuando no siempre resultase convincente) a los
griegos más inteligentes. Por si fuera poco, reinterpretó la doctrina cristiana
de forma que no se presentase como una doctrina social revolucionaria, y aportó
argumentos para demostrar que los ricos también podían alcanzar la salvación.
Fue, además, una poderosa fuerza contra las agonizantes
doctrinas del gnosticismo.
Naturalmente, Clemente era un griego que llegó a enseñar en
Egipto. Pero había un seguidor suyo, quizá su discípulo, que al parecer, era
realmente egipcio. Se trataba de Orígenes.
Orígenes había nacido en Alejandría en el 185, quizá de
padres paganos, pues su nombre griego significa «hijo de Horus». Al igual que
Clemente, mezcló mucha filosofía griega a su cristianismo, y era capaz de
enfrentarse a los filósofos paganos en pie de igualdad.
Entró en lid contra un escritor griego llamado Celso,
filósofo platónico pagano que había escrito un libro frío y desapasionado
contra el cristianismo. Fue el primer libro pagano que se vio obligado a tratar
al cristianismo seriamente —quizá como resultado de la labor de Clemente—.
Orígenes replicó en un libro titulado Contra Celso, que fue la defensa más
completa y concienzuda del cristianismo que se publicó en los tiempos antiguos.
El libro de Celso no sobrevivió mucho tiempo, pero casi las
nueve décimas partes del mismo se citan en el libro de Orígenes, que sí ha
llegado hasta nosotros. Así pues, gracias a Orígenes conocemos todavía las
opiniones de su adversario.
De este modo Egipto contribuyó de forma muy importante a la
intelectualización del cristianismo y a hacerlo aceptable para los hombres de
formación clásica. En realidad, en los primeros siglos del cristianismo,
Alejandría fue el centro cristiano más importante del mundo.
Pero los tiempos siguieron empeorando. En el 222 llegó a
emperador Alejandro Severo, sobrino nieto de Septimio Severo. Este era un
hombre bondadoso pero débil, dominado por su madre. Fue asesinado en el 235.
Lo que siguió puede describirse como una verdadera orgía de
emperadores. Un general tras otro fue exigiendo el trono, siendo rápidamente
asesinado a continuación por aspirantes rivales o por invasores bárbaros. A
pesar de la impasible valentía de las legiones, se consumía tanta energía en
luchas internas que los bárbaros germanos del norte irrumpían en el imperio y
establecían aquí y allá gobiernos independientes.
Esta fue la oportunidad esperada por Persia.
Este país había experimentado un resurgimiento desde que
Alejandro Magno lo había derrotado seis siglos antes. Después de Antíoco III,
las provincias orientales del imperio seleúcida habían obtenido una
independencia duradera y erigido un reino conocido por los romanos como Partia
(palabra que en realidad es una forma de «Persia»).
Durante tres siglos los romanos se habían enfrentado a
Partia en batallas de resultado dudoso, que a la larga no conseguían nada sino
sangre y ruina para ambos bandos. En el 228, cuando ocupaba el trono Alejandro
Severo, una nueva dinastía tomó el poder en tierras partas; la dinastía se
remontaba a un dirigente persa llamado Sasán. Por ello, la dinastía se llama
sasánida.
En tiempos del caos que en Roma siguió a la muerte de
Alejandro Severo, los persas creyeron llegado su momento y se lanzaron hacia
occidente. En el 260 se encontraron con los ejércitos romanos en Edesa, al este
del Alto Eufrates. Los romanos estaban dirigidos por su emperador, Valeriano.
No sabemos qué ocurrió exactamente, aunque parece ser que
los romanos, mandados de un modo inexperto, cayeron en una trampa y fueron
forzados a aceptar la derrota, y el propio Valeriano fue hecho prisionero. Era
la primera vez en toda la historia de Roma que un emperador era capturado por
el enemigo, y la repercusión de la catástrofe fue terrible. El ejército persa
continuó avanzando orgullosamente por toda Asia Menor.
Y entonces ocurrió algo sorprendente. En Siria, a unas 130
millas de la costa y cerca de la frontera oriental del imperio se hallaba la
ciudad de Palmira, en el desierto.
Esta era un centro comercial que había crecido en paz y
prosperidad en tiempos más tranquilos, cuando el Imperio Romano estaba en su
cenit.
En la época de la derrota de Valeriano, Palmira se hallaba
gobernada por Odenato, dirigente de origen árabe. No tenía intención de cambiar
el relajado y beneficioso dominio de Roma por el más sofocante y quizá más
riguroso dominio persa. Por ello atacó a Persia.
No se enfrentó directamente a los ejércitos persas (que se
hallaban lejos, hacia el oeste), sino que atacó por el este y el sur, hacia
Ctesifonte, la casi desprotegida capital persa. Los airados persas se vieron
obligados a volver sobre sus pasos, y la oportunidad de aplastar a Roma se
esfumó.
Los agradecidos romanos llenaron de títulos a Odenato, y lo
convirtieron casi en un soberano independiente. Pero en aquellos tiempos la
realeza era una profesión insegura y en el 267 Odenato fue asesinado.
A ocupar el lugar vacante se presentó inmediatamente su
esposa Zenobia, una mujer tan ambiciosa y enérgica como Cleopatra. Esta reclamó
todos los títulos de su marido para su hijo y se preparó para obtener el título
imperial de la propia Roma. En el 270 sus ejércitos alcanzaron Asia Menor, y
ese mismo invierno la reina marchó sobre Egipto.
Los sorprendidos egipcios se encontraron frente a un
ejército hostil a las puertas del Sinaí, algo que hacía tres siglos que no
veían, desde que Augusto se había presentado en Egipto. No opusieron ninguna
resistencia.
Una vez obtenido el control del tercio más oriental del
imperio, Zenobia se proclamó a sí misma y a su hijo coemperadores de Roma.
Pero por entonces había un nuevo emperador en Roma:
Aureliano, uno de los más capacitados del período de anarquía. Rápida y
violentamente, éste llevó a su ejército a Asia Menor. Inmediatamente, las
tropas de Zenobia se replegaron a sus bases nacionales, evacuando Egipto. En el
273 Aureliano había acabado totalmente con el ejército de Palmira, había
ocupado la ciudad, y puesto fin a la amenaza. Zenobia tuvo menos suerte que
Cleopatra. Capturada, fue conducida a Roma, para adornar el triunfo de
Aureliano.
Pero Aureliano no había terminado con la captura de Zenobia.
Un rico egipcio, llamado Firmo, aprovechó la confusión para proclamarse
emperador. A la vuelta de Palmira, Aureliano irrumpió en Egipto, tomó
Alejandría y crucificó a Firmo.
Egipto, una vez recuperado del susto provocado por la doble
invasión, la de Zenobia y la de Aureliano, se dio cuenta de que había salido
prácticamente indemne de todo ello, y volvió a sus apacibles costumbres.
Pero algo había desaparecido. En la breve contienda entre
Aureliano y Firmo, habían sido destruidos los edificios del Museo de
Alejandría. El mayor logro de los Ptolomeos —que había durado seis siglos y
había sobrevivido durante tres siglos a la propia dinastía— se había esfumado.
Y, sin embargo, no todo se había perdido. Los innumerables
rollos de papiros de la biblioteca existían todavía, y con ellos el
conocimiento y la sabiduría acumulados de mil años de cultura griega.
13. El Egipto cristiano
Persecución
La expansión del cristianismo en los primeros siglos del
imperio no fue del todo fácil, ni se llevó a cabo sin oposición. Había varias
religiones que competían entre sí: el culto imperial oficial, las religiones
mistéricas griegas, y los ritos egipcios de Serapis y de Isis. Todos ellos
existían ya, y continuaron existiendo.
La más influyente de todas ellas era el mitraísmo, una
religión de origen persa que era, en la práctica, una forma de culto del sol.
Sus primeras manifestaciones comienzan a aparecer en Roma en tiempos de Augusto
y de Tiberio. Un siglo más tarde, en tiempos de Trajano y de Adriano, llegó a
ser verdaderamente prominente, y quizá la más popular de las nuevas religiones.
Quien observase el Imperio Romano hacia el 200, podía creer fácilmente que si
había una religión que iba a predominar en el futuro en Roma, ésta era el mitraísmo,
y no el cristianismo.
Pero el mitraísmo tenía un inconveniente fatal. Sólo los
hombres podían participar en sus ritos. Las mujeres, al verse excluidas, solían
volverse hacia el cristianismo, y eran éstas las que criaban a los niños e
influían en ellos cuando se trataba de elegir una religión.
También se daba una fuerte competencia entre versiones
consolidadas de las viejas filosofías griegas, y en esto desempeñó un papel
importante Plotino, de origen egipcio. Había nacido en el 205 en Licópolis,
ciudad a sólo cincuenta millas al sur del lugar donde una vez se levantó la
desventurada ciudad de Ijnaton, en tiempos de Ajetaton.
Estudió en Alejandría y elaboró un sistema filosófico basado
en las enseñanzas del filósofo ateniense Platón, pero que iba a ampliarse, en
buena medida, en la dirección de las nuevas religiones: se trataba, en efecto,
de algo así como una fusión entre la racionalidad griega y el misticismo
oriental, una fusión que se llamaría neoplatonismo y que habría de convertirse
en la más popular e importante de las filosofías paganas en los dos siglos
siguientes.
De todas las religiones y filosofías del imperio, el
cristianismo era la más exclusivista, si pasamos por alto al judaísmo, que
hacia esta época había perdido mucha importancia. Las demás religiones carecían
de verdaderos deseos de imponerse por la fuerza a los demás, conformándose con
competir deportivamente en el mercado libre de las ideas. En oposición a todas
ellas se hallaba el cristianismo, que rechazaba todo compromiso y que se
consideraba la única religión verdadera, enfrentada a un hato de falsedades
inspiradas por el diablo.
Era profundamente irritante para los no-cristianos el hecho
de que la hostilidad de los cristianos no impedía a éstos apropiarse de lo que
estimaban útil en otras religiones.
Así, el mitraísmo celebraba el 25 de diciembre como día del
nacimiento del sol, que era una fiesta popular y alegre. Los cristianos la
adoptaron como día del nacimiento del Hijo, y lo convirtieron en la Navidad. El
cristianismo adoptó también como propio mucho de lo que en realidad era
neoplatónico.
Además, los cristianos de los primeros tiempos del Imperio
Romano eran profundamente pacifistas, y rehusaban combatir por la causa de
emperadores paganos (en especial porque, como soldados, se les exigía que
participasen en el culto del emperador).
Por su parte, sostenían que sólo si el imperio se convertía
al cristianismo, la guerra desaparecería y se instauraría la sociedad ideal.
Todo esto hizo a los cristianos extremadamente impopulares
para los fieles de las demás religiones (que solemos meter en el mismo saco con
el nombre de «paganos»).
