Escuchamos por primera vez este concepto en boca de Martín Caparrós. Para este periodista y escritor, el honestismo es la práctica de limitar el análisis político a la honestidad de las personas que actúan en política (y, agregamos nosotros, entendiendo honestidad como sinónimo de “no coimear”).

Según los honestistas, basta con encontrar políticos que no coimeen para garantizar un buen gobierno. No coimear se presenta entonces como argumento suficiente para ser votado, para explicar porqué el político A decidió unirse a B.

Bajo esta visión, no existen diferencias políticas, de rumbo, de prioridades, de intereses entre personas “honestas”. Las personas “no coimeras” verían los mismos problemas en el país y propondrían las mismas soluciones.

Esta mirada en apariencia inocente no sólo es muy limitada en su capacidad de crear un equipo con cohesión y con capacidad de resolución, sino que lleva a la conclusión de que es deshonesto todo aquél que no considera los mismos problemas o no propone las mismas soluciones que el grupo de los honestos. Así, el honestismo es uno de los tantos conceptos o creencias que empujan la política al campo de la moral, con todos los riesgos que esto implica.

Siempre nos preguntamos si, a punto de entrar a un quirófano para un triple bypass y con derecho a elegir un solo cirujano, los honestistas pedirán por aquél que no engañe en los costos de gasas y no reciba AnaAna del clínico que lo derivó, o por el contrario se regirán por el “roban pero hacen” y pedirán por el profesional que más hace, con más éxitos quirúrgicos en su haber.

¿Por qué pretender que actúe de otro modo quien espera muchos servicios públicos esenciales, aún más que un triple bypass?

Escuchá el MAKnual




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