Lo primero que debería hacer quien quiera asistir a sus conciudadanos en necesidad es pagar todos sus impuestos. Si ya lo hace debería entonces ahorrarse ese honorario extra que le paga a su contador para encontrar los vericuetos legales impositivos que le alivian su declaración anual. No sólo porque los impuestos suelen ser sumas mucho mayores que las que cualquiera entregaría voluntariamente a la beneficencia, sino porque el Estado es un gran vehículo de ayuda a nuestro prójimo.
Son muchas las escuelas que el Estado no construyó y son muchos los hospitales que el Estado no sostiene como debiera. Pero prácticamente todas las escuelas y los hospitales que si existen han sido construidos y son mantenidos por el Estado. En especial en aquellos lugares donde la necesidad florece sin la sombra de nuestra mirada o donde la miseria no es suficientemente cruel para atraer las cámaras de televisión. El Estado es la máquina más importante de igualdad y de atención a los más necesitados del país y por otro lado la más fiscalizada y controlada.

Pero quizás la diferencia más trascendente sea que el Estado pone el énfasis en la construcción de derechos. Quien recibe sus bienes y servicios los recibe mereciéndolos, se los ha ganado de puro derecho. La beneficencia, en cambio, pone el énfasis en la falta de quien recibe y la sobra del que da. Quien recibe beneficencia, recibe por voluntad de quien entrega. La recibe sin merecerla. El paquete de arroz de ambos puede ser de la misma marca pero el sabor simbólico es sustancialmente diferente.

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