Cuando una empresa capitalista necesita recibir un servicio, llama a una licitación, en la que compiten una buena decena de oferentes. Si la licitación está bien hecha, se matarán por ganarla, bajaran sus precios hasta el máximo posible y se comprometerán a calidades que los desvelarán. El mercado de competencia perfecta está presente, y la empresa se beneficia de su existencia.

Pero el llamado a licitación es de un rigor y crueldad estalinistas. Es un acto de extrema regulación. Nadie aceptaría que un oferente dijera “No tengo bulones, pero hago tuercas como ninguno, déjenme entrar en la licitación” o “Por qué piden de 2 pulgadas, dejen entrar a los que hacemos de 3 pulgadas” o “con esa calidad mínima nos matan a todos, no se puede competir”. Cualquier planteo contra el hecho regulatorio seria desoído. El reclamo que la licitación es antibussiness porque sus exigencias son enormes y matara la competencia, etc. no tendría el menor asidero. A mas exigencias probablemente aumentara el precio al que llegue el mejor oferente, pero es una decisión de la empresa que licita si necesita lo que pide y paga ese precio o baja los requisitos y obtendrá así, menor calidad y menor precio.

La sociedad es un gran licitador. Llama a licitación de, por ejemplo, “empresarios y comerciantes”, les pide que armen sus empresas, ofrezcan servicios en determinadas condiciones como cumplir con bromatología, con la secretaria de comercio, tienen que además cumplir con las leyes laborales, fiscales, etc. Y a cambio, acepta que esas empresas vendan el producto que deseen al precio que deseen a sus ciudadanos. El empresario que juzgue estas condiciones demasiado exigentes, puede no presentarse a la licitación y no dedicarse a nada.

Cuando la ley exige mayores requerimientos, claros y conocidos, a los fabricantes de yogurt, exigiéndoles ahora, para dejarlos comercializar, que publiquen calorías, componentes, el precio, etc. Todos lo padecen pero se benefician en poder comercializar. Mientras existan varios oferentes dispuestos a intervenir en ese sector significa que las mayores exigencias no han sido asfixiantes sino estimulantes, toda vez que el producto ha mejorado medido en la valoración de la sociedad.

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