Para juzgar cualquier situación política, inevitablemente debemos hacernos la siguiente pregunta básica: “¿quién creemos que tiene el poder en esta escena?”. De lo contrario, corremos el riesgo de hacer un análisis moral, no político.

Si observamos una persona que golpea a otra y no necesitamos formular ninguna pregunta, estaremos a punto de emitir un juicio moral, en sintonía con algún mandamiento del tipo “no golpearás”. En cambio, para emitir un juicio político serio, antes debemos preguntarnos: ¿quién golpea?, ¿por qué?, ¿qué logra con ese golpe?, ¿de los dos, quién tiene el poder?

Un negro salta sobre una bicicleta que le saca a un niño. Sale montado en ella a toda velocidad, tanto que casi pisa a una anciana. Detrás lo persigue un grupo de encapuchados blancos... La opinión política que nos formemos de esta escena dependerá de nuestra respuesta a las preguntas “¿aquí quién tiene el poder? ¿Quién hace qué? ¿Porqué lo hace?”

Un boy scout de 9 años y un skin head de 180kg de peso se cruzan puteadas y amenazas. Vuelan tortazos de un lado y de otro. Según quien creamos que tiene el poder, o como se comparte, nuestro diagnostico puede ir desde “un boy scout puteador recibe su merecido” o “juego de manos entre dos adolescentes” hasta “Masacre en un barrio porteño”. No importa quién creamos finalmente que tiene el poder o cuan compartido esté, importa que nos formulemos la pregunta antes de diagnosticar y crearnos una opinión política de la situación.

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