Visiones, Cínicas Y Candorosas

Una visión candorosa diría que un maestro es una persona que entrega su vida a la educación de nuestros niños, una visión cínica, en cambio, diría que un maestro es cualquiera que logre figurar en la nomina del ministerio de educación.

La visión candorosa de un político lo definiría como alguien que busca construir consensos detrás de ideas provechosas para sus pares y dedicar su vida para llevarlas a cabo. Según la cínica, un político es todo aquel que gane una elección.

Un empresario, según la visión candorosa, es alguien que dedica su vida y pone a riesgo todo su capital para crear productos y servicios que sus pares necesitan y hacerlo con al menor costo posible. Su retribución, además del prestigio de ayudar a sus vecinos, es la plusvalía. Según la cínica, un empresario es cualquiera que busque el lucro y lo logre.

Las dos visiones son ciertas, pero según que visión se aplique sobre algún actor social más fácil será cumplir con las expectativas sociales o, por el contrario, más difícil será no ser considerado un miserable.

Pasan las décadas y los empresarios siguen logrando que los midan con la vara cínica y los políticos y maestros con la candorosa.

"Dime con que vara te miden y te diré si defraudarás".

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Opinión

Los ciudadanos de una república no votan según su conocimiento, ni siquiera según su experiencia o esfuerzo. La República con inicial mayúscula no nos promete ser gobernados por el saber, sino por la opinión de las mayorías. En este sistema cada opinión vale lo mismo: la dudosa, la segura, la volátil, la persistente, la del sabio y la del ignorante, la del monje y la del pecador. Cada opinión, un voto.

Lo interesante es que, si consiguiéramos valorizar equitativamente cada opinión para gobernar la cosa pública, figuraríamos en el Guinness y seríamos la envidia de la región, sino del planeta. Los ciudadanos votan entonces según su opinión. Nadie necesita fundamentar su voto, explicarlo, compartir algún análisis previo, ni siquiera probar interés. Basta con que dé su opinión cuando la República la solicita (parece poco, pero a veces lograr esto es una utopía inalcanzable, por todas las fuerzas desatadas que buscan que los ciudadanos no lo hagan).

La opinión de la ciudadanía puede inferirse, pronosticarse o soñarse. Pero la República tiene una sola forma de consultar la opinión de sus soberanos para considerarla válida: son las elecciones, que se efectúan periódicamente bajo reglas muy estrictas para consultar la opinión de la ciudadanía.

Al día siguiente, esa opinión puede haber cambiado, pero regirá como republicanamente válida hasta la siguiente elección, sin importar cuántas veces cambie en el medio. Como la única forma de consulta republicana de opinión es la elección, entre elecciones sólo hay “sospechas” de opinión ciudadana. Por eso las elecciones son muy frecuentes: cada dos años tenemos una.

Todo gobierno reconoce el beneficio de una opinión favorable a las acciones que busca llevar a cabo, aún un gobierno totalitario sin intención electoral. De hecho, la opinión favorable es como un lubricante sin el cual avanzar en una dirección requiere el doble de esfuerzo. Por otra parte, una opinión contraria puede transformarse en un viento capaz de hacer descarrilar. No minimicemos el poder de la opinión.

Para cualquier régimen político, la arena de la opinión pública es un ring, una zona de conflicto donde cada sector intenta vencer con miras a promover o frenar acciones según las desee o no. En una república democrática, la lucha por la opinión pública es la parte central del juego, sino el único.

Las encuestas de opinión son una herramienta que busca “afectar” el juicio de los representantes políticos. “Vean cómo sus representados han cambiado de opinión” – advierten – o “vean cómo van a opinar en la próxima consulta”. Una actitud natural, quizás injusta, de los ciudadanos es elegir, no a quien haya cumplido con nuestra opinión de ayer, sino a quien creemos que cumplirá con nuestra opinión de hoy. Esta actitud tan democráticamente sana invita a que un político traicione nuestras opiniones de ayer en pos de congraciarse con nuestras opiniones de mañana. Pero nadie conoce nuestras opiniones de mañana, ni siquiera nosotros mismos.