Ya había habido persecuciones de cristianos en los primeros
tiempos, sobre todo bajo Nerón y Domiciano, pero habían sido relativamente
breves y no demasiado duras.
Ahora, en el período de caos que siguió al asesinato de
Alejandro Severo, cuando el imperio se halló enfrentado a graves problemas, se
intensificó la búsqueda de una cabeza de turco, y nadie mejor, para ello, que
un grupo de extremistas impopulares que predicaban ideas pacifistas radicales.
Alrededor del 250, el emperador Decio ordenó la primera
persecución total y general de cristianos, extendida a todo el imperio, por lo
que durante casi un decenio los cristianos atravesaron una gravísima crisis.
Dos cosas los salvaron.
En primer lugar, que los cristianos estaban tan
fanáticamente convencidos de la verdad absoluta de sus creencias que muchos se
mostraban dispuestos a morir por ellas, seguros de merecer la felicidad eterna
en el cielo a cambio de una muerte como mártir en la tierra. La firme actitud
de numerosos cristianos al hacer frente a la tortura y a la muerte era algo
impresionante, y muchos de los testigos presenciales debieron de convencerse, sin
duda, del valor de una creencia que llevaba la lealtad a tales extremos. No hay
duda de que las persecuciones hicieron más cristianos de los que mataron.
En segundo lugar, que las persecuciones no duraron el tiempo
suficiente ni se llevaron a cabo tan completamente como para exterminar al
cristianismo. Siempre, a un emperador perseguidor le sucedía otro más moderado,
y, siempre, el trato duro en determinada provincia se compensaba con una
relativa flexibilidad en otra.
Así, en el 259, Galieno se convirtió en emperador. Era
discípulo de Plotino, que entonces enseñaba en Roma, y el neoplatonismo
predicaba la tolerancia. Plotino creía que la verdad no debía ser impuesta por
la fuerza, y que la falsedad podía combatirse con argumentos razonados. De ahí
que la presión sobre el cristianismo se aliviase.
Con todo, el decenio de persecuciones dejó su marca. Muchos
obispos fueron asesinados y, en Alejandría, Orígenes fue tratado con tal
violencia que, aunque no murió, su salud se vio afectada seriamente. Se retiró a
Tiro, donde murió en el 254.
Asimismo, a un período de relajamiento seguía siempre otro
de renovadas persecuciones, y durante casi cien años los cristianos no pudieron
sentirse realmente seguros. En Egipto se dio una respuesta a este período de
persecuciones que introdujo un nuevo elemento en el modo de vida cristiano.
La respuesta fue el retiro.
Existía ya un precedente. El judaísmo había tenido siempre
una veta ascética, y la austeridad que algunos creían necesaria para honrar
mejor a Dios era más fácil de observar alejándose de las tentaciones del mundo.
Hubo judíos que se retiraron al aislamiento para poder llevar una vida de
frugalidad y renuncia, consagrada a la adoración de Dios. Los retiros se
efectuaban en solitario, como hizo Elias en el siglo IX a. C, o en grupos y
comunidades, como en el caso de los esenios en tiempos de Roma.
Durante las persecuciones estos ejemplos atrajeron la
atención de los cristianos.
En efecto, el retiro de Elias se debió en parte a su deseo
de salvarse de las persecuciones de Jezabel, reina de Israel, y los esenios
hallaron la salvación en el aislamiento cuando los Macabeos, los Herodes y los
romanos hicieron difícil la vida para las sectas judías más estrictas.
¿Por qué no habían de retirarse los cristianos, pues? El mundo
era perverso; era mejor abandonarlo. Vivir en el mundo significaba estar
expuesto continuamente a las torturas de los perseguidores paganos y a la
constante tentación de abandonar el cristianismo para salvar la vida. En el
desierto se podía estar solo para salvar el alma.
La situación era tal en Egipto que el retiro solitario
resultaba más atractivo que cualquier otra cosa. El desierto no estaba lejos,
era solitario y se vivía en paz, y en él no había fríos inviernos, ni
aparatosas tormentas o ventiscas. La vida podía resultar sencilla y sin
problemas.
El primero de los que decidieron retirarse fue un egipcio
llamado Antonio. Había nacido hacia el 250, y al llegar a los veinte años,
decidió emprender una vida ascética. En el 285 llegó a la conclusión de que
ésta sólo podía llevarse a la práctica lejos de las continuas tentaciones de la
vida social, y se retiró al desierto.
La fama de su santidad y piedad comenzó a ser conocida y
muchos decidieron imitarlo. Cada año cierto número de personas huía del mundo
pagano para ir al encuentro de Dios cristiano en el desierto egipcio, que
pronto se vio salpicado por numerosas ermitas solitarias en las que los
ermitaños practicaban una vida austera. Sin embargo, ninguno superó la fama de
Antonio, y se multiplicaron las leyendas sobre las tentaciones a que se veía
sometido por el demonio y de las que salía siempre triunfante. Se cree que llegó
a la avanzada edad de ciento cinco años.
Antonio fue el primer monje cristiano, palabra que deriva
del término griego que significa «solo», o «ermitaño», que deriva a su vez de
otra palabra griega que quiere decir «desierto». La palabra siguió aplicándose
a aquellos que se retiraban del mundo, aun cuando lo hiciesen de forma
comunitaria y ya no estuviesen «solos».
Antonio puede ser considerado, así, como uno de los que
contribuyeron a fundar la institución del »monacato», que iba a desempeñar un
papel tan importante en la futura historia del cristianismo —y así, una vez
más, otro aspecto del cristianismo tuvo su origen en Egipto—.
Los arrianos
El Imperio Romano recibió una nueva inyección de vida cuando
un rudo y competente soldado, Diocleciano, se convirtió en emperador en el 284.
Consiguió reparar la maquinaria del imperio, abolió los restos del antiguo
sistema republicano, al que Augusto y sus sucesores habían otorgado una
importancia de boquilla. En su lugar, instauró una monarquía absoluta.
Por si fuera poco, Diocleciano eligió un coemperador, y
tanto él como su asociado en el poder eligieron a su vez a dos «cesares» como
asistentes. Así pues, había cuatro individuos que se repartían los deberes
administrativos y militares del imperio.
Diocleciano, preocupado por la amenaza persa, se asignó las
provincias asiáticas y Egipto, que quedaron bajo su directo control, y fijó su
capital en Nicomedia, ciudad del Asia Menor noroccidental.
Pero los malos hábitos del período de crisis persistieron.
Los generales seguían pensando que podían ser aclamados emperadores por sus
tropas cada vez que les viniese en gana. En Egipto, un general llamado Aquileo
se hizo proclamar emperador en el 295.
Como se trataba del territorio de Diocleciano, éste se puso
a la cabeza de un ejército con el que se dirigió a Egipto. Alejandría fue
asediada durante ocho meses. Finalmente fue tomada y Aquileo ejecutado.
En el 303 Diocleciano dio comienzo a la última y, en cierto
sentido, más dura persecución general de los cristianos, continuada por el
sucesor de Diocleciano en el este, Galerio, y, en menor grado, por su sucesor,
Licinio.
En la mitad occidental del imperio los gobernantes mostraban
una mayor simpatía hacia los cristianos. En el 306, Constantino I logró hacerse
con el dominio de ciertas partes de la mitad occidental del Imperio. Su poder
fue creciendo gradualmente hasta el 312, en que pudo controlar totalmente la
mitad occidental. Constantino era un político astuto y pronto se percató de que
si obtenía el apoyo de los cristianos (que ya formaban una fuerte minoría
dentro de la población, y que era, además, con mucho, la más activa y ruidosa)
su camino hacia el poder se vería allanado. Así pues, consiguió obligar a
Licinio, que en ese momento controlaba la mitad oriental del imperio, a unirse
a él y aceptar un «Edicto de Tolerancia» por el que se concedía igualdad de
derechos a todas las religiones.
Licinio no tenía en gran concepto al edicto, pero en el 324
fue derrotado finalmente por Constantino I que, como había planeado, gozaba del
apoyo pleno y entusiasta de los cristianos del imperio. Faltaba todavía medio
siglo para que la victoria cristiana fuera total, pero el período de las
grandes persecuciones había pasado. (Trece años más tarde, ya en su lecho de
muerte, Constantino I permitió que lo bautizaran, por lo que se convirtió en el
primer emperador cristiano).
Pero si el peligro de las persecuciones había pasado,
existía el de las querellas internas. Siempre había habido diferencias de
opinión entre los cristianos, e incluso las epístolas de San Pablo, escritas en
los primeros años del cristianismo, tuvieron que ocuparse de estas diferencias.
Sin embargo, mientras el cristianismo como tal estuvo en peligro constante
debido a las persecuciones, tales diferencias no pasaron de las palabras.
Pero cuando los emperadores romanos se convirtieron al
cristianismo, cabía la posibilidad de que tomasen partido por una u otra de las
facciones, con lo que la facción marginada se las tendría que ver con el poder
del Estado. Así, si los cristianos en general ya no eran perseguidos por los
paganos, ciertos cristianos continuaron siendo perseguidos por otros
cristianos.
Alejandría, como centro importante del pensamiento
cristiano, desempeñó un notable papel en estas disputas internas. Así fue, por
ejemplo, durante el reinado de Constantino I, cuando se produjo una agria
disputa sobre el problema de la naturaleza de Cristo. El problema se refería a
si Cristo tenía un aspecto divino o no. Una de las posturas, que podemos llamar
unitaria, sostenía que Jesús no era en absoluto un ser divino, que sólo había
un Dios, el Dios del Antiguo Testamento. Jesús era un ser creado, como todo lo que
existe en el universo menos Dios. Jesús podía ser el más grande y el mejor de
los hombres, el más santo de los profetas, el maestro de inspiración más
divina, pero aun así no era Dios.
La segunda postura mantenía que Cristo tenía tres aspectos,
todos ellos iguales entre sí y que habían existido siempre: el Padre, aspecto
que se manifestó especialmente en la Creación; el Hijo, aspecto que se
manifestaba a través de la forma humana de Jesús, y el Espíritu Santo, que se
había manifestado varias veces a través de hombres normales, a quienes había
inspirado acciones de las que habrían sido incapaces sin ayuda divina.
Los tres aspectos de Dios se denominan Trinidad, y la
creencia en estos tres aspectos iguales se denomina trinitarismo.
El principal defensor de la postura unitarista era un
sacerdote de Alejandría llamado Arrio. Tan firme era su postura que esta
creencia se conoce con el nombre de arrianismo, y quienes la defienden toman el
nombre de arrianos.
Pese a que su más firme defensor era alejandrino, el reducto
más importante de arrianismo en tiempos de Constantino I fue el Asia Menor. En
Egipto se conservaba todavía el recuerdo del gnosticismo, según el cual Jesús
era espíritu, no-materia (véase pág. 111). ¿Cómo podía ser, pues, totalmente
humano? Tenía que ser por: igual divino y humano.
