Llamamos “imaginario” al conjunto de ideas de una comunidad: qué cosas nos parecen tolerables, qué cosas obscenas, qué reacciones nos parecen obvias, qué consideramos soluciones esperables a problemas existentes, cómo creemos que actúan los serios. Estas y muchas más ideas evolucionan a diario pero no dejan de formar parte del imaginario, patrimonio que nos pertenece como los puentes, los puertos, los baches, las deudas. Para bien o para mal, afectan nuestra realidad como la realidad física.

Lo que se construye en el imaginario es tan importante, sino más, que la construcción misma en la realidad. Por ejemplo, un político puede construir una escuela o destruir un hospital, y esto es importante. Pero en el imaginario un influenciador (sea un político, un predicador, un comunicador) construye la demanda social (o la necesidad ciudadana) de hacer escuelas o de destruir hospitales.

Podemos pensar que existen demandas poco influenciables por el imaginario, como comer si hay hambre. Pero el imaginario podría sugerir que el hambre es síntoma de un exceso de personas, y no de la falta de alimentos.

El político debe construir en ambos planos, que por lo general van de la mano: el político necesita el apoyo del imaginario colectivo para apoyar las acciones reales que desea llevar a cabo. Dicho esto, no olvidemos que son planos independientes: por un lado, uno podría venir sin el otro; por otro lado son de diferente jerarquía los logros y daños.

La frase en boca de Menem “pobres hubo siempre” no creó ningún pobre en la realidad por decirla. El entonces Presidente podría incluso haber realizado acciones de inclusión mientras pronunciaba esta frase (no fue el caso). Sin embargo, esa frase aportó su grano de arena a la construcción imaginaria de que la pobreza es un hecho inevitable de la realidad: una fatalidad y no una decisión política.

“Mejor que decir es hacer” es una frase de Perón con la que no acordamos. En nuestra opinión, “decir es hacer”. Decir es una forma de hacer; es construcción en el imaginario; es un arma poderosa. La acción de decir cura, incluye, rebela, crea y reconoce derechos. Lo que un político dice es muy importante aún cuando sus acciones vayan en otro sentido.

Cuando CFK sostiene que “mientras haya un pobre, no habremos tenido éxito”, coloca la eliminación de la pobreza como realizable, como deseable y como una exigencia política a superar. Aunque no hubiese hecho nada por disminuir la pobreza, ese “decir” hace mucho a favor de la futura eliminación de la pobreza. Si de tanto decirlo nos convenciera a todos de que esto es así, quien venga después deberá satisfacer esa demanda o perder en la siguiente elección por no lograrlo.

En los '90 se había instalado en nuestro imaginario (con la ayuda de muchos poderes, por cierto) la idea que la convertibilidad y la obediencia a los “mercados” era lo que nos sostenía como nación moderna, incluida en el mundo. Sin ellas, la vida sería aún más miserable.

Con esta idea fuertemente enquistada en nuestro imaginario, ningún político podría haberse presentado a una elección con la promesa de salir de la convertibilidad. De hecho, el mayor error de la clase política fue no haber instalado “opciones” a la convertibilidad en nuestro imaginario (claro que esto iba en contra de intereses demasiados fuertes y nada imaginarios).

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