Algunos políticos confían en su olfato para conocer nuestra opinión día a día. O confían en poder explicarnos las razones de sus acciones contrarias a la moda existente el día de la elección. Otros, por su parte, confían en las encuestas de opinión para interpretar el rumbo del electorado: de ahí la tentación de usar las encuestas para influir sobre los representantes, en especial aquellos muy débiles de convicciones.

Exagerando un poco, podríamos decir que “quien predice, conduce”.

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Formación De Opinión



A la gran mayoría de las personas nos interesa tener una opinión sobre los temas que creemos importantes, entre ellos los gubernamentales difundidos por la agenda pública. Incluso nuestros pares nos la exigen.

Dadas estas circunstancias, se necesita mucho carácter para contestar “ni la menor idea” a la pregunta “¿por quién vas a votar?”. Casi tanto como para responder “no soy hincha de ninguno” a la pregunta “¿de qué cuadro sos?”.

Dicho esto, no estamos dispuestos a realizar enormes esfuerzos ni a invertir demasiado tiempo en formarnos una opinión fundamentada, al menos no para todos los temas. Por eso utilizamos ciertos “mediadores”: personas o entidades públicas que nos ayudan en esta tarea.

Por eso también tendemos a priorizar el criterio de “menor confrontación”, es decir, adoptamos la opinión que creemos mayoritaria porque difícilmente alguien nos exija fundamentarla (si no pensé de qué cuadro soy, voy a decir Boca antes que Arsenal de Sarandí: es poco probable que alguien me pregunte “¿por qué Boca?”). Ahora bien, aún en casos como este, usaremos mediadores para reconocer esa opinión tan mayoritaria que nos evitará justificarla.

Aunque no siempre lo hagamos a consciencia, abrevamos en diferentes mediadores para cada tema. A veces pedimos una opinión empaquetada “llave en mano”. Otras, sólo una influencia o ayudita.

Fruto de la acción de todos los mediadores sobre nuestra reflexión intima o con amigos, terminamos formándonos una opinión que luego defenderemos como propia (lo es en realidad) y como autogenerada (¿cómo no sucumbir a la tentación de lograr todo solo?). De ahí la importancia de entender el fenómeno de mediación.

Imaginemos que sentimos la necesidad de opinar sobre una manifestación multitudinaria en una plaza, pero que no disponemos del tiempo o las ganas de ir... En este caso, un mediador sería alguien que se toma el trabajo de ir al lugar indicado, de recorrerlo, de comparar la manifestación con otros eventos, de hacer un esfuerzo de contextualización y de comparación con procesos más amplios.

La crónica y las fotos del evento sintetizarán lo ocurrido en la manifestación según la experiencia y la mirada del mediador. Por eso cada mediador suele ofrecer una versión de los hechos: uno fotografiará una mamá con su bebé y nos hablará de una manifestación de madres; otro dirá que madre e hijo corrieron serios riesgos en una movilización organizada por forajidos (una misma foto puede dar sustento a narraciones diferentes); un tercer mediador traerá la foto de un carterista en acción y entonces centrará su crónica en la inseguridad que se cuela hasta en las marchas. Y así al infinito.

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Opinión Certera

No hay forma de asegurarnos una opinión certera. No existe verdad final, sólo existen opiniones sobre el hecho.

Aun habiendo estado ahí, con total disposición de tiempo, con una fuerte capacidad de análisis, no accederemos a la verdad. Sólo nos formamos una opinión menos mediada: nuestra propia opinión directa del hecho (aunque nuestras opiniones siempre sufren influencias de terceros, incluso de nuestros sentidos).

Por consiguiente, a lo máximo que podemos aspirar es a una opinión, no certera, sino legítima: aquella a la que llegaríamos si fuésemos testigos directos, con infinita disposición de tiempo e infinita capacidad de reflexión sobre cada tema.

Esa sería nuestra opinión con mediación perfecta. Una utopía inalcanzable, claro.

La clave está entonces en el rigor hacia la mediación y la diversidad. Porque podemos ahorrarnos el esfuerzo de “investigar y comprender” cada hecho, pero no debemos ahorrarnos el esfuerzo de “investigar y comprender” cada mediador. De lo contrario seremos una bola con manija.

Que en una república gobernemos a través de nuestros representantes redunda en un ahorro de tiempo fenomenal. Lo que no debemos hacer es ahorrar opiniones sobre ellos, porque ahí el ahorro se transforma en pérdida.

Ser rigurosos supone exigirles las siguientes cosas a los mediadores: nombre, honestidad, declaración de intereses, visión clara. También supone mantener el registro de sus faltas para ir bajando la influencia de los menos confiables.

El mediador debe ser alguien reconocible e identificable, para que podamos determinar sus prácticas y sus des/aciertos: debemos contar sus puntos para bien o para mal. Si un diario publica una opinión sin firma, la opinión es suya (por lo tanto deberá hacerse cargo de las críticas recibidas). Si la opinión aparece firmada, los puntos de más y de menos irán a cuenta del autor.

El mediador debe ser honesto. Retomando el ejemplo de más arriba, la foto de la madre y el hijo tiene que haber sido realmente tomada en la manifestación analizada. Este es un dato de partida sobre el que se construye un discurso. Estamos más preparados para analizar críticamente el desarrollo a partir del dato que el dato mismo, porque no tenemos forma de confirmar o refutar si el dato es cierto: debemos entonces confiar en la honestidad del mediador.

Por lo general los mediadores no mienten en este nivel, porque de lo contrario arriesgan su buen nombre, y porque de algún modo una prueba en contra es irremontable. Aún así, de vez en cuando aparecen casos de periodistas que narran un hecho que no existió o que citan una frase nunca dicha.

El mediador debe declarar sus intereses, es decir, algún beneficio o compromiso relacionado con su mirada, y por lo tanto de peso para la opinión que nos formemos. Por ejemplo debemos saber si el mediador que habla de la industria tabacalera la asesora o si escribe sobre política mientras es jefe de campaña de algún partido.

Por ética, el mediador con intereses creados puede no dejarse influenciar por estos intereses. Aún así, debe declararlos para permitirnos prestar doble atención a su discurso. También debe transparentar su opinión sobre temas anteriores al tratado: develar posiciones en su historia.

Si el mediador es racista, probablemente sus “fotos iniciales” de algún evento se vean afectadas por la piel de ciertas personas. O si es un católico practicante, su religiosidad incidirá en el análisis que haga sobre una situación particular. Nada lo descalifica, ni siquiera las posiciones más retrógradas: sólo necesitamos que las explicite.

Por último, el mayor esfuerzo personal, que requiere de la mayor disciplina, reside en recordar la existencia del mediador. Todo lo que “vemos”, “leemos”, “escuchamos” es fruto de una mediación realizada a partir de una crónica, una imagen y/u otro tipo de recorte de la realidad.

Podemos coincidir con la explicación sobre una “foto”, pero quizás no compartamos el criterio de selección de esta porción de realidad. Como difícilmente tengamos la oportunidad de conocer dicho criterio, debemos recordar la existencia de esta mano invisible.

Un buen mediador se esfuerza por hacer visible su intervención, por recordárnosla con expresiones como “según mi opinión...” o “si mis conjeturas fuesen ciertas, significaría que....”. Esto nos ayuda a mantener nuestras neuronas críticas alertas.

Lo contrario es un mediador que busca aprovecharse de nuestra distracción, y que desliza sus apreciaciones bajo la forma de “la gente cree que....”, “esto siempre ocasiona....”. Lejos de querer despertarnos, estas expresiones pretenden dormirnos.

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