Si embargo, la mayoría de los sacerdotes de Alejandría eran
trinitaristas, y Alejandro, obispo de Alejandría, era objeto de constantes
presiones para que actuara con fuerza contra el molesto sacerdote. En el 323 Alejandro
convocó una reunión de obispos (un «sínodo»), en la que se condenó oficialmente
la postura arriana, pero Arrio rehusó aceptar la decisión.
Eran precisamente los tiempos en que Constantino comenzaba a
ser preponderante en todo el Imperio, y hubo intento de llamar su atención
sobre el problema. (Los obispos podían denunciar, pero era el emperador quien
disponía de un ejército que podía forzar la aplicación de la denuncia).
Constantino estaba ansioso de poder llevar la voz cantante en el asunto. El no sabía
nada de las ideas teológicas que intervenían en la disputa, ni le interesaban,
pero comprendía perfectamente cuáles podían ser los peligros políticos.
Dependía de los cristianos del imperio, que le daban su apoyo, pero sólo a cambio
de su actitud pro-cristiana. Ahora bien, si los cristianos comenzaban a pelear
entre sí, su apoyo perdería eficacia. Además, sus oponentes políticos podrían
siempre ofrecer su apoyo a una de las facciones, prometiéndole la supresión de
la otra.
Por ello, en el 325, Constantino I convocó una gigantesca
reunión de obispos en la ciudad de Nicea, a unas treinta y cinco millas al sur
de su capital, Nicomedia, a quienes ordenó que resolvieran la cuestión de una
vez por todas. Fue éste el primer «Concilio ecuménico» —es decir, el primero «a
escala mundial»—, al participar en él obispos de todo el Imperio, y no sólo de
una o dos provincias.
La disputa quedó zanjada, al menos sobre el papel. El
Concilio votó la adopción de una fórmula («la doctrina de Nicea») a la que
todos los cristianos debían adherirse, que aceptaba el trinitarismo. Arrio y
muchos de los más inveterados arrianos fueron enviados al exilio.
Teóricamente, el punto de vista trinitarista fue aceptado
por toda la Iglesia, por la Iglesia universal o, para usar el término griego
que significa «universal», por la Iglesia católica. Por ello se llama católicos
a los que apoyaron el trinitarismo y se considera al arrianismo como una
herejía (un sector minoritario, cuyas opiniones no han sido aceptadas
oficialmente por la Iglesia).
En el 325, pues, Alejandría parecía haber alcanzado un nuevo
momento cumbre.
La propia Roma le estaba a la zaga. El medio siglo de caos
político que había precedido a la subida al poder de Diocleciano había llevado
a la ciudad de Roma a un serio declive en su riqueza y prestigio. En el 271
Aureliano se vio obligado a construir murallas alrededor de Roma —lo que
significaba una tácita admisión de que la ciudad ya no estaba tan a salvo como
antes de sus enemigos.
Luego, cuando Diocleciano fijó su capital en Nicomedia, Roma
perdió algo más de su prestigio, pues no era ya la sede del emperador. Pero
tampoco Nicomedia se benefició gran cosa: pese a la presencia del emperador,
esta ciudad siguió siendo una ciudad de provincia de segunda fila.
Esto dejó a Alejandría sin rival. Esta era la gran ciudad
del imperio, el centro que irradiaba influencia, la cabeza de la teología
cristiana, la fuerza que respaldaba la victoria trinitarista de Nicea. Nunca,
desde los tiempos de Ptolomeo III, seis siglos antes, había parecido tan grande
el dominio de Alejandría y Egipto sobre el mundo.
Constantinopla
Y entonces Constantino I tomó una decisión que asestó un
tremendo golpe a la posición de Alejandría: decidió crear una nueva capital. El
lugar elegido estaba situado en la orilla europea del Bósforo, el angosto
estrecho que separa a Europa de Asia menor, y en el que se levantaba la ciudad
griega de Bizancio desde hacía casi mil años.
Constantino tardó cuatro años en construir su nueva capital,
no escatimando esfuerzo alguno para que fuera todo lo amplia, pródiga, lujosa
que pudiera ser; saqueando las obras de arte de las ciudades del imperio para
llevarlas a la nueva capital; alentando a la burocracia y aristocracia de Roma
para que se instalase en la «nueva Roma». En el 330 la ciudad, dedicada al
emperador, se denominó Constantinopla (la «ciudad de Constantino»). Súbitamente
Alejandría se encontró desplazada de nuevo a un segundo lugar, pues la nueva
ciudad se enriqueció pronto, aumentando su esplendor y población, y pronto se
convirtió en lo que iba a seguir siendo durante casi un milenio: la mayor
ciudad del mundo cristiano.
La situación de Alejandría se hizo más insoportable que en
el pasado. Ser segundona respecto de Roma, que era una ciudad no griega, cuyo
renombre le había venido de la guerra más que de la ciencia, del músculo más
que de la inteligencia, era una cosa; serlo respecto de Constantinopla —también
griega— era otra.
En buena medida la querella religiosa que se produjo
posteriormente se agudizó debido a la rivalidad entre las dos ciudades. Y esto
fue así sobre todo por lo que se refiere a la controversia arriana, que,
después de todo, no había quedado zanjada en Nicea.
Los arrianos habían sido derrotados en Nicea, pero no
eliminados. Cierto número de obispos continuaban predicando el arrianismo en
Asia Menor. Destacaba entre ellos Eusebio, obispo de Nicomedia, antigua sede de
la corte de Constantino antes del establecimiento de la capital en
Constantinopla.
Eusebio gozaba de la confianza de la corte, y su influencia
sobre Constantino y otros miembros de la familia real crecía sin cesar. Pronto
Constantino hubo de lamentar el modo en que había concedido plena libertad a
los obispos de Nicea. Vio claramente que la decisión de los obispos no había
resuelto los problemas ni influido en la cristiandad en general. En realidad,
la mayor parte de los cristianos del Asia Menor, la provincia más próxima a la
sede imperial, seguía siendo arriana, y Constantino no quería enfrentarse a la mayoría.
En el 335, pues, convocó un sínodo de obispos, no un
concilio ecuménico, en Tiro, y les hizo variar la decisión de Nicea. Arrio
volvió a ocupar su puesto (aunque murió antes de que la orden fuese cumplida),
y el arrianismo vio aumentar de golpe su poder.
Pero tampoco entonces se puso fin al catolicismo, con una
simple decisión de un grupo de obispos. Quedaba Alejandría.
Diez años antes había participado en el Concilio de Nicea,
como secretario privado del obispo Alejandro de Alejandría, un joven sacerdote,
Atanasio. En el 328 sucedió a Alejandro en el cargo de obispo, y rápidamente se
convirtió en el más vocinglero y formidable de los defensores de la doctrina
trinitaria del catolicismo. A causa de la decisión del sínodo de Tiro, Atanasio
fue desterrado, pero ni aun así se logró acallar su voz, que, incluso desde el
exilio, hablaba con el peso y la influencia no sólo de Alejandría, sino de todo
Egipto.
Al morir Constantino I en el 337, le sucedieron sus tres
hijos, a quienes se confió el gobierno de diversas partes del imperio. Constancio
II, su segundo hijo, gobernaba en el este. Era un arriano convencido y radical,
y en el 339 nombró a Eusebio, arriano por excelencia, obispo de Constantinopla.
Naturalmente, Eusebio y sus sucesores en el cargo, como obispos de la capital
de la cristiandad, estimaron que tenían todos los derechos para considerarse a
sí mismos cabeza de la Iglesia. (Este mismo punto de vista sostenía, por las mismas
razones, el obispo de Roma, y la controversia entre ambos llevó, finalmente, a una
escisión entre los cristianos que ha durado hasta hoy en día).
Eusebio y Atanasio, por tanto, no estaban separados tan sólo
por una disputa doctrinal, sino por una verdadera lucha por el poder. Mientras
Constancio II reinó, Atanasio siguió en el exilio la mayor parte del tiempo. En
el 353, una vez muertos los hermanos de Constancio II y derrotados o asesinados
los demás pretendientes al trono, el vencedor gobernó en solitario sobre todo
el imperio, y parecía que la victoria del arrianismo era total.
Pero Constancio no podía vivir eternamente. Murió en el 361
y le sucedió su sobrino Juliano, quien, pese a su educación cristiana, se
declaró pagano. Decretó una completa libertad religiosa en el imperio, en parte
por idealismo, y en parte porque creía que el mejor modo de acabar con el cristianismo
era permitir que las distintas sectas se despedazasen entre sí sin
impedimentos.
Pero las cosas no ocurrieron como Juliano había esperado. Su
reino duró menos de dos años, muriendo en una batalla contra los persas, en el
363. Por añadidura, las distintas sectas cristianas, sacudidas por el repentino
resurgir del paganismo, acallaron sus querellas y tendieron a unirse contra el
enemigo común.
El breve reinado de Juliano, sirvió, sin embargo, para
romper el predominio de los arrianos. Bajo el edicto de Juliano los obispos
católicos pudieron volver del exilio y ocupar de nuevo sus puestos. Incluso
Atanasio retornó, como obispo de Alejandría (aunque no por mucho tiempo). Una
vez que los católicos se hubieron instalado de nuevo en el imperio, fue muy
difícil apartarlos, pues los emperadores posteriores nunca llegaron a ser tan
acérrimos del arrianismo como lo había sido Constancio II.
Para la época en que murió Atanasio, en el 373, el
catolicismo se encaminaba ya hacia la victoria. Y ésta llegó en el 379, cuando
Teodosio I, católico tan convencido de su fe como lo había sido el arriano
Constancio II, se convirtió en emperador. En el 381, Teodosio convocó un
segundo concilio ecuménico, esta vez en Constantinopla.
El arrianismo fue declarado de nuevo fuera de la ley, y esta
vez todo el poder del Estado respaldaba la decisión. Se les prohibió reunirse a
los arrianos y a los miembros de las demás sectas heréticas, y se les
confiscaron sus iglesias. Había acabado la libertad religiosa para todos los
cristianos menos aquellos que adherían a la postura oficial de la Iglesia
católica.
Alejandría había vencido de nuevo, y esta vez sobre la
propia Constantinopla, al menos dentro de los límites del imperio. (El
arrianismo subsistió por lo menos durante tres siglos en el seno de algunas
tribus germánicas, que pronto comenzarían a inundar los dominios del imperio).
