Este concepto se refiere a la práctica de reflexionar sobre las “verdaderas intenciones” de los actores políticos. El analista se erige así en conocedor de la psiquis del actor político, y critica o apoya las acciones políticas desde este conocimiento oculto e incontrastable.

El intencionalismo comete un doble error. El primero, de orden casi biológico: creer que la intención es escrutable, que alguien puede conocerla. El segundo, quizás más grave: considerar que la intención tiene alguna importancia política.

¿Alguien cambiaría la opinión política sobre Cavallo si descubriera, por algún tipo de hipnosis, que la intención profunda del ex ministro de Economía fue la de incluir a la mayor cantidad de argentinos y la de garantizarles una vida digna y equitativa? ¿Tiene eso alguna importancia política?

Sí la tiene en términos morales o religiosos o psicológicos, pero en política sólo los hechos tienen importancia. Importa qué se hace en el plano de la realidad física o del imaginario, y a lo sumo qué se intentó hacer y no salió, pero la íntima motivación o intención no tiene el más mínimo interés.

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