Un político debe construir consensos alrededor de propuestas virtuosas (en términos de la mejor calidad de vida que su implementación generará) y conseguir el apoyo de la ciudadanía para llevarlas a cabo (éxito electoral).

Un político no tiene porqué ser un gran analista político. Puede ser un intuitivo, alguien que no logra explicar sus acciones pero que las lleva adelante exitosamente.

Tampoco tiene porqué ser un buen pronosticador electoral. Incluso en muchos casos la enunciación de su pronóstico íntimo o de su análisis político repercute negativamente en su acción política.

Es infantil burlarse de un político porque no acertó al PRODE electoral. Por citar un ejemplo emblemático, diremos que lo criticable de Carrió en términos políticos no es haber anunciado erradamente la desaparición del Kirchnerismo, sino haber provocado la suya propia.

Además de actor político, Chacho Álvarez ha sido un gran analista político. Sin embargo, esto no impidió que la construcción de consensos amplios y electoralmente exitosos sobre ideas no virtuosas (mantener la convertibilidad o centrar la corrección del proyecto en el combate del cohecho) lo llevara a su propia destrucción política en paralelo con la depreciada calidad de vida de muchos de sus votantes.

A un político no debemos pedirle mesura o decoro. Si decide representar a un sector que se vincula mejor con la desmesura, el político debe priorizar su representación al sentido del decoro. Cavallo no se equivocó porque gritó como un loco cuando perdió frente a Aníbal Ibarra, sino porque su conducta contravino lo que sus electores apreciaban y esperaban de él.

Un político no es un ejemplo de persona, ni mucho menos de modales. Representa una opinión: “que nadie quede sin representación” debería ser un mandato superior.

En cambio, en democracia un político sí tiene la obligación de establecer un compromiso con la política como “industria”. No debe debilitarla por querer obtener un mayor apoyo electoral o para lograr un mayor consenso alrededor de una propuesta, por más virtuosa que la crea.

El ejemplo de esto lo constituye un político que susurra al oído de militares golpistas con la intención de que su partido obtenga una participación que las urnas le niegan o que acepte conceder más poder de presión política a corporaciones (instituciones no constitucionales ni representativas de sectores) como las Iglesias, los medios, las embajadas extranjeras y lobbies varios, a cambio de apoyo y difusión para su proyecto político. Aunque este proyecto sea de inclusión social y defensa de los valores republicanos, debilitar a la política suele ser un camino errado. Por suerte, como demostraron las primarias, cambiar apoyo por apoyo con el enemigo de la política parece que es hoy una práctica poco rentable.

Esta clase de político debilita el poder de toda la representación política de la ciudadanía en pos de mejorar su propia participación. La actitud de dinamitar la mesa para ganarse una astilla más es uno de los pocos límites que un político constructivo de la oposición no debería cruzar, aún con apoyo de sus seguidores. Es un límite que el propio juego democrático le impone a la relación entre representante y representado.

Omitimos la obligación de cumplir la Ley, porque esta es una obligación horizontal que nos alcanza a todos, como la de respirar y comer. Aunque algunos políticos parezcan haber desarrollado branquias e incorporado procesos de fotosíntesis.

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