Teodosio I se mostró tan duro con los restos de paganismo
como lo había sido con los herejes cristianos. En el 382, el coemperador de
Teodosio en el oeste, Graciano, había derruido el altar de la victoria pagana
que se hallaba en el Senado, puesto fin a la institución de las vírgenes
vestales, que habían cuidado la llama sagrada durante más de mil años, y
abolido el título sacerdotal pagano de Supremo Pontífice. Asimismo, en el 394, Teodosio
acabó con los Juegos Olímpicos, que habían perdurado casi mil doscientos años como
uno de los grandes festejos religiosos de los griegos paganos. Más tarde, en el
396, invasores bárbaros (que, por cierto, eran arrianos) destruyeron el templo
de Ceres, junto a Atenas, y pusieron fin a los Misterios de Eleusis, la
religión mistérica más venerada por los griegos.
De todos modos, y de alguna forma, subsistieron unos cuantos
pobres restos de paganismo. En Atenas, filósofos paganos impartían sus
lecciones ante auditorios cada vez menos nutridos en la Academia, la escuela
que había fundado Platón muy poco tiempo después del final de la Edad de Oro
ateniense.
Tampoco se esfumaron las ancestrales religiones egipcias.
Paulatinamente, la población egipcia había ido sustituyendo a Osiris por Jesús
y a Isis por María, y a sus numerosos dioses por los numerosos santos. Los
viejos templos fueron olvidados o convertidos en iglesias. Que el paganismo
estaba sentenciado se vio más claramente en el 391, cuando el Serapeum mismo
fue destruido en Alejandría, por orden imperial, tras seis siglos de
existencia.
Alejandría lo iba a pasar aún peor. El último filósofo
pagano de importancia que enseñaba en Alejandría fue Hipatia, una mujer.
Cirilo, obispo de Alejandría desde el 412, la consideraba un peligro, en parte,
por su popularidad, que atraía a numerosos estudiantes a escuchar sus lecciones
sobre filosofía pagana, y en parte, porque era amiga de uno de los funcionarios
seculares de Egipto, funcionario con el que Cirilo no se llevaba bien.
Se cree que fue por instigación de Cirilo que un grupo de
monjes mató brutalmente a Hipatia en el 415 y luego destruyó gran parte de la
biblioteca de Alejandría.
El modo en que ciertas facciones de la Iglesia despreciaban
y denigraban el saber mundano fue una ominosa primicia del oscurantismo que
pronto se abriría paso y del cual le iba a ser tan difícil salir a la
humanidad.
Sin embargo, aun en tiempos de Cirilo, subsistió una pequeña
porción de la antigua religión.
Lejos, en el sur, junto a la Primera Catarata, en la isla de
Filé, Nectanebo II, último rey nativo de Egipto, había construido un templo
dedicado a Isis, seis siglos antes. Había sido reconstruido por Ptolomeo II
Fidalelfos y reparado de nuevo en tiempos de Cleopatra.
Allí, en tanto que el mundo se hacía cristiano, podía
admirarse todavía la pálida sonrisa de la Reina de los Cielos y se ejecutaban
aún los viejos ritos en secreto, lejos del centro del poder cristiano.
Los monofisitas
Pero Alejandría siguió siendo la gran rival de
Constantinopla, y la porfía religiosa continuó entre ambas ciudades.
Por ejemplo, en el 398, Juan Crisóstomo fue nombrado obispo
de Constantinopla.
Su segundo nombre, que en griego significa «boca de oro», le
fue adjudicado poco después de su muerte, en recuerdo de su elocuencia.
Dicha elocuencia fue empleada sin piedad en la denuncia del
lujo y de la inmoralidad, de la que no se salvó nadie, ni siquiera la propia
emperatriz. Irritada, ésta decidió desterrar a Crisóstomo, y en esta tarea
halló un aliado natural en Teófilo, entonces obispo de Alejandría y predecesor
de Cirilo. Juntos, aunque con algunas dificultades, consiguieron su propósito,
y Crisóstomo murió en el exilio. Alejandría triunfaba de nuevo.
Con todo, esto no pasó de ser una cuestión de
personalidades, pero otras disputas de naturaleza doctrinal, más peligrosas,
iban a involucrar a ambas ciudades.
En el 428, en tiempos del emperador Teodosio II, Nestorio,
sacerdote de origen sirio, se convirtió en obispo de Constantinopla. Bajo este
emperador los arrianos y los herejes del pasado fueron condenados nada menos
que a la pena de muerte —pero ¿qué sucedía con las nuevas herejías?—.
El propio Nestorio provocó una nueva disputa sobre la
naturaleza de Jesucristo.
Ahora que el arrianismo había sido derrotado en toda la
línea, se daba por sentado que Jesús tenía aspecto divino, pero restaba aún un
aspecto humano, y el problema surgió acerca de cómo podían relacionarse estos
dos aspectos.
Nestorio parece haber predicado la doctrina de que ambos
aspectos eran completamente distintos y de que María sólo era la madre del
aspecto humano, y no del aspecto divino. Se la podía llamar Madre de Cristo,
pero no Madre de Dios. Según este punto de vista, que se llamó nestorianismo,
Jesucristo parece casi un ser humano en el que hubiera arraigado un aspecto de
Dios, utilizando al ser humano como instrumento.
Esto significaba, cuando menos, un parcial retroceso hacia
el arrianismo, y de nuevo fue Alejandría la que acaudilló la lucha contra esta opinión.
Cirilo de Alejandría era un enemigo inflexible. Teodosio II convocó un concilio
ecuménico en el 431, que se celebró en Efeso, ciudad de la costa del Asia
Menor. Fue un concilio turbulento, controlado en distintos momentos por
diferentes grupos de obispos. Pero, en líneas generales, fue Cirilo quien
dominó sus sesiones, y las opiniones de Nestorio fueron condenadas y puestas
fuera de la ley. El propio Nestorio fue depuesto de su cargo y desterrado al
Alto Egipto.
Por tercera vez, en tres concilios ecuménicos sucesivos,
Alejandría resultaba vencedora.
Pero el nestorianismo continuó existiendo en Asia Menor y en
Siria y, finalmente, cuando la oposición oficial se hizo demasiado fuerte como
para poder resistirla, sus seguidores se exiliaron a Oriente, a Persia. Y, con
el tiempo, contribuirían a la difusión de la cultura griega hasta confines tan
remotos como China.
Pero por aquel entonces un sacerdote de Constantinopla
llamado Eutiques, pasó a sostener la opinión opuesta. Afirmaba que Jesucristo
tenía una sola naturaleza, absolutamente divina, que absorbía totalmente a la
humana. Esto se considera el acto fundacional del «monofisismo» (palabra griega
que significa «una naturaleza»), que obtuvo una considerable audiencia en
Egipto, pero que fue rechazado en Constantinopla.
Cirilo de Alejandría murió en el 444, y su sucesor tuvo
creencias acendradamente monofisitas. La disputa se fue haciendo tan seria y
peligrosa como lo había sido la cuestión arriana un siglo antes, y Teodosio III
no supo cómo enfrentarse al problema.
Sin embargo, Teodosio III murió en el 450, y su sucesor
Marciano, era un acérrimo defensor de la doctrina de las dos naturalezas.
Convocó, pues, un nuevo concilio ecuménico, el cuarto, en el 451, en
Calcedonia, suburbio de Constantinopla en el lado asiático del estrecho.
Aquí, por fin, perdió Alejandría. La doctrina de la doble
naturaleza, defendida por Constantinopla y Roma, se convirtió en parte del
dogma católico, y la doctrina monofisita de la única naturaleza fue declarada
herética. Eutiques fue desterrado.
Aun así, Alejandría no aceptó su derrota de buena gana.
Tercamente siguió apegada al monofisismo, tanto más porque Constantinopla se
oponía a él.
La desunión religiosa del imperio (que persistió pese a la
celebración de sucesivos concilios ecuménicos) se hizo aún más peligrosa a
causa de los desastres militares que sacudieron al imperio tras la muerte de
Teodosio I.
Tras su muerte, le sucedieron sus dos jóvenes hijos, uno en
Oriente, otro en Occidente, y a partir de este momento, el imperio ya no
volvería a estar completamente unido. En la práctica hubo dos mitades, que por
lo general se denominan Imperio Romano de Oriente e Imperio Romano de
Occidente. Teodosio II y Marciano, que presidieron el tercero y el cuarto
concilios ecuménicos, respectivamente, fueron emperadores romanos de Oriente.
Naturalmente, Egipto formó parte del Imperio Romano de Oriente.
Fue el Imperio Romano de Occidente el que sufrió la primera
embestida del desastre. En el siglo siguiente a la muerte de Teodosio I, los
hunos y diversas tribus germánicas avanzaron y retrocedieron por las provincias
europeas del imperio. Una tribu germana, los vándalos, cruzó incluso el
estrecho de Gibraltar, penetró en África, y estableció un reino cuyo centro
estuvo alrededor de Cartago. Algunas de las provincias del Imperio Romano de
oriente fueron invadidas también, temporalmente. Sin embargo, Egipto siguió
intacto, siendo la única provincia que permaneció enteramente en paz durante
este siglo lleno de catástrofes.
En el 476, el Imperio Romano de Occidente llegó a su fin, en
el sentido de que el último emperador reconocido como tal fue depuesto.
Sin embargo, el Imperio Romano de Oriente siguió intacto, e
incluso pareció que iba a recuperar todo lo perdido. En el 527 subió al trono
un emperador fuerte y capacitado, Justiniano, que envió a sus ejércitos hacia
Occidente, para recuperar las provincias ocupadas por los bárbaros.
Los ejércitos romanos lograron destruir el reino vándalo del
norte de África, añadiendo estos territorios al Imperio Romano de Oriente.
También Italia fue reconquistada, y parte de España. Por un momento pareció
que, como en la época de Aureliano, dos siglos y medio antes, podría hacerse
retroceder a la marea bárbara.
Aun así, las conquistas en la mitad occidental del imperio
agudizaron los problemas de Justiniano relacionados con la religión. Justiniano
era un ferviente católico y bajo su reinado desaparecieron los últimos
vestigios del paganismo. En el 529 cerró la Academia de Atenas, después de casi
nueva siglos de existencia, y los afligidos filósofos se exiliaron a Persia.
Fue también en este siglo cuando se cerró definitivamente el templo de Isis en
Filé, muriendo la antigua religión egipcia, casi cuatro mil años después de la época
de Menes. Asimismo, Justiniano combatió encarnizadamente a los judíos y a las herejías
del pasado.
Pero ¿qué ocurrió con los monofisitas? El monofisismo se
había hecho cada vez más fuerte en Egipto y en Siria, y Justiniano se sentía
atormentado. Su esposa manifestaba fervientes simpatías hacia el monofisismo,
que él no compartía. Además, sus nuevas conquistas en Occidente eran
inamoviblemente antimonofisitas y reclamaban medidas firmes contra le herejía.
Justiniano no deseaba hacer nada que le enajenase la lealtad
de las provincias occidentales, reconquistadas tan recientemente, y con tantas
dificultades, pero tampoco quería que se debilitase su dominio sobre las
importantes y ricas provincias de Egipto y Siria.
