Un error frecuente y fatal es confundir análisis político y moral.

En el campo moral uno aspira a un comportamiento que siga preceptos rígidos y rigurosos, sin medias tintas: quien cumple los mandamientos es un ser moral; quien no, es amoral.

Si en una república las personas se viesen obligadas a consensuar preceptos morales, la discusión adoptaría rápidamente el esquema de amigo-enemigo y escalaría a una jihad de exterminio porque la resolución de dos morales en conflicto sólo se logra con la eliminación del otro. De hecho, los principios morales no se negocian ni se acuerdan.

Por suerte, como en un consorcio de propiedad horizontal, en una nación las personas sólo se ven obligadas a consensuar decisiones relacionadas con la administración de la cosa pública. Por ejemplo, ¿qué construir?, ¿qué prohibir?, ¿qué incentivar?, etc. Este consenso se logra con la acción política.

En la acción política, todo es un tira y afloja. Todo se negocia. Se ofrecen quitas a los propios deseos y expectativas, a cambio de alguna concesión a favor.

La política funciona mucho mejor en manos de “comerciantes”, expertos del “toma y daca”, para quienes nada es “innegociable”, para quienes cualquier concesión es posible si a cambio obtienen algo de valor para sus representados. En cambio, no puede decirse lo mismo de los “hombres de moral superior” para quienes la política debiera ser la puesta en práctica de una larga lista de mandamientos irrenunciables, quienes prefieren morir antes que realizar alguna concesión (quien prefiere morir por algo está cerca de preferir matar por lo mismo).

Nadie posee una moral más férrea que un fedayín de Al Qaeda. Sus principios son inamovibles; no renuncia a ellos ante nada; ninguna evidencia o beneficio menor pueden distraerlo; no los vende ni por la valija de Antonini multiplicada por las veces que el diario La Nación la mencionó.

En política democrática ésos no son valores sino amenazas.

Por todo esto, cuando analizamos en términos políticos debemos preguntarnos “¿qué se hizo?”, “¿qué se obtuvo y en beneficio de quién?”, “¿a qué costo y quién lo paga?”, “¿qué opciones existían?”. De hecho, no importa saber si el actor político siente íntimamente lo que hizo, si quiere a quienes se benefician con sus acciones o si sólo busca su apoyo, si no haría lo contrario en otra circunstancia políticas...

Esas cuestiones no son políticas: son morales o a lo sumo psicológicas.

Un ejemplo algo extremo es la frase “roban pero hacen”, instalada por los medios como expresión de la actitud aberrante del populacho y la barbarie. El hecho es que, en política, esta frase es no sólo perfectamente aceptable sino virtuosa.

Yo puedo concluir que un grupo roba, pero lo apoyo porque hace mucho y porque no tengo mejores opciones. En política, ni el mismísimo “roban” descalifica per se a una gestión.

Por supuesto, esto no significa que robar sea un valor. Apenas significa que otros logros pueden superar en valoración positiva lo negativo de robar.

Probablemente si los logros disminuyesen o si los robos se transformasen en crímenes espantosos, terminaría en rechazo la ecuación que antes derivaba en apoyo. Sucedería lo mismo si apareciesen alternativas creíbles que permitieran esperar los mismos logros sin el robo. La política es el cálculo mezquino de interés ciudadano.

Aún el reclamo por la inclusión es de orden político, y no moral... Pido inclusión hoy porque creo que hace a un país mejor para mí y para las personas más cercanas.

Ahora bien, imaginemos una situación políticamente diferente. Imaginemos que mañana cien millones de chinos piden desembarcar en el puerto de Buenos Aires y exigen inclusión además del cumplimiento de nuestra Constitución con ellos. En ese caso, es probable que cambie mi posición sobre la inclusión, porque las circunstancias imaginadas también cambiarían la forma en que me impacta la inclusión.

Quien rechaza la inclusión no es menos moral que quien la defiende. Sólo no ha entendido de qué forma la inclusión lo beneficia, o ha entendido que no lo beneficia.

La descalificación moral suele provenir de quienes desaprueban las acciones políticas realizadas. Y por lo general son los medios los que exageran la inmoralidad de los hechos, para descalificar a un gobierno cuyas acciones les causan rechazo.

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Publicado por Sergio Marino

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1 comentario :

  1. Me parece pragmática la explicación, además de cierta. Ahora bien, me parece que el concepto de valores morales no es necesariamente dogmático, de blanco o negro, eso sería menospreciar la moral en un ámbito al que no le vendría mal tener bastante más (la política) y que en todo caso, existen ciertos rubros en los que sí hay que defender posiciones moralistas tomadas en el ideal de cuadro político. Esto es, yo entiendo que Cristina, para pisar en el Senado, tenga que negociar con Carlitos (y ésto podría constituir una traición a sus principios, discurso, y tal, algo moralmente deleznable), pero no me quedo tranquilo cuando el discurso de generar equidad, distribuir la riqueza y combatir la pobreza vienen de alguien que aumentó su patrimonio en varias centenas. Qué se yo, me parece algo un poco lógico. La cuestión no es: amoral que hace hace, o idealista que nunca va a llegar a ningún lado. Sería bastardear un poco el concepto, no? Además de instalar algún tipo de conformismo maniqueo.
    Con esta aclaración estoy queriendo sobresaltar que si bien en la política la moral aparece soslayada ante la necesidad de cambiar efectivamente la realidad (algo que comparto), no es un valor que debiera dejar de reclamarse en dirigentes políticos, o por lo menos que sea reconocido en aquellos dirigentes políticos con una moral admirable y que también logran aciertos y cambios de paradigma (no sé, se me ocurre Mujica), y que por ende merecen ser seguidos y apoyados, para ser una alternativa factual, no teórica.
    Che, vos no serás amigo de Joaquín Mayor?
    Un saludo.

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