La crítica a políticos o funcionarios por autoritarios rara vez apunta al ejercicio excesivo en la autoridad que la República les concede (única autoridad a la que los ciudadanos debemos someternos). En cambio sí suele centrarse en actitudes individuales que se juzgan como autoritarias: levantar la voz, emplear malas palabras, burlarse de otro político, hacer esperar a alguien citado, cambiarle la cita sin aviso suficiente. En otras palabras, se reprocha una conducta con “modales autoritarios", “una forma de vestir autoritaria", “una retórica autoritaria”. Son todos casos de individuos autoritarios que, en realidad, no generan autoritarismo.

El autoritarismo remite al ejercicio autoritario del poder público, al uso “autoritario” de los poderes extraordinarios que la República les confiere a unos pocos elegidos. En política, son autoritarios quienes dictan leyes autoritarias, edictos autoritarios, y quienes ejecutan planes de gobierno autoritarios que someterán a los ciudadanos.

Los ciudadanos no estamos obligados a mirar la ropa de la Presidenta, ni a escuchar sus discursos, ni a seguir la retórica de los funcionarios, ni a escuchar los gritos e insultos de los diputados. Mucho menos estamos obligados a copiar sus modales. Los ciudadanos sólo estamos obligados a someternos a sus leyes, decretos, políticas. Y son estas acciones las que crean autoritarismo... o no.

Todos tenemos derecho a tener malos modales, a putear y a hablar a los gritos. No por eso transformaremos la Argentina en una dictadura. Mientras nuestros políticos en actividad no implementen acciones de gobierno autoritarias, simplemente seremos una sociedad libre con ciudadanos mal educados, como tantas sociedades envidiables del mundo.

No diferenciar esto puede llevarnos a preferir a un prolijo Videla por encima de un gritón malhumorado como Raúl Alfonsín.

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