En el 553 convocó el quinto concilio ecuménico, celebrado en
Constantinopla, en el que trató de apaciguar de alguna manera a los monofisitas
y conseguir alguna forma de unión. Se utilizó el poder imperial para persuadir
a los obispos de Alejandría y de Roma de que aceptaran las decisiones del
concilio, pero esto no consiguió mejorar las cosas. El núcleo principal de
cristianos de Occidente y el núcleo principal de cristianos de Egipto y de
Siria se oponían a cualquier compromiso.
En verdad, los esfuerzos de Justiniano sirvieron para
promover al monofisismo al rango de movimiento nacional en Egipto y en Siria.
Por ejemplo, en Egipto, donde los griegos de Alejandría y de otros lugares se
aproximaron a la postura de Constantinopla por presiones imperiales, los
egipcios se adhirieron más fuertemente al monofisismo.
Comenzaron incluso a utilizar su propio idioma (con
caracteres tomados del griego) en sus plegarias, rechazando el griego de
Constantinopla y de Alejandría.
La lengua nativa ha venido en llamarse copto (distorsión de
«egíptico»), por lo que a veces la Iglesia monofisita egipcia se denomina
Iglesia copta.
En cierto sentido, la Iglesia copta fue como una muestra del
renacimiento egipcio.
A través de los largos siglos de dominación extranjera,
Egipto había subsistido poderosamente conservando su identidad y su propia
cultura y religión. Había seguido siendo egipcio pese a haber sido anegado por
las influencias asiria, persa, griega y romana.
Sólo con la llegada del cristianismo había capitulado Egipto
y adoptado una nueva forma de vida; una forma de vida impuesta desde fuera. E
incluso en este caso, luchó por imprimir su propio sello en el cristianismo, lo
hizo de varias formas, y finalmente encontró una variedad que hizo suya. La
Iglesia copta se convirtió en algo así como un contraataque nacionalista
egipcio contra la cristiandad católica del oriente griego y del occidente
latino.
14. Las escenas finales
Los persas
La expansión del Imperio bajo Justiniano fue de breve vida.
Inmediatamente después de su muerte, en el 565, nuevas invasiones bárbaras
penetraron violentamente en Italia, y hacia el 570 la mayor parte de la
península se había perdido de nuevo.
Por si esto fuera poco, había otras causas de aflicción,
además de los bárbaros de occidente; el Imperio Romano de Oriente tenía
enemigos también en el este. Todos los años en que los emperadores (y no sólo
Justiniano, sino los que le habían precedido y sucedido) habían tenido la vista
fija en occidente, en un intento de restaurar el dominio romano en ese área,
habíanse visto obligados a combatir constantemente contra Persia, en su
retaguardia.
E incluso mientras Justiniano conquistaba territorios en el
oeste, tuvo que combatir dos guerras contra Persia y, al final, se vio obligado
a «comprar» la paz. El problema llegó a su culminación durante el reinado del
persa Josrau II, conocido por los griegos con el nombre de Cosroes.
Cosroes II aprovechó la ocasión cuando el Imperio Romano de
Oriente estaba siendo arrasado y debilitado por las incursiones de un pueblo
nómada, los avaros.
Establecido en el Danubio, este pueblo había realizado
numerosas incursiones en las provincias balcánicas desde la muerte de
Justiniano.
Por ello, el rey persa pudo llevar a cabo una penetración
sin precedentes, marchando directamente a través de Asia Menor. En el 608
Cosroes II había alcanzado Calcedonia, al otro lado de los estrechos frente a
la propia Constantinopla.
Sus ejércitos se dirigieron también hacia Siria, donde los
monofisitas vieron en el rey persa no a un invasor, sino a un libertador que
podía rescatarlos de la ortodoxia de Constantinopla. En tal situación, la
conquista se presentaba fácil. Cosroes II tomó Antioquía en el 611 y Damasco en
el 613.
En el 614 el Imperio sufrió un golpe descorazonador, cuando
el ejército persa llegó hasta la propia Jerusalén y se llevó la «Vera Cruz» (es
decir, la cruz en que, según la leyenda, Jesús había sido crucificado).
Asimismo, en el 619 los persas penetraron en Egipto y, a
causa de la controversia monofisita, lo conquistaron fácilmente, lo mismo que
Alejandro Magno mil años antes.
En aquella ocasión Alejandro había sido considerado como
libertador del yugo persa, y ahora, por una ironía de la Historia, el rey persa
era considerado como libertador de la dominación griega.
De hecho, con esa victoria, parecía que Cosroes II había
desbaratado finalmente la obra de Alejandro. Un milenio después del gran
desastre persa, las luchas de generaciones enteras de dirigentes persas con los
reyes seleúcidas primero, y luego con los emperadores romanos, habían llegado a
su culminación. Por fin habían recuperado lo que habían perdido: la meseta
irania, Mesopotamia, Siria, Asia Menor e incluso Egipto.
Un nuevo emperador, Heraclio, apareció en escena para hacer
frente a la crisis, pero daba la sensación de que gobernaba sobre un imperio
tan reducido que estaba a punto de desaparecer. No sólo los persas se habían
apoderado de todo el oriente, sino que en el 6l6 las tribus germanas de España
se habían hecho con todas las posesiones del imperio en ese territorio. Al
mismo tiempo, los avaros presionaban sobre las fronteras del Danubio, haciendo
su aparición en las comarcas próximas a Constantinopla, en el 619, mientras las
huestes persas observaban amenazadoramente la ciudad desde el otro lado del
estrecho.
Heraclio tardó diez años en reorganizar y reforzar a su
ejército. Compró la paz a los avaros, y en plena explosión de entusiasmo
religioso, lanzó a su ejército contra el Asia Menor. En el 622 y en el 623
limpió de persas la península, y tras esto, inició una larga y ardua
penetración hacia el corazón de Persia. Nada lo apartó de esta decisión, ni
siquiera la noticia de que los avaros habían roto la tregua y, en el 626,
estaban tratando de asaltar Constantinopla. Heraclio decidió abandonar a la
ciudad a su suerte, en vez de aminorar la presión sobre su principal enemigo.
Constantinopla pudo sobrevivir gracias a que sus murallas
aguantaron el asalto avaro. Luego, hacia finales del 627, junto al lugar donde
se hallaba la antigua Nínive, Heraclio derrotó al grueso del ejército persa
tras una dura lucha. Los persas tuvieron bastante con esto; Cosroes fue
depuesto y muerto, y su sucesor se vio obligado a firmar la paz rápidamente.
Todas las tierras conquistadas por los persas fueron recuperadas, incluso
Egipto. La Vera Cruz fue devuelta también, y Heraclio en persona la llevó a Jerusalén.
Las oleadas avaras de los Balcanes comenzaron a refluir, y durante algunos años
pareció que todo había vuelto a su cauce, como había sucedido en tiempos de Justiniano
(salvo por lo que se refiere a la pérdida de Italia y España).
Pero Heraclio se había dado cuenta de que existía una grieta
fatal en el imperio, y ésta era la persistente diversidad de creencias
religiosas. Siria y Egipto habían caído tan fácilmente por sus contrastes
religiosos con la capital del imperio, y Heraclio sabía que esto se repetiría
una y otra vez, siempre que un ejército extranjero se aproximase a esos territorios,
a menos que no se alcanzase algún tipo de reconciliación.
Intentó, así, llegar a un compromiso. Constantinopla
sostenía que Jesucristo tenía dos naturalezas, divina y humana, en tanto que
Egipto y Siria defendían que tenía sólo una.
¿Por qué, entonces, no podían aceptar todos que aun cuando
Jesucristo tuviera dos naturalezas, tenía una sola voluntad -en otras palabras,
ambas naturalezas no podían entrar en conflicto-. La idea de que había dos
naturalezas que actuaban siempre como una sola se denominó monotelismo («una
única voluntad»), y pareció que todos, con seguridad, tenían que estar de
acuerdo con este feliz compromiso.
Quizá podría haber sido así, si la disputa religiosa hubiese
sido solamente religiosa. El problema está en que los elementos nacionalistas
de Siria y Egipto no estaban interesados en una reconciliación. Es muy posible
que si Constantinopla hubiera aceptado completamente el monofisismo, Siria y
Egipto habrían hallado cualquier otra causa de disputa. El contraste subsistió,
y nada, ni las palabras ni los hechos, lograron paliarlo.
Los árabes
Por otro lado, todo el problema de la controversia
monofisista y del contraste religioso estaba a punto de convertirse en un
asunto puramente académico –incluso cuando Heraclio se hallaba todavía en el
trono-. No faltaba mucho para que se produjese un giro decisivo en la Historia.
Los cuatro siglos de guerras entre el Imperio y Persia y, en
particular, los últimos veinte años de luchas desesperadas, habían privado a
ambos bandos de sus últimos residuos de energías. Se habían combatido entre sí
hasta quedar inertes y jadeantes, cada uno en su rincón y ahora entraba en lid
un nuevo combatiente, fanático y con sus fuerzas intactas.
El nuevo factor provenía, para mayor sorpresa de todos, de
un lugar inesperado: la península arábiga.
Arabia, en gran parte desértica, había conocido interesantes
civilizaciones en sus regiones marginales más fértiles, y éstas habían incidido
de vez en cuando con las regiones del mundo consolidadas. Los reyes egipcios
habían comerciado con el sudoeste de Arabia, donde estaba la tierra de Punt; y
allí se localizaban también los países bíblicos de Saba y de Ofir.
Los árabes no habían sido nunca más que un estorbo, a lo
sumo, y cada vez que los imperios del noroeste y del noreste decidieron ejercer
a fondo su poder, habían sido aplastados sin contemplaciones.
Pero ahora las tribus árabes se hallaban bajo jefes nuevos y
dinámicos, justo cuando los dos reinos del norte tenían que hacer equilibrios
para mantenerse y ya no podían emplear «a fondo» su poder.
Esto fue así como resultado del renacimiento religioso
árabe. El primitivo politeísmo árabe había retrocedido ante las sofisticadas
creencias de judíos y cristianos.
Pero el avance del monoteísmo fue lento, por razones
nacionalistas, ya que tanto el judaísmo como el cristianismo eran religiones
extranjeras y extrañas. Se hacía necesaria, pues, una versión nativa de estas
religiones.
En La Meca, la ciudad santa de las tribus árabes, que se
hallaba justo al otro lado del mar Rojo, frente a la costa egipcia, había
nacido hacia el 570 un muchacho llamado Mohammed. Había pasado su juventud de
manera oscura, pero a la edad de cuarenta años comenzó a predicar un tipo de
monoteísmo basado en los dogmas del judaísmo y del cristianismo, pero con
modificaciones adaptadas a los gustos y al temperamento árabes.
Finalmente, sus disertaciones fueron recopiladas en un libro
llamado Corán (nombre que proviene de una palabra árabe que significa «leer»).
