No hay forma de asegurarnos una opinión certera. No existe verdad final, sólo existen opiniones sobre el hecho.

Aun habiendo estado ahí, con total disposición de tiempo, con una fuerte capacidad de análisis, no accederemos a la verdad. Sólo nos formamos una opinión menos mediada: nuestra propia opinión directa del hecho (aunque nuestras opiniones siempre sufren influencias de terceros, incluso de nuestros sentidos).

Por consiguiente, a lo máximo que podemos aspirar es a una opinión, no certera, sino legítima: aquella a la que llegaríamos si fuésemos testigos directos, con infinita disposición de tiempo e infinita capacidad de reflexión sobre cada tema.

Esa sería nuestra opinión con mediación perfecta. Una utopía inalcanzable, claro.

La clave está entonces en el rigor hacia la mediación y la diversidad. Porque podemos ahorrarnos el esfuerzo de “investigar y comprender” cada hecho, pero no debemos ahorrarnos el esfuerzo de “investigar y comprender” cada mediador. De lo contrario seremos una bola con manija.

Que en una república gobernemos a través de nuestros representantes redunda en un ahorro de tiempo fenomenal. Lo que no debemos hacer es ahorrar opiniones sobre ellos, porque ahí el ahorro se transforma en pérdida.

Ser rigurosos supone exigirles las siguientes cosas a los mediadores: nombre, honestidad, declaración de intereses, visión clara. También supone mantener el registro de sus faltas para ir bajando la influencia de los menos confiables.

El mediador debe ser alguien reconocible e identificable, para que podamos determinar sus prácticas y sus des/aciertos: debemos contar sus puntos para bien o para mal. Si un diario publica una opinión sin firma, la opinión es suya (por lo tanto deberá hacerse cargo de las críticas recibidas). Si la opinión aparece firmada, los puntos de más y de menos irán a cuenta del autor.

El mediador debe ser honesto. Retomando el ejemplo de más arriba, la foto de la madre y el hijo tiene que haber sido realmente tomada en la manifestación analizada. Este es un dato de partida sobre el que se construye un discurso. Estamos más preparados para analizar críticamente el desarrollo a partir del dato que el dato mismo, porque no tenemos forma de confirmar o refutar si el dato es cierto: debemos entonces confiar en la honestidad del mediador.

Por lo general los mediadores no mienten en este nivel, porque de lo contrario arriesgan su buen nombre, y porque de algún modo una prueba en contra es irremontable. Aún así, de vez en cuando aparecen casos de periodistas que narran un hecho que no existió o que citan una frase nunca dicha.

El mediador debe declarar sus intereses, es decir, algún beneficio o compromiso relacionado con su mirada, y por lo tanto de peso para la opinión que nos formemos. Por ejemplo debemos saber si el mediador que habla de la industria tabacalera la asesora o si escribe sobre política mientras es jefe de campaña de algún partido.

Por ética, el mediador con intereses creados puede no dejarse influenciar por estos intereses. Aún así, debe declararlos para permitirnos prestar doble atención a su discurso. También debe transparentar su opinión sobre temas anteriores al tratado: develar posiciones en su historia.

Si el mediador es racista, probablemente sus “fotos iniciales” de algún evento se vean afectadas por la piel de ciertas personas. O si es un católico practicante, su religiosidad incidirá en el análisis que haga sobre una situación particular. Nada lo descalifica, ni siquiera las posiciones más retrógradas: sólo necesitamos que las explicite.

Por último, el mayor esfuerzo personal, que requiere de la mayor disciplina, reside en recordar la existencia del mediador. Todo lo que “vemos”, “leemos”, “escuchamos” es fruto de una mediación realizada a partir de una crónica, una imagen y/u otro tipo de recorte de la realidad.

Podemos coincidir con la explicación sobre una “foto”, pero quizás no compartamos el criterio de selección de esta porción de realidad. Como difícilmente tengamos la oportunidad de conocer dicho criterio, debemos recordar la existencia de esta mano invisible.

Un buen mediador se esfuerza por hacer visible su intervención, por recordárnosla con expresiones como “según mi opinión...” o “si mis conjeturas fuesen ciertas, significaría que....”. Esto nos ayuda a mantener nuestras neuronas críticas alertas.

Lo contrario es un mediador que busca aprovecharse de nuestra distracción, y que desliza sus apreciaciones bajo la forma de “la gente cree que....”, “esto siempre ocasiona....”. Lejos de querer despertarnos, estas expresiones pretenden dormirnos.

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