La nueva religión predicada por él se llamó Islam
(«sumisión», a los deseos de Dios), aunque con frecuencia se la denomina
mahometanismo, en honor al profeta, cuyo nombre se escribe también Mahomet. A
los que aceptan el Islam se los llama musulmanes («aquellos que se someten», de
nuevo también a Dios).
Mohammed, llamado más comúnmente en español Mahoma, se halló
con que, como le había ocurrido a Jesucristo en su época, era difícil obtener
la benévola atención de sus propios paisanos. En el 622 Mahoma fue obligado a
abandonar la Meca (la «hégira», palabra que en árabe significa «huida»),
acompañado por un puñado de seguidores. Halló refugio en la ciudad de Medina, a
350 millas al norte.
Así pues, mientras el mundo tenía puesta su atención en los
hercúleos esfuerzos de Heraclio para invadir y derrotar a Persia, en Arabia
-sin que nadie se percatase de elloestaba desarrollándose una lucha semejante,
incluso más trascendental. Poco a poco, muy despacio, Mahoma reorganizó a sus
seguidores en la ciudad de Medina, los agrupó, e hizo de ellos una fuerza de
combate, impulsada por su fervor hacia la nueva fe.
En el 630 volvió por la fuerza a La Meca, que lo había
expulsado ocho años antes.
En ese mismo año el mundo vio cómo Heraclio regresaba
triunfalmente a Jerusalén; sólo unas cuantas oscuras tribus supieron de la
vuelta, también triunfal, de Mahoma a La Meca.
Ahora los progresos de Mahoma eran muy rápidos. En la época
de su muerte, en el 632, todas o casi todas las tribus árabes estaban unidas
bajo la bandera del Islam. Estaban dispuestas a difundir su fe con fanática
autoconfianza, en el nombre de Alá (palabra afín a la bíblica «El», que
significa «Dios»). Con Alá a su lado no podían perder, pues aunque fueran
muertos, morir en batalla contra el infiel significaba ir inmediatamente, y
para la eternidad, al paraíso.
A Mahoma le sucedió Abú Bakr, su anciano suegro y uno de sus
primeros discípulos. Este fue el primer califa (de la palabra árabe que
significa «sucesor»). Bajo su gobierno, los ejércitos árabes se desparramaron
por el norte hacia Persia, y por el noroeste, hacia Siria, pues los rudos e
inexpertos árabes no veían ningún mal cálculo en ocupar Persia y el Imperio
Romano oriental al mismo tiempo.
No hay duda de que lanzar este ataque veinte años antes,
antes de la desastrosa guerra romano-persa, o veinte años después, cuando ambos
imperios habían podido recuperarse, habría significado su fin. Pero cuando el
ataque tuvo lugar, Alá pareció orientarlos para hacerlo en el momento adecuado.
Heraclio subestimó el peligro árabe. Agotado por los
sobrehumanos esfuerzos de la guerra romano-persa, saciado por la gloria de la
victoria, aspiraba sólo a la paz y al descanso en sus últimos años, y estaba
decidido a no salir en campaña. Por ello envió a su hermano, con fuerzas nada
adecuadas. Los árabes lo derrotaron y entraron en Damasco en el 643. Según
cuenta la leyenda, Abú Bakr murió ese mismo día y ocupó su puesto Omar, otro
viejo compañero de Mahoma.
La derrota inicial del Imperio Romano de Oriente conmocionó
a Constantinopla, y un poderoso ejército imperial comenzó a avanzar hacia el
sur, penetrando en Siria, con el fin de poner las cosas en su sitio. Los árabes
se retiraron, abandonando Damasco por el momento.
Sin embargo, el ejército imperial era sólo poderoso en
apariencia. Estaba compuesto mayoritariamente por mercenarios que no estaban
seguros de cobrar la paga, y la población monofisita de Siria se mostraba
indiferente o algo peor. Esta no sabía mucho sobre los árabes y sobre su recién
inventado Islam, fuese lo que fuese, pero sabían con certeza que odiaban a
Constantinopla y a su política religiosa.
El 20 de Agosto del 636, pues, se combatió una de las
batallas decisivas de la historia del mundo. La lucha tuvo lugar a orillas del
Yarmúk, río que fluye hacia occidente, a través de Trans-Jordania, y desemboca
en el Jordán. La batalla fue dura, y los árabes retrocedieron una y otra vez
ante el empuje del ejército imperial.
Pero, sobre sus caballos y dromedarios, los infatigables
árabes siempre lograban volver a la carga. Y cuando finalmente el ejército
imperial se hubo agotado, fue exterminado casi hasta el último hombre.
La victoria árabe fue definitiva. El Imperio Romano de
Oriente estuvo casi a la defensiva durante los ocho siglos que le quedaron de
vida.
Los árabes se expandieron libremente en las provincias que
los acogían con simpatía, en el mejor de los casos, y en el peor, con
indiferencia.
En el 638, conquistaron Jerusalén, tras un asedio de cuatro
meses. Sólo ocho años antes Heraclio había llevado a la ciudad la Vera Cruz, y
toda la cristiandad se había regocijado; pero ahora se le había escapado de
nuevo, y esta vez para siempre.
También fue conquistado el resto de Siria; y lo mismo
sucedió con Mesopotamia, arrebatada de las manos vacilantes de los monarcas
persas. En efecto, Persia, que había combatido tan animosamente y con tanta
tenacidad contra los romanos, se encontró desarmada frente a esa nueva fuerza
cuya irresistibilidad parecía casi demoníaca. Los persas perdieron una batalla
tras otra, y en el 641 ya no fueron capaces de ofrecer una resistencia
organizada. La Persia que sólo veinte años atrás parecía haber recuperado su poder
como en los mejores tiempos, cesó de existir. A los árabes sólo les quedaba la
tarea de ocupar y limpiar, de hacer frente a alguna escaramuza ocasional y
saquear alguna que otra ciudad.
Entre tanto, otros ejércitos árabes de Siria se volvieron
hacia el sur, bajo el mando del general Amr ibn al-As. En el 640 sus huestes
aparecieron ante Pelusio, donde en su día se detuvieran los ejércitos de
Senaquerib, trece siglos y medio antes.
Tras un mes de asedio Amr tomó la ciudad, y como en el caso
de otros muchos invasores de Egipto, de los hicsos en adelante, la primera
batalla fue también la última, y Egipto fue conquistado casi sin lucha.
Heraclio murió en el 641, descansando por fin para siempre,
en medio del clamor de la derrota total, a pesar de las victorias de la primera
mitad de su reinado, y al año siguiente, en el 642, Amr ocupaba Alejandría. Un
contraataque imperial proveniente del mar recuperó por poco tiempo la ciudad
—pero sólo por poco tiempo-. Casi mil años de gloria griega y romana terminaron
para siempre.
Existe la leyenda de que la biblioteca de Alejandría fue
destruida finalmente en esta época. Su contenido fue dispuesto a los pies de
ese terco y rígido primer califa, Omar, a quien se atribuyen las siguientes
palabras: «Si estos libros coinciden con el Corán, son innecesarios; si están
en desacuerdo con él, son perniciosos. En cualquier caso, destruidlos».
Con todo, como siempre ocurre con muchas leyendas, los
historiadores sospechan que en ésta hay interés pero no verdad. En realidad, en
los siglos de régimen cristiano, fuertemente antipagano, de Egipto, poco debió
quedar en la biblioteca que Omar pudiera destruir.
El Egipto islámico
Los monofisitas de Egipto debieron pensar que la supresión
del dominio constantinopolitano les iba a proporcionar la posibilidad del libre
ejercicio de su religión y, de hecho, los árabes tendieron a ser tolerantes con
el cristianismo. Sin embargo, había que contar con el aliciente del éxito.
En los veinte años posteriores a la conquista árabe de
Egipto, los ejércitos musulmanes avanzaron hacia Nubia, en el sur, y hacia el
oeste, contra las provincias que aún pertenecían a Roma del norte de África.
Cartago fue conquistada en el 698, y en el 711 toda la costa norte de África
era musulmana. ¿Qué argumentos podía haber contra la victoria?.
Además, los cristianos egipcios no sentían ninguna afinidad
por sus hermanos europeos. En el 680 se celebró el sexto concilio ecuménico, en
Constantinopla, y en él quedó excluido todo posible compromiso sobre la teoría
de la doble naturaleza de Cristo.
Los cristianos de Egipto se sintieron doblemente aislados,
primero por la victoria musulmana, y luego por la intransigencia europea. Poco
a poco, pues, Egipto fue cambiando.
Menfis, la capital cuya antigüedad se remontaba a 3.500 años
atrás, se hundió finalmente en la ruina total. Se construyó una nueva capital
musulmana junto a ella, Al-Fustat.
También cambió la vieja lengua, y en el 706 el árabe se
convirtió en la lengua oficial del país. El cristianismo decayó cuando el
pueblo vio que la conversión al Islam abría el camino a las ventajas que
proporcionaban las preferencias gubernamentales. Lo peor de todo fue que la
prosperidad desapareció. Los árabes -hijos de una sociedad del desierto poco
habituada a la agricultura- no hicieron ningún esfuerzo por mantener en pie el
sistema de canales, que decayó. La depauperación y el hambre se enseñorearon
del país, que se hundió en la más abyecta pobreza, que perdura todavía hoy.
Los egipcios nativos se rebelaron varias veces. Una revuelta
que tuvo lugar en el 831 fue aplastada tan sangrientamente que no volvió a
repetirse. (A decir verdad el cristianismo no desapareció nunca, e incluso hoy
día la Iglesia copta cuenta con un cinco por ciento de la población egipcia y
en la liturgia utiliza su antiguo idioma. Antes de la llegada de los árabes,
los misioneros egipcios habían introducido el cristianismo en Nubia y en lo que
hoy se llama Etiopía, y hoy sigue siendo la religión dominante en este último país.
Tanto la Iglesia copta como la etíope siguen siendo monofisistas).
Con la desaparición total del antiguo Egipto —ciudades,
idioma, religión, prosperidad— el autor tiene la tentación de finalizar aquí la
historia. Pero la tierra y la gente aún están ahí, y expondremos brevemente su
historia hasta nuestros días.
El vasto imperio islámico, creado en el siglo VIII, era
demasiado extenso como para perdurar unido. En el siglo IX comenzó a
resquebrajarse en fragmentos opuestos entre sí.
En 866 Egipto consiguió de nuevo la independencia durante un
tiempo, bajo una débil dinastía, los tulúnidas. En el 969 tomó el poder una
dinastía más poderosa, los fatimíes. El primer fatimí decidió abandonar
Al-Fustat, que había sido capital durante casi tres siglos. En el 973 fue
erigida una nueva ciudad a tres millas al norte, que se llamó Al-Qáhira («la
Victoriosa»), que nosotros llamamos El Cairo, y que hace ya mil años que es la
capital de Egipto.
El más conocido de los gobernantes fatimíes de Egipto fue
Al-Hakim, fanático religioso que persiguió encarnizadamente a los cristianos.
En el 1009 demolió la iglesia del Santo Sepulcro de Jerusalén. Esto provocó
gran indignación en Europa y ayudó a preparar las bases de las Cruzadas.
Las Cruzadas fueron la causa de que Egipto volviese a entrar
de nuevo en la historia occidental. Durante cuatro siglos, mientras Europa se
había abierto camino penosamente a través de una época de oscuridad, Egipto se
había mantenido fuera de su horizonte. Sin embargo, en el 1096, comenzaron a
avanzar hacia Oriente, hacia Palestina, ejércitos cristianos pobremente
organizados, ingeniándoselas para obtener algunas victorias contra los
desunidos musulmanes. En el 1099 tomaron Jerusalén.
En este momento la dinastía fatimí estaba en decadencia
pronunciada. Un visir (lo que nosotros llamaríamos un primer ministro) cuyo
nombre era Saláh al-Din Yúsuf ibn Ayyúb, tomó el poder. Los occidentales lo
conocen por el nombre de Saladino.
Saladino fue el gobernante más capacitado que tuvo Egipto
desde la época de Ptolomeo III, nueve siglos antes. Estableció su control sobre
Siria y Egipto, y estuvo a punto de echar al mar a los cruzados, recuperando
Jerusalén en el 1187.
Pero bajo sus más débiles sucesores los cruzados se
recuperaron e incluso trataron de invadir el propio Egipto. El más ambicioso
intento europeo fue el de Luis IX de Francia (san Luis), que desembarcó en el
delta del Nilo en 1248. Pero Luis IX fue derrotado y capturado en 1250.
Durante largo tiempo los gobernantes egipcios habían
gobernado con ayuda de un ejército personal de esclavos, o «mamelucos» (de la
palabra árabe que significa «esclavo»). En la confusión originada por la
invasión de Luis IX, su poder aumentó.
Baibars, uno de los generales mamelucos, mandaba el ejército
egipcio en el momento en que los mongoles -una irresistible horda nómada
proveniente de Asia Central- arrasaban todo lo que se les ponía por delante.
Habían conquistado China y Persia, e incluso, mientras los cruzados combatían
inútiles batallas en Siria y Egipto, los mongoles habían ocupado toda Rusia.
Ahora estaban arrasando el Asia sudocidental.
Parecía no haber esperanzas para nadie. En cuarenta años,
los mongoles no habían perdido una sola batalla.
Pero en 1260 se enfrentaron a Baibars en el norte de
Palestina. Para sorpresa del mundo, Baibars y sus mamelucos resultaron
victoriosos. Los mongoles retrocedieron, una vez derruido el mito de su
invencibilidad. Y Baibars se hizo con el dominio de Egipto.
Los mamelucos continuaron gobernando de manera piratesca
durante varios siglos, pero finalmente hallaron un contrincante digno de ellos
en los turcos otomanos.
Estos últimos habían extendido su dominio por Asia Menor,
habían llegado hasta Europa, y en 1453 habían tomado la gran ciudad de
Constantinopla. Y continuaron su expansión no sólo contra los cristianos de
Europa, sino contra los musulmanes de Asía y África.
En 1517 el sultán otomano Selim I («el Inflexible») aplastó
en una batalla a los mamelucos, y marchó contra El Cairo. Durante un tiempo
Egipto volvió a estancarse. Sin embargo, el imperio otomano decayó lentamente y
en 1683, tras una última ofensiva lanzada contra las murallas de Viena, inició
su retroceso ante las embestidas de austríacos y rusos. En 1769 el poderío
otomano había decaído de tal forma que Egipto se encontró de nuevo bajo el
dominio de los mamelucos.
Pero por esta época era en Europa occidental donde se
hallaban las mayores potencias de la Tierra. En 1798, un ejército francés
invadió Egipto por primera vez desde Luis IX, cinco siglos y medio antes. Este
ejército francés estaba mandado por Napoleón Bonaparte.
De nuevo los mamelucos se unieron contra un invasor, pero,
pese a su coraje, sus sables y sus anticuadas cargas no eran enemigo suficiente
frente al disciplinado orden del ejército occidental, mandado por el general
más importante de los tiempos modernos. En la batalla de las Pirámides los
mamelucos fueron destrozados. Cuando Napoleón fue forzado a abandonar Egipto,
lo fue debido a la actividad de la flota británica, que cortó sus líneas de
comunicación, y no la de los egipcios o turcos.
De 1805 a 1848 fue de nuevo prácticamente independiente,
bajo el firme gobierno de Mohammed Alí. En 1811 atrajo a los jefes mamelucos a
una fortaleza, con el pretexto de invitarlos a un banquete para festejar una
victoria. Todos fueron asesinados, y el poderío mameluco tocó a su fin, después
de seis siglos de existencia.
De nuevo se hicieron planes para conectar el mar Mediterráneo
y el mar Rojo por medio de un canal. En 1856 un gobernante egipcio, Abbás I
(sobrino-nieto de Mohammed Alí) concedió al promotor francés Ferdinand de
Lesseps el permiso para proyectar la construcción de un canal a través del
istmo de Suez. En 1869 el canal de Suez fue inaugurado oficialmente por el
nuevo gobernante egipcio, Ismail, nieto de Mohammed Alí.
En su honor, Ismail había encargado al gran compositor
italiano Giuseppe Verdi una opera de tema egipcio. El resultado fue Aida,
estrenada en El Cairo la víspera de Navidad de 1871. Fue una hermosa e
impresionante interpretación de las antiguas guerras entre egipcios y etíopes
(nubios).
Pero el disparatado tren de vida de Ismail condujo a Egipto
a la bancarrota, y en 1875 se vio forzado a vender el control del canal a Gran
Bretaña, a cambio de dinero suficiente para poner en orden sus asuntos. En
1882, Gran Bretaña ocupó directamente Egipto.
En el curso de la primera guerra mundial el imperio otomano
llegó a su fin, y se hicieron promesas de liberación a los diversos países de
lengua árabe. En 1922 Gran Bretaña accedió a conceder a Egipto una
independencia formal; su gobernante, Fuad I, hijo menor de Ismail, se
autoproclamó rey. Con todo, los británicos conservaron el control militar de
Egipto.
En 1936 a Fuad I le sucedió en el trono su hijo Faruk I, y
en 1937 Egipto ingresó en la Sociedad de Naciones.
En 1939, Gran Bretaña entró en guerra con la Alemania nazi,
y envió tropas a Egipto para mantenerlo del lado británico por la fuerza, si
era necesario. Poco después, en 1940, Italia se unía a Alemania. Italia
dominaba Libia, al oeste de Egipto, desde 1911; así pues, también el norte de
África se vio envuelto en la guerra.
Los italianos trataron de invadir Egipto, pero fueron
rechazados con facilidad, y los británicos llevaron la guerra a Libia. Alemania
acudió en ayuda de su aliado, y en 1942 las fuerzas alemanas lograron penetrar
profundamente en Egipto. Gran Bretaña se vio entre la espada y la pared en
El-Alamein, a sólo sesenta y cinco millas al oeste de Alejandría.
En noviembre de 1942 los británicos lanzaron una ofensiva en
El-Alamein, que rápidamente se transformó en su más grande victoria de la
guerra. Los alemanes fueron obligados a retirarse mil millas, Egipto se salvó,
y con estos hechos se produjo un giro decisivo en la segunda guerra mundial.
Después de la segunda guerra mundial, sin embargo, hubo de
hacerse frente a las peticiones egipcias de plena independencia. Paulatinamente
Gran Bretaña fue obligada a abandonar el país, reteniendo únicamente el control
sobre el canal de Suez.
Mientras tanto, un nuevo enemigo había surgido al noreste de
Egipto. Durante muchos siglos los judíos habían soñado con un eventual retorno
a su antigua patria Judea, y ahora, finalmente, este momento había llegado. En
1948, y en contra de la continua y furiosa oposición del mundo de habla árabe,
se fundó en Palestina un estado independiente judío, Israel. Egipto trató de
impedir esto por las armas, pero sus tropas fueron derrotadas por las judías
rápida y humillantemente.
En Egipto comenzó a surgir una irritación general contra los
extranjeros y en particular contra los británicos. Y en 1952 estalló la
revolución. Hubo matanza de extranjeros; el rey Faruk fue obligado a abdicar, y
Egipto quedó libre de casi todos sus lazos con Occidente.
En 1954 un oficial del ejército egipcio, Gamel Abd
al-Násser, tomó el poder e instauró una dictadura total.
Egipto planeó la construcción de una inmensa presa cerca de
la Primera Catarata, en Aswan, que daría lugar a un gran lago artificial y convertiría
millones de hectáreas en tierra fértil. Se esperaba para ello la ayuda
financiera de Estados Unidos. Sin embargo, Egipto estaba tratando asimismo de
mejorar sus relaciones con la Unión Soviética y con otros países comunistas, y
el secretario de Estado norteamericano, John Foster Dulles –un diplomático
inepto-, lo desaprobaba. De forma repentina, en 1956 anunció que Estados Unidos
no podía proporcionar ninguna ayuda.
Egipto, ofendido, se vio obligado prácticamente a echarse en
brazos de los soviéticos. Násser nacionalizó el canal de Suez, suprimió los
últimos restos del control extranjero, y procedió a obtener de la Unión
Soviética una promesa de ayuda económica.
Gran Bretaña, Francia e Israel, pagando los vidrios rotos de
Dulles, se unieron en un intento de evitar que Egipto fuese arrastrado
completamente al campo comunista y dieron el poco diplomático paso de lanzarse
a una guerra abierta de agresión.
Probablemente Egipto no habría podido resistir, pero la
Unión Soviética exigió el inmediato cese de hostilidades y Dulles, víctima de
sus propios desatinos, tuvo que situar a Estados Unidos del lado de la Unión
Soviética, en este caso. Estados Unidos no podía apoyar una guerra de agresión,
y perder con ello, para siempre, la amistad árabe.
Las potencias invasoras fueron forzadas a retirarse.
Sin embargo, tampoco habría paz de aquí en adelante. Egipto
continuaba considerándose en estado de guerra con Israel, negándose a
permitirle el paso por el canal de Suez, y tratando de organizar, abiertamente,
una fuerza unida árabe para la revancha contra Israel. La Unión Soviética,
viendo una oportunidad para extender su influencia sobre todo el Próximo
Oriente (gracias a las chapuzas occidentales de los años cincuenta), proporcionó
armas en abundancia a Egipto y a otros Estados árabes. A su vez, Israel obtenía
armamento de Francia y organizaba a su población de dos millones de personas para
la lucha contra los sesenta de árabes hostiles de los países circundantes.
Násser continuaba aspirando al liderazgo de los árabes,
basándose en su política antiisraelí. En 1965 fue elegido presidente por otro
mandato de seis años —tras presentarse a unas elecciones en que no había
oposición—. Mantuvo lazos especialmente estrechos con Siria, y organizó la
oposición contra los gobiernos árabes que intentaban adherirse a una postura
moderada respecto de Israel y de Occidente. Inició incluso una larga, brutal y
desdichada guerra contra sus parientes árabes del Yemen, en el suroeste de Arabia.
Finalmente, en 1967, consideró llegado el momento ideal.
Movilizó a sus tropas, a las que concentró en la frontera con Israel, cerró la
entrada sur del mar Rojo para impedir la navegación a los israelíes, y se alió
con Jordania, vecino oriental de Israel. Esperaba poder empujar a Israel a
atacar y después aplastar al «agresor» por el simple peso del número y de las
armas.
Násser sólo vio cumplidas la mitad de sus esperanzas. Incitó
a Israel a atacar el 5 de junio. Y por tercera vez, los israelíes infligieron
una humillante derrota a Egipto (y también a Jordania y a Siria). Pasados seis
días toda la península del Sinaí estaba en manos de Israel y sus fuerzas
ocupaban la orilla oriental del canal de Suez.
Y ésta es la situación hoy en día (6). Egipto, todavía
tremendamente pobre, tiene una población de treinta millones de habitantes. El
Cairo tiene ya tres millones. Es la mayor ciudad de África y una de las diez
mayores ciudades del mundo. Egipto puede, con todo, desempeñar todavía un gran
papel en el mundo si logra resolver sus problemas internos.
Para resolverlos, sin embargo, deberá llegar a algún tipo de
acuerdo con Israel. No puede seguir basando todos sus actos en un perpetuo
estado de guerra con Israel, guerra que, evidentemente, no puede ganar,
mientras su pueblo se hunde cada vez más profundamente en la miseria.
Aun así, habrá que esperar todavía mucho tiempo antes de que
el Próximo Oriente deje de ser un peón de la política mundial en el
enfrentamiento entre las dos grandes potencias, la Unión Soviética y Estados
Unidos. En el mundo de hoy, ¿puede haber paz en algún lugar hasta que no la
haya en todas partes?
6 El autor escribe en 1967; por ello, no recoge la muerte de
Násser en 1970; la subida al poder de Anwar al-Sadat; la nueva guerra
árabe-israelí de 1973-en la que los egipcios consiguieron por primera vez éxitos
militares-, y el gran giro de la política egipcia, patrocinado por Sadat, que
ha significado la ruptura con la URSS, el acercamiento a Occidente y el tratado
de paz egipcio-israelí, con la oposición de la mayoría de los países árabes, en
1978-1979.
Tabla cronológica
Nota—Todas las fechas son anteriores a Cristo, salvo en las
que se indica lo contrario.
8000. Los glaciares comienzan a retirarse; el valle del Nilo
se seca.
4500. Aldeas neolíticas a orillas del lago Moeris.
3100. Menes unifica Egipto; comienza la I Dinastía.
2800. Se adopta el calendario solar egipcio.
2680. III Dinastía; comienza el Imperio Antiguo.
2650. La pirámide escalonada de Zoser termina de
construirse.
2614. IV Dinastía.
2580. Se termina la Gran Pirámide; auge del Imperio Antiguo.
2530. Se construye la pirámide de Kefrén; se termina la
Esfinge.
2510. Se construye la pirámide de Micerino.
2500. V Dinastía.
2430. VI Dinastía.
2272. Pepi II.
2180. Fin del Imperio Antiguo.
2132. Comienza la XI Dinastía.
2052. Mentuhotep II unifica Egipto; comienza el Imperio
Medio.
1991. Amenemhat I.
1971. Sesostris I.
1842. Amenemhat III; construcción del Laberinto; auge del
Imperio Medio.
1790. Fin del Imperio Medio.
1720. Los Hicsos conquistan Egipto.
1570. Dinastía XVIII; Ahmés expulsa a los hicsos e inicia el
Imperio Nuevo.
1545. Amehotep I.
1525. Tutmosis I.
1490. Hatshepsut.
1469. Tutmosis III.
1457. Tutmosis III derrota a Mitanni en Kadesh.
1397. Amenhotep III, auge del Imperio Nuevo.
1371. Akhenatón.
1366. Akhenatón erige Ajetatón.
1353. Muerte de Akhenatón.
1343. Muerte de Tutankhamón.
1339. Horemhed restaura la antigua religión.
1304. Dinastía XIX.
1303. Seti I.
1290. Ramsés II.
1286. Ramsés II combate con los hititas en Kadesh.
1223. Merneptah; los Pueblos del Mar; [¿Éxodo?].
1192. Dinastía XX; Ramsés III derrota a los filisteos;
termina el Imperio Nuevo.
1075. Comienza la Dinastía XXI.
973. Psusennes II; alianza con Salomón.
940. Dinastía XXII (Libia). Sheshonk I.
929. Sheshonk I invade Judá.
730. Comienza la Dinastía XXI (Nubia).
701. Senaquerib en Asiria llega hasta la frontera egipcia.
671. Esarhaddón de Asiria toma el Delta.
66l. Esarhaddón saquea Tebas; Dinastía XXVI (Saita).
640. Los griegos fundan Naucratis en el Delta.
630. Los griegos fundan Cirene en la costa africana.
610. Necao.
608. Necao derrota a Josías de Judá en Megiddo.
605. Necao derrotado por Nabucodonosor de Caldea en
Karkemish.
595. Psamético II.
589. Haibria.
570. Ahmés II. Auge del Egipto saítico.
525. Psamético III. El rey persa Cambises conquista Egipto.
486. Egipto se rebela después de la muerte de Darío I de
Persia.
464. Egipto se rebela tras la muerte de Jerjes I de Persia;
recibe ayuda de Atenas.
404. Egipto se rebela con éxito tras la muerte de Darío II
de Persia.
378. Dinastía XXX, la última nativa.
360. Agesilao de Esparta muere en Cirene.
340. Artajerjes III de Persia conquista Egipto; se pone fin
a la última dinastía nativa.
332. Alejandro Magno conquista Egipto.
331. Se funda Alejandría.
323. Muerte de Alejandro Magno; Egipto cae bajo el poder de
uno de los generales de aquél, Ptolomeo.
320. Ptolomeo conquista Jerusalén.
306. Ptolomeo adopta el título de rey; fundación de la
Dinastía Ptolemaica.
285. Ptolomeo II; museo, biblioteca y faro de Alejandría.
280. Manetón escribe la historia de Egipto.
276. Primera Guerra Siria.
270. Ptolomeo II firma un tratado con Roma.
260. Segunda Guerra Siria.
246. Ptolomeo III; Tercera Guerra Siria: las fuerzas
egipcias entran en Babilonia; auge del Egipto Ptolemaico.
221. Ptolomeo IV.
220. Cleomenes III de Esparta muere en Alejandría.
217. Ptolomeo IV derrota a Antíoco III, del imperio
Seleúcida, en Rafia.
205. Ptolomeo V.
201. Quinta Guerra Siria. Egipto pierde Siria y Judea, que
pasan a Antíoco III.
197. Se graba la Piedra Rosetta.
181. Ptolomeo VI.
171. Sexta Guerra Siria. Egipto es derrotado por Antíoco IV,
rey seleúcida.
168. Antíoco IV ante las murallas de Alejandría; Roma le
ordena que se retire.
116. Muerte de Ptolomeo VII. Egipto, virtual títere de Roma.
96. Cirene se convierte en provincia romana.
88. Ptolomeo VIII saquea Tebas y pone fin a la existencia de
la ciudad.
80. Ptolomeo XI.
75. Chipre, provincia romana.
51. Ptotomeo XII y Cleopatra.
48. Cleopatra se rebela; Pompeyo es muerto en Alejandría;
Julio Cesar desembarca en Alejandría; Cleopatra, único gobernante.
42. Marco Antonio se encuentra con Cleopatra en Tarso.
31. Marco Antonio y Cleopatra son vencidos por Octavio en
Accio.
30. Octavio se apodera de Egipto; Cleopatra se suicida; fin
del Egipto Ptolomaico.
25. Cayo Petronio invade Nubia.
Nota—Todas las fechas son posteriores a Cristo.
115. Los judíos se rebelan en Cirene.
130. El emperador romano Adriano visita Egipto.
216. El emperador romano Caracalla visita Egipto; se pone
fin a la ayuda estatal al Museo de Alejandría.
270. Zenobia de Palmira ocupa Egipto durante un breve
período de tiempo.
285. Antonio funda el monaquismo en el desierto egipcio.
295. Diocleciano derrota a Aquileo; ese emperador toma
Alejandría.
328. Atanasio, obispo de Alejandría.
391. El emperador Teodosio ordena que sea destruido el
Serapeo de Alejandría.
412. Cirilo, obispo de Alejandría.
415. Muerte de Hipatia en Alejandría.
451. Condena del monofisismo en el IV Concilio ecuménico.
619. Cosroes II de Persia conquista Egipto.
627. Egipto vuelve a formar parte del Imperio Romano de
Oriente.
642. Los árabes toman Alejandría.
706. El árabe se convierte en la lengua oficial de Egipto.
831. La última revuelta nativa egipcia es aplastada.
973. Fundación de El Cairo.
1099. Los cruzados tomas Jerusalén.
1187. Saladino reconquista Jerusalén.
1248. Luis IX de Francia invade Egipto.
1260. Baibars derrota a los mongoles; se instaura el poder
mameluco en Egipto
1517. El sultán otomano, Selim el Inflexible, conquista
Egipto.
1798. Napoleón Bonaparte invade Egipto.
1799. Hallazgo de la Piedra de Rosetta.
1811. Mohammed Alí acaba con el poder mameluco.
1869. Apertura del canal de Suez.
1875. Gran Bretaña se hace con el control del canal.
1882. Gran Bretaña ocupa Egipto.
1922. Se descubre la tumba de Tutankhamón.
1937. Egipto ingresa en la Sociedad de Naciones.
1942. Gran Bretaña derrota a los alemanes en Al-Alamein.
1948. Independencia de Israel; los israelíes derrotan a
Egipto.
1952. Egipto se convierte en república.
1954. Násser toma el poder.
1956. Egipto nacionaliza el canal de Suez. Fracasa la
invasión anglo - franco - israelí.
1967. Continúa la hostilidad entre Egipto e Israel. Tercera
Guerra.
Nota— Fechas añadidas por el traductor.
1970. Muerte de Násser y subida al poder de Anwar al-Sadar.
1973. Cuarta guerra árabe-israelí.
1978-1979. Acuerdos de Camp David y tratado de paz
egipcio